martes 20 de enero de 2009

Sueños Comparidos XIV

A veces conseguimos que nuestros sueños se hagan realidad, en esos momentos nos sentimos las personas más afotunadas del mundo y con razón, porque resulta muy dificil disponer a menudo de esa suerte. Pero otras veces, los sueños son sólo eso y queremos que no acaben nunca porque son esa energía que nos ayuda a vivir los días con sonrisas bobaliconas y momentos soñando despierto.

Ella

Soy metódico y organizado, casi siempre sigo las mimas rutinas. Mis amigos dicen que soy obsesivo compulsivo, pero no es así, yo no tengo que apagar 25 veces la luz del recibidor antes de salir de casa por miedo a que si no lo hago mi familia muera, pero sin embargo suelo hacer siempre lo mismo al levantarme, suelo tener todas mis cosas ordenadas de una manera determinada, para luego encontrarlas mejor y sí, cuando tiendo la ropa las prendas tienen que tener las pinzas del mismo color, pero eso sólo significa que tengo gusto por una estética ordenada y concordante y que al trabajar de analista informático, mi mente está acostumbrada a ordenarlo todo y a analizar cada aspecto de la vida de forma esquemática.

Cada mañana cuando me levanto de la cama siempre hago lo mismo, siempre me levanto antes que ella. Silenciosamente me ducho, me lavo los dientes y me visto para estar preparado. Me encanta mirarla durmiendo, es tan dulce, su pelo se alborota sobremanera por la noche, pero eso sólo le da un aire despreocupado y casero que la hace más atractiva. Siempre duerme con un pijama viejo, muy ancho, creo que era de su padre. Pantalones a cuadros y una camiseta negra que se le ajusta al cuerpo y deja a la imaginación la forma de sus pechos. Por supuesto, siempre, siempre se mete en la cama con calcetines, aunque luego se los quite en mitad de la noche cuando la su cuerpo ha recuperado el calor. Estoy seguro de que su imagen al levantarse, con esa ropa dejada y los pelos alborotados puede parecer poco sexy, pero a mi me encanta, la siento tan cerca al verla así.

Cada mañana después de apagar el despertador se levanta de un salto de la cama. Yo me quedo mirándola y todos los días sonríe al nuevo amanecer, es tan alegre que contagia sus sonrisa a todo el mundo, ilumina todo a su alrededor y te hace olvidar todo lo malo del día anterior. Siempre me sorprende lo rápido que se desprende de su pijama, casi en un abrir y cerrar de ojos está desnuda y se dirige a la ducha. Ese es el mejor momento de la mañana. Puede que muchos piensen que soy un pervertido por mirarla de esa manera, pero es que ver las gotas de agua resbalando por su piel… Tantas veces mi mente ha cabalgado desenfrenada en esos momentos, siempre he deseado entrar con ella, abrir la mampara y sorprenderla con mis besos. Me encantaría recorrer los caminos dibujados por el agua en su brillante piel con mis dedos, con mi lengua, y fundir nuestros cuerpos en un abrazo eterno bajo el calor del agua de ls ducha. Sus manos recorren metódicamente cada milímetro de su piel, esparciendo el gel por todo su cuerpo y yo anhelo ese trato en mi piel. Pienso en ponerme de cara a la pared y sentir cómo sus manos enjabonan mi espada, mi culo, mis piernas y cómo rodeándome con sus brazos y pegando sus pechos a mi espalda, aplica el mismo cuidado en mi pecho, mi barriga y cómo traviesa se detiene en mi erección, inevitable, para masajearme con una sonrisa pícara y excitarme aún más. Mis manos no pueden hacer más que sumarse a sus caricias y echados los brazos hacia atrás agarro sus nalgas fuertemente y las masajeo, pegando aún más su cuerpo al mío. Mis dedos juguetones se cuelan entre su culo encontrando su sexo mojado por el agua y por la excitación de nuestros masajes. Siempre me ha sorprendido lo caliente que es, a pesar de la temperatura del agua, mis dedos se queman al entrar en ella, al penetrarla poco a poco y al sentir cómo, aún más excitada su sexo se abre aún más.

-Deja de jugar con tus manos y date la vuelta.- susurra en mi oído. Me comporto como un autómata y me giro casi bruscamente con una de sus manos aún sujeta a mi miembro a punto de estallar.

No puedo negar mis deseos, no puedo dejar de mirarla y de acariciarla, pero por si se me ocurriera estropear ese momento con alguna estúpida frase, ella me cierra la boca con su labios, rodeando mi cuello con sus brazos y aferrándose a el como si en cualquier momento pudiera caer al vacío. Mi sexo hinchado se pega a su vientre y con la presión lo siento palpitar entre los dos, ella también lo siente y mirándome a los ojos, con una sonrisa en sus labios, da un saltito y me rodea la cintura con sus piernas. Comprendo al momento su juego y apuntándolo con la mano coloco mi verga en la entrada ardiente que ella me ofrece. Entonces como activado por un resorte disparado al sentir su contacto, empieza la locura, el desenfreno de nuestros cuerpos enlazados y ensartados el uno en el otro. La sujeto por el culo y acompaño su sacudidas que hacen que entre y salga de su calor, de su ardiente cuerpo a un ritmo endiablado, sin embargo no quiero terminar, no quiero que este momento se acabe nunca, es tan delicioso sentir sus cuerpo rodeándome, estar dentro de el y cómo el agua nos baña a los dos mezclándose con nuestro sudor, nuestra saliva y el fruto de nuestro sexo que pararía el mundo en ese instante preciso en que ella se convulsiona y se agarra fuertemente a mi, su boca se aferra a la mía y nuestros orgasmos se unen bajo la lluvia artificial y nuestros cuerpos son arrastrados por el agua, liberados del ardor y fundidos como dos muñecos de barro en el agua con un abrazo eterno y en miles de besos.

Cada día ella sale de la ducha y me deja así, absorto en mis deseos y soñando con tenerla a mi lado para hacer realidad esos sueños húmedos que manchan cada mañana la alfombra que hay al lado de la ventana de mi salón, desde la que veo cada mañana, a través de la de su habitación cómo se prepara para ir a trabajar, hasta que un día reúna el valor para hablar con ella.


martes 28 de octubre de 2008

Sueños Compartidos XIII

Recuerdo una frase que me encantó de una muy buena película "Américan Splendor", decía la coprotagonista: "El tiempo pasa extrañamente". Algo así es lo que pasa con mi tiempo últimamente, los días pasan sin darme cuenta y el tiempo que paso abrazado por mis sueños me transporta a momentos que desearía atrapar en burbujas irrompibles para volver a ellos en cualquier momento. Reconozco el abandono de otros sueños más reales, reconozco la dejadez de ciertas dedicaciones que igualmente me encantan, pero sin embargo no cambiaría esos momentos por nada de este mundo...

Caen las sombras


La oscuridad envuelve la ciudad y las calles permanecen solitarias. Alguna que otra persona deambula por las callejuelas, pendientes únicamente de sus asuntos. Cristine casi corría, en vez de caminar hacia su casa. Siempre aquellas calles la ponían nerviosa hasta el punto de ir temblando exageradamente mientras caminaba, a pesar del sofocante ambiente, provocado por el efecto invernadero, que convertía la ciudad en una especie de horno microondas donde la gente se deshacía por momentos en su propio sudor.

Cada noche le tocaba andar por las mismas calles, repitiendo el recorrido que le llevaba desde su trabajo, un Jazz-Club cargado de humo, pero en el que podía disfrutar de muy buena música, que le encantaba, y donde una chica guapa se ganaba bien la vida gracias a las propinas. Lo peor era volver a casa. Miles de veces se había planteado comprarse un coche para así llegar antes y no tener que pasar por aquellas calles solitarias y fantasmagóricas pero, un mes por una cosa y al otro mes por otra diferente, nunca había encontrado un hueco en el que su economía le permitiese hacer esa inversión. Así, se había casi resignado a continuar andando cada noche por el mismo recorrido hasta que la suerte le proporcionase la libertad deseada.

Esa noche, las calles estaban extrañamente silenciosas y sus pasos, su respiración y los latidos de su corazón resonaban estrepitosamente en los callejones, creando un desasosiego en Cristine que le hacía, si eso era posible, intentar andar más rápido aún.

Ya estaba acercándose a su destino. A lo lejos, entre los edificios antiguos y los contenedores de basura, podía ver las farolas victorianas que decoraban su calle. Extrañas en esa zona de la ciudad, pero que se habían mantenido por no sé que decreto de conservación del patrimonio cultural. La verdad es que esas farolas fue una de las cosas que más atrajo su atención mientras intentaba encontrar un lugar donde colocar toda su vida al sacarla de la casa de su ex. El edificio donde vivía tenía una pequeña escalera a la entrada y una gran puerta con cristales grabados que distorsionaban la luz del vestíbulo al filtrarse tímidamente al exterior iluminando, ligeramente, las barandillas de hierro forjado que enmarcaban los escalones anchos de la entrada. El ladrillo rojo predominaba en la fachada y sólo era interrumpido por unas ventanas de aluminio blanco, de esas de cuadraditos pequeños de cristal y las contraventanas de listones de madera. Ella vivía en un apartamento en el primer piso, así que cuando se podía sentar a mirar por la ventana de su salón, disfrutaba del ajetreo de las personas que recorrían las aceras, con las prisas normales de la sociedad actual, mientras escuchaba música como si fuese la banda sonora de aquel día en especial. Le encantaba mirar las farolas a punto de encenderse en el atardecer y los olmos que había intercalados entre ellas le enviaban los rayos de sol a través de sus hojas blancas y verdes.

Pero aquella noche no había ningún ajetreo en su calle, estaba solitaria, como de costumbre a esas horas, pero al igual que la ciudad exageradamente silenciosa. Parecía que hasta el viento se había detenido para observar, ya que ni los árboles agitaban sus ramas como solían hacer. Cristine se dirigió a la escalera de entrada, subió los anchos escalones de dos en dos y llegó por fin a la puerta de su edificio. Respiró hondo al sentir la luz del interior que la iluminaba y sacó la llave de su bolso por fin relajada. Al girar la llave, al chasquido de la cerradura se le sumó otro ruido, desconocido para ella, un sonido parecido al del viento al pasar por una rendija pero más leve. De repente notó un gran dolor en el cuello y la oscuridad se apoderó de ella.

Despertó después de lo que parecieron horas, tumbada en el sofá de su salón, en el que tantas noches se había quedado dormida viendo alguna película. Una extraña sensación le hacía sentirse incómoda, de repente la oscuridad no le resultaba agobiante como otras veces. A su nariz llegaban fuertes olores que la envolvían de manera asfixiante. Podía distinguir cada matiz de esos olores, y esa misma percepción le hacía tener la mente saturada por el olfato. Cuando se acostumbró a ignorar las fuertes alarmas olfativas, descubrió que su oído estaba también extrañamente sensible. Oía las hojas de los árboles que apenas se movían como si alguien frotase papel de lija al lado de su cabeza, el sonido de una gota cayendo del grifo del lavabo era como una explosión en su cerebro. De pronto no pudo controlar nada y el olfato y el oído empezaron a saturar su pensamiento. Sólo pudo taparse fuertemente las orejas con las manos y gritar de dolor.

Unas manos frías y fuertes la sujetaron por los hombros, mientras unos labios pegados a su frente pronunciaron unas palabras que no se produjeron más que en su interior. “Duerme, siente poco a poco, para que mañana puedas entender tu vida y tu nuevo mundo”.

No sabía cuanto tiempo había pasado cuando abrió de nuevo los ojos. Sus sentidos ya no martilleaban en su cerebro, estaban agudizados pero sin saber cómo había aprendido a dominarlos y a filtrar las sensaciones para seleccionar lo que quería sentir. Por fin, miró alrededor, y se sintió extraña en su propia casa. Llevaba viviendo allí más de diez años y sin embargo ahora cada cosa que veía le parecía nueva y extrañamente ajena. Un leve sonido delató una presencia a sus espaldas, se giró rápidamente en el sofá y vio la figura de un hombre sentado en la mecedora que tenía al lado de la ventana, donde ella pasaba las tardes. El hombre estaba totalmente vestido de negro, no era de esos zumbados que visten con ropa de cuero o de lycra y que escuchan música ruidosa, llevaba un jersey de cuello alto, de hilo, un poco ancho, unos tejanos negros y unas zapatillas de piel negras con los cordones también negros. Su ropa y su pelo contrastaban de forma exagerada con su piel, de un color blanquecino casi imposible y sus ojos azules muy claros y vivos, muy brillantes. Era muy delgado, aunque de complexión atlética y su cara aunque joven tenía un aire de experiencia que daba la sensación de no reflejar su verdadera edad.

Aturdida, se quedó mirándolo sin entender nada. ¿Qué hacía aquel hombre allí? Sabía que la voz que la había calmado era la de él. ¿Cómo había llegado hasta allí en aquel preciso momento para salvarla de la locura? Y lo más importante, ¿qué le estaba pasando?

El hombre parecía ignorar su presencia o tal vez esperaba a que ella dijese algo o hiciese algo para reaccionar. En su mente se formó la idea de bombardearlo a preguntas y en ese mismo momento él dijo:

- Hola! Se que te sientes extraña y que tienes miles de dudas. Pero créeme cuando te digo que todo tiene una explicación y que la decisión no ha sido tomada a la ligera. Sé que no sabes lo que te ha pasado, pero te diré que no hacemos esto sin meditarlo concienzudamente. Antes que nada, debo presentarme. Soy el Varón Gus Von Soheim y pertenezco a una asociación secreta que te ha seleccionado para formar parte de nuestro selecto club.

Ella no daba crédito a lo que escuchaba, ¿qué sociedad? Si ella no había pedido ingresar en ningún sitio. Abrió la boca para expresar todas las dudas que se agolpaban en su cerebro, pero el Varón levantó una mano para ordenarle silencio. Estaba claro que tenía un montón de cosas que decirle y que no quería ser interrumpido. Sin saber porqué obedeció sin rechistar y se quedó escuchando atentamente, como hacía cuando estudiaba.

- A pesar de mi apariencia tengo 900 años y pertenezco al Clan Von Soheim, una estirpe de vampiros de las más antiguas que vino a este nuevo mundo hace siglos para escapar de la decadencia y la opresión que había en nuestro país natal. No sé si sabrás algo sobre vampiros o eres de ese montón de personas que piensan que no existimos y que sólo somos fantasías aleccionadoras para que los niños teman a los extraños y a la oscuridad. Has podido comprobar que somos de verdad y yo soy el encargado de enseñarte todo sobre nuestro mundo, que ha pasado a ser tuyo también. Por causa de nuestra maldición/bendición no se nos está permitido procrear, así que sólo podemos crecer o mantener nuestro número transmitiendo nuestra esencia a personas normales y convirtiéndolas en vampiros. Cuando una persona se transforma en vampiro su cuerpo deja de envejecer, mientras siga alimentándose, así que nos mantenemos con el mismo aspecto que teníamos cuando nos transformaron. Por las leyes que nos hemos auto impuesto debemos mantener un número fijo y no podemos transformar a personas si no es para sustituir a un vampiro muerto (si, podemos morir, pero eso te lo explicaré en otra ocasión). Así que tú fuiste escogida para sustituir a una de nuestras compañeras y hermana que fue asesinada por Los Malditos.

- Espera, espera un momento. ¡¡Crees que puedes bombardearme con un montón de historias de miedo y terror, decirme que formo parte de ellas a partir de hoy, por no sé que elección y que tengo que asumirlo y comportarme como si fuese normal!!

De repente una sensación de sed irrefrenable acudió a su garganta y sin darse cuenta, asombrada, saltó desde el sofá hasta la mecedora dispuesta a morder a su “compañero”. Sin inmutarse el se levantó de la mecedora y con una potente mano paró su empuje en el aire y la tumbó de golpe en el suelo. Por mucho que ella intentaba escaparse de su agarre le resultaba imposible. Los ojos azules se clavaron en los suyos y ella sintió cómo le abandonaban las fuerzas y dejó de resistirse porque su cuerpo ya no obedecía sus órdenes.

- Tienes sed. Ahora mismo, si no te hubiese parado, me habrías matado bebiéndote toda mi sangre hasta saciar esa sed maldita. Pero si me hubieses dejado acabar, sabrías que si hicieses eso te convertirías en uno de ellos. Hoy has de beber mi sangre, pero con mi consentimiento, para completar tu transformación.

Diciendo esto apartó la mano que la sujetaba. Cristine seguía sin poder moverse así que no le hacía falta retenerla. De un bolsillo del pantalón tejano sacó un uñero de plata finamente labrado y cuya punta brillaba como si fuese el aguijón de un escorpión plateado. Extendió su brazo izquierdo y subió la manga de su jersey hasta el codo. Apenas acercó el uñero a su piel y una fina línea carmesí apareció en su muñeca. Acerco el corte a la boca de Cristine y el olor de las primeras gotas de sangre inundó sus sentidos, no podía pensar en nada más, ni tenía otro deseo que el de beber ese ansiado líquido. Al notar la sangre en sus labios una sensación de poder inundó su cuerpo, sintió que una gran energía la llenaba y que la hacía cambiar de una extraña forma. Recuperó el control sobre su cuerpo y sin pensárselo dos veces acercó su boca a la muñeca del Varón y empezó a beber el líquido de la vida. Su corazón latía desenfrenado y todo su cuerpo vibraba al notar la energía que recorría su garganta. En un momento se sintió increíblemente viva, tenía consciencia de cada milímetro del espacio que la rodeaba y podía notar las respiraciones de todos los seres que hacían sus vidas en la ciudad, como si fuesen gritos. Sentía sus corazones latir en consonancia con el suyo y por un momento creyó estar dentro de cada uno de ellos.

De repente esa percepción desapareció dando paso a un fuerte dolor en su pecho, no entendía que le pasaba, había dejado de oír los corazones de las demás personas y también el suyo. Llevó las manos a su pecho intentado agarrase el corazón, como si lo pudiese hacer volver a latir. La respiración era cada vez más dificultosa y el dolor insoportable, estaba tumbada en el suelo retorciéndose de dolor con las manos apretadas contra su pecho, cuando de su garganta salió un grito espeluznante que se fue apagando poco a poco con su último aliento.

Abrió los ojos después de una eternidad, o eso le parecía a ella. Y lo único que vio fue más oscuridad. Notó un olor arcilloso a tierra mojada que le colmó rápidamente el olfato, estaba tumbada boca arriba en una especie de cama muy blanda y notaba el tacto del terciopelo sobre el que estaba tumbada, pero no se podía mover. Al levantar los brazos y palpar alrededor se sobresaltó al descubrir que estaba en lo que parecía un ataúd. Una sensación de ahogo se apoderó de ella y empezó a respirar agitadamente hasta que se desvaneció.

Una luz muy intensa se coló filtrándose a través de sus párpados e inundando sus ojos de un color naranja que la hería después de tanto tiempo en la oscuridad.

- ¡¡Levanta perezosa!! Hoy empieza tu nueva vida y tu primera lección. Es un día de comienzos y por lo tanto de esperanzas renovadas y recién adquiridas.

Era su voz, la maldita y sensual voz del Varón. Se incorporó y abrió los ojos de golpe. Extrañada observó que la única luz que había en su salón provenía de un candelabro con cuatro velas que había comprado años atrás en un mercadillo de segunda mano. Aquella luz ya no le molestaba y sus ojos se adaptaron asombrosamente rápido al cambio. Salió rápidamente del ataúd, aún conservaba ese miedo innato a la muerte y a todo lo que hacía referencia a esta.

- Por cierto, no es necesario que me des las gracias pero, ese ataúd es un regalo mío, herencia de familia. Es el único sitio que te aislará los sentidos de forma total para poder descansar durante el día. Y sí, somos criaturas nocturnas, no podemos exponernos a la luz del sol sin morir calcinados. Así que más vale que te acostumbres a el, porque te salvará la vida y también de volverte loca con el ajetreo al que se verán sometidos tus sentidos.

Su voz sonaba como la de los maestros de escuela cuando están explicando las lecciones a sus pequeños alumnos, pero ella no podía dejar de escuchar. Poco a poco fue enumerando las leyes básicas de la vida o no-vida de los vampiros. Ella absorbía toda la información aunque aún no estaba muy segura de para qué le serviría. Además de las leyes normales también le explicó que su Clan, como uno de los más antiguos, debía observar ciertas leyes pactadas entre los diferentes clanes. Así, un vampiro nunca beberá en el territorio de otro clan si no es por motivo de máxima necesidad. Ningún vampiro convertirá a ninguna persona que viva en el territorio de otro clan y todas las conversiones deben ser fijadas y aceptadas por el consejo del clan. Y la más importante, ningún vampiro se alimentará de otro vampiro, bajo pena de muerte.

Después de tres horas de leyes, historia y forma de vida vampírica, Cristine esta empezando a bostezar. Había asimilado mucha información pero aún así recordaba cada palabra. Sabía donde tenía que acudir en caso de necesidad, la historia completa del clan al que pertenecía a partir de hoy y un montón más de datos, lugares, nombres y fechas que se habían grabado en su memoria como si los supiese desde pequeña.

- Bueno Princessa, ahora debemos salir a dar una vuelta por las calles a oscuras, tienes que acostumbrarte a tus nuevos poderes y debes alimentarte para completar tu paso al lado oscuro. Ponte algo más apropiado para ir de caza. Te espero aquí sentado, pero no tardes, que la noche es joven y hay que aprovecharla.

Subió a su habitación. “Algo apropiado para salir de caza” cómo se supone que debe vestirse alguien para salir a cazar?? Unos pantalones de camuflaje, un jersey de lana con coderas y hombreras de color verde y una gorra??? Ella no tenía nada de eso en su armario, así que decidió coger lo más cómodo que tenía. Recordando cómo iba vestido el Varón, se puso unos tejanos, negros, elásticos que le resultaban muy cómodos, sus botas preferidas, una camiseta de algodón negra de manga corta (le encantaba aquella camiseta por el dibujo hecho de brillantes cristalitos que formaban unas alas de ángel) y cogió su cazadora negra de piel justo en el momento en que el Varón se presentó en la puerta de su habitación para buscarla.

- Vamos Princessa, la muerte no suele esperar a nadie y menos a los hambrientos.

Al salir a la calle un montón de magníficos olores inundaron sus sentidos. Los árboles le susurraban al oído y un montón de presencias sensuales se formaban como imágenes en su mente. Sólo la voz de Gus consiguió sacarla de su éxtasis sensorial al apremiarle a que la siguiera. Corrieron por las calles, ella no sabía dónde iban ni se fijaba en el camino. Sentía una vitalidad nueva y embriagadora, corría y veía pasar las calles como antes nunca había sentido. Sin darse cuenta habían llegado al centro de la ciudad y apenas sin esfuerzo. No se sentía cansada, no respiraba con dificultad y sentía que podía haber seguido corriendo horas y horas.

- Cristine. A partir de aquí comienza la caza. Sé que te sientes eufórica, tus sentidos y tu fuerza han aumentado y tu cerebro aún no se ha acostumbrado a tu poder. Pero “La Caza” no es un asesinato ni una masacre. Escogemos a nuestras víctimas con cuidado y disfrutamos de cada momento de la persecución y del final de su vida. Con una sola persona por noche tenemos suficiente para vivir y conservar nuestro potencial al máximo, así que ese es el número que marcan nuestras leyes. Ningún vampiro puede matar a más de una persona para alimentarse y sólo puede matar para comer, no por el placer de sentirse superior. Solo Los Malditos han abandonado esa guía, matan sin sentido y sólo por el placer de hacerlo.

Empezaron a caminar por una de las calles principales de la ciudad. Era de esas calles abarrotadas de gente e iluminada por las luces de los escaparates de las tiendas. Las anchas aceras parecían un hervidero de almas y Cristine podía percibir los latidos de cada una de las personas que la rodeaban. Había corazones acelerados, acuciados por las prisas y el estrés. Otros latían de forma sosegada, a contracorriente con las prisas del resto del mundo. Había latidos dulces y golosos y otros duros y ásperos que daban una idea de la persona a la que pertenecían. De pronto un latido se alzó de entre la multitud y captó su atención. No se parecía a ninguno de los que había sentido hasta ahora. Este la llamaba y la atraía de una forma melodiosa, como si crease una música que sólo ella pudiese escuchar y sonase especialmente para ella.

Gus se dio cuente de su distracción, la miró fijamente a los ojos y sin mediar palabra miró en la dirección de donde provenían los latidos. Los dos estaban parados delante del cristal de una cafetería. En un reservado que se veía desde la calle había una chica sentada, agarrando un vaso de papel con las dos manos. El calor del café calentaba sus manos que estaban coloradas, pero su cara era de un tono pálido, no muy común. Tenía los ojos grandes y marrones, era delgada y sus curvas estaban ocultas por un montón de ropa negra con hebillas y adornos metálicos. Llevaba una camiseta de manga larga de rallas horizontales blancas y negras cuyas mangas le llegaban hasta las palmas de las manos. En contraposición con su imagen monocromática, su pelo era de un tono violeta o rojizo (muy difícil de distinguir). Algo atraía a Cristine hacia ella y supo que tenía que entrar a hablar con esa persona a pesar de interrumpir su caza y su iniciación. Entonces Gus la cogió de una mano y le dijo.

- Veo que ya has escogido a tu primera víctima. He notado sus latidos y también he sentido el efecto que han causado sobre ti. Acabas de aprender el método por el que escogemos a nuestras víctimas o ellas nos escogen a nosotros. Entra y gánate su confianza, a partir de ahora estás sola en tu primera caza.

Cristine se acercó a la puerta del café y se quedó plantada delante sin atreverse a entrar. No sabía muy bien porqué, pero la determinación de unos momentos antes había desaparecido de repente. Una pareja se acercó a la puerta, el chico abrió y sujetó la puerta mientras la chica salía. Al ver a Cristine allí parada no soltó la puerta y con la otra mano y un guiño invitó a Cristine a entrar. Todas sus dudas desaparecieron y con una sonrisa se dirigió al encuentro de aquella dulce chica.

Sin pensárselo dos veces, se sentó en el reservado enfrente de la chica del latido atrayente. Ella no se inmutó, seguía agarrada al calor del vaso y de vez en cuando se acercaba el borde a la boca para beber un poco del humeante café. Cristine estaba enfrente de ella mirándola fijamente, sin pestañear y sintiendo, más intensamente sus latidos y el sonido de su sangre al recorrer su cuerpo. Sin ni siquiera darse cuenta sus ojos recorrían las pocas zonas de piel que quedaban visibles debajo entre tanta tela negra y se detenía aquí y allí cuando un latido provocaba un ligero movimiento en las venas que podía intuir.

Al poco, aquella chica detuvo su ejercicio para entrar en calor y se puso a mirar fijamente a Cristine. Durante unos instantes parecieron dos efigies, la una atrapada por la mirada de la otra. Hasta que una voz sacó a Cristine del embrujo de aquellos grandes ojos.

- Hola!! Supongo que tendrás alguna razón para sentarte conmigo y mirarme de ese modo. Pero al menos me gustaría que me la explicases. No es que no me guste que me mires, es que me parece una pérdida de tiempo compartir las miradas sin saber los motivos que las provocan.

Cristine se quedó parada. No esperaba esa reacción. En realidad no sabía lo que debía esperar y se limitó a mantenerse en silencio mirando a los ojos de aquella chica. Sintió ganas de contarle todo lo extraño de la noche anterior, de adoptarla como confesora de sus dudas y miedos, pero algo en su interior le decía que no podía cometer ese tremendo error. Así que siguió observándola durante un rato más. No puso evitar sentir el sonido de su sangre circulando por las venas de su cuello, esas que había observado íntimamente, tímidamente y que seseaba con todas sus fuerzas. En un momento unas palabras se formaron en su boca, no sabía de dónde le había venido el impulso, pero las lanzó sin pensar y sabiendo que serían las justas para conseguir su objetivo.

- No he podido evitar fijarme en tu mirada, desde que he pasado por el escaparate y he mirado hacia dentro. Te aseguro que nunca he hecho esto, pero al verte me he dado cuenta de que debía conocerte y he decidido entrar a hablar contigo. Puede que te sorprenda mi actitud, pero te aseguro que esto es lo menos extraño que me ha pasado últimamente.- Los ojos de Cris permanecían en todo momento clavados en los de la chica y sentía como si sus palabras sólo sirviesen para complementar lo que decían sus ojos.- Si te soy sincera, me molesta mucho este ambiente, el humo, el ruido el intenso olor a comida y si no te importa me encantaría invitarte a pasear en una noche tan perfecta por la ciudad.

- De acuerdo, vamos. De todas maneras aquí no hay nada interesante y ya me he quitado el frío de la noche con este café.

Las dos salieron juntas del local ignorando las miradas sonrientes de los pocos asiduos que aún permanecían aumentando su borrachera en la barra. Cristine caminaba detrás tranquilamente, observando los movimientos de esa chica, explorando su olor, sus latidos y el sonido de su piel al rozar con la ropa en cada movimiento. Caminaban sin rumbo, ajenas al resto de personas que a esas horas caminaban ausentes por las calles. Iban caminando lentamente, paseando y sintiendo los latidos de la ciudad. Sin pensarlo se encontraron en un gran parque, oscuro y desierto que quedaba muy cerca de la casa de Cristine.

Se sentaron en un banco y empezaron a hablar de sus gustos, de lo que las había llevado a salir aquella noche a pasear y de lo que buscaban en esa ciudad. Por supuesto Cristine ocultaba su verdadera razón y aunque nunca antes se le había dado demasiado bien inventar historias, le dijo que se había sentido atraída por la temperatura de aquella noche y que había sentido un impulso repentino de caminar por las calles y ver cómo vivía su ciudad a esas horas. Poco a poco se dio cuenta del montón de cosas en común que tenía con aquella chica, a pesar de la diferencia de actitud ante las situaciones y de los recientes acontecimientos, que habían cambiado su forma de ver el mundo, toda su vida anterior había tenido las mismas dudas y anhelos que aquella chica.

No obstante, se encontraba inquieta, no sólo por sentirse intimidada por la mirada intensa de ella, sino por algo que removía su interior. Si vista se desviaba sin querer a sus labios, a las venas de su cuello que sentía palpitar y en las que oía los latidos de su joven corazón. Se fue acercando poco a poco a su cuerpo, el calor que emitía su piel la asfixiaba, lo sentía tan intensamente a causa de su nuevos “poderes”, como si hubiese tenido su cuerpo desnudo sobre el suyo. No comprendía muy bien el porqué, pero esa voz que se había alojado en su cabeza le indicaba lo que debía hacer, le anunciaba sus acciones y cómo debía ejecutarlas. Mientras la chica hablaba, Cristine acercó una mano a su mejilla y apartó un mechón de pelo, que tapaba ese intenso color rosado, con una ligera caricia. La chica, al sentir el roce de sus dedos, se extrañó al principio (Cristine supuso que por el frío de su piel) pero después al acostumbrarse a ese contacto, cerró los ojos apaciblemente y entreabrió los labios. Un impulso incontrolable la atrajo hacia aquellos labios carnosos y húmedos que empezó a devorar sin comprender el motivo y que disfrutó de una manera que jamás hubiese esperado. Sentía los latidos de ese tierno corazón palpitando en sus labios, un hambre inmensa comenzó a brotar en su mente y sintió como sus colmillos salivaban anunciando el festín. Abandonó ese duelo frenético y recorriendo el camino con suaves beso dirigió su ansia hacia el cuello de la chica, que emitió unos gemidos de placer por las caricias recibidas.

Cristine no podía controlarse y preparando su acción separó ligeramente los labios del cuello de la chica, ella totalmente dominada por la intensidad de sus besos susurró:

- No pares ahora, por favor… Me encanta.

Y como si de una orden se tratase sus colmillos se clavaron directamente en aquella yugular que tanto la atraía, en aquella fuente de vida que llevaba horas llamándola sin cesar. El corazón, inflamado por la excitación de la chica, bombeaba con fuerza la sangre hacia la garganta de Cristine, que devoraba, se alimenta y saciaba su sed con ansia depredadora. Poco a poco fue notando cómo sus latidos perdían fuerza, como su energía se iba apagando como la llama de una cerilla rodeada de la oscuridad en la que se estaba sumiendo. Cristine se asustó, sui conciencia empezó a gritarle dentro de la cabeza, a pelearse con esa otra voz que había dictado todos sus actos hasta entonces y con una sensación de terror se apartó de aquel cuello y soltó su mordisco asesino.

La muchacha cayó, apenas sin vida, sobre sus brazos, como si toda su energía se hubiese esfumado. Y los ojos de Cristine se anegaron en lágrimas de tristeza y reproche por el crimen que había estado a punto de cometer. De repente unas fuertes manos la apartaron de su victima y horrorizada vio como Gus, su maldito mentor, la arrancaba del lado de aquella preciosa muñeca de trapo para partirle el cuello con un simple movimiento de su mano.

Cristine saltó llena de furia, al cuello de su mentor. El impacto de sus manos hizo que este soltase el cuerpo sin vida de la chica y con esa presa mortal lo estrelló contra un árbol que había detrás del banco. Deseaba matarlo, acabar con esa triste vida que había cometido aquel horrendo crimen. Deseaba con todas sus fuerzas destrozar esa garganta que estrechaba entre sus manos.

De un tremendo manotazo Gus la tiró al suelo, liberándose de su presa y con una orden de su voz hizo que su cuerpo se paralizara como agarrado por sogas invisibles al suelo del parque.

-¿Pero no has escuchado nada de lo que te he dicho? ¿O acaso eres tan tonta o estás tan loca como para no haberme creído? Te he explicado lo les pasa a los pobres que no son convertidos por alguien con el conocimiento necesario, no creas que todo es un juego, la vida de muchas personas depende de una minúscula decisión, sólo existe un paso muy corto entre la vida y la muerte, estabas a punto de condenar a esta pobre criatura a vivir en medio de ese lugar sin nombre.

Cristine fue notó como las palabras de Gus se le colaban en el cerebro y se instalaban en su inerte corazón. Poco a poco fue notando cómo la calma retornaba a su espíritu y así las ataduras invisibles fueron liberadas dejando que volviera a controlar sus movimientos.

Estaba furiosa, pero había comprendido la crueldad de su acto y a pesar del dolor que había sentido también comprendió la necesidad de arrebatar definitivamente la vida de sus victimas. Se juró que nunca más dudaría de la palabra de Gus y por supuesto que prestaría toda la atención necesaria para aprovechar las lecciones que la ayudarían a vivir su no-vida desde aquella noche.

lunes 16 de junio de 2008

Sueños compartidos XII

A veces olvidamos lo que tenemos a nuestro lado, lo obviamos porque siempre está ahí, porque forma parte de nuestra vida como una parte más de nuestro ser. Así dejamos de prestarle atención como a cualquier parte de nuestro cuerpo que no atendemos hasta que no nos duele reclamando nuestra atención y con un par de palabras nos indican "A mi nunca me has escrito ninguna historia!!". De esta manera nació este sueño, del cual me he apropiado para plasmarlo en palabras y compartirlo con el resto de mi mundo. Pertenece y está dedicado a esa pequeña persona que siempre está ahí y que sin duda siempre me tendrá a su lado.
La inauguración
Esa noche me habían invitado a una fiesta de inauguración, del piso de Marta, una compañera de trabajo. Tal y como está la vivienda últimamente es todo un acontecimiento que alguien a quien conoces, inaugure su piso. Así que no podía negarme a asistir a aquella fiesta. Además me había enterado de que ese chico nuevo, taaan guapo también iría por allí. Así que después de un par de horas arreglándome (servicio completo de belleza femenina), llegó el momento de escoger el recubrimiento de mi piel, que debía garantizarme que él no pudiera apartar su vista de mí.
Me planté delante del armario y abriéndolo de par en par, empecé a buscar el vestido que iba a culminar mi plan y hacerme brillar en mitad de la fiesta. No os imagináis lo difícil que resulta esta operación a veces. No es que tenga un montón de vestidos, sólo unos 30, pero quería que esa noche todo fuese perfecto, todo quedase atado de forma especial para mí. Después de seleccionar los 10 posibles, vestidos de noche, negros, con un escote sugerente y a ser posible lo más entallados posible, para remarcar mis curvas, insinuarlas y mostrarlas generosamente, me probé los diferentes vestidos, cada uno con su par de zapatos correspondientes y después de un par de pases y de ir desechando los que no me parecían adecuados para mi objetivo, escogí uno ajustado hasta la cintura y con una faldita de pliegues que ondeaba en cada movimiento. La espalda descubierta y un escote recto que sujetaba mis pechos, apretándolos y alzándolos. Un cinturón muy ancho con una hebilla plateada lo hacía conjuntar con el collar y los pendientes que había escogido. Unos zapatos negros con mucho tacón remataban mi aspecto, no excesivamente arreglado, pero femenino y sensual. Ahora tocaba escoger la lencería que iba a completar mi ropa. Como la falda tenía vuelo, no era necesario esconder mis braguitas así que opté por un coulotte también negro y como la parte de arriba entallaba mi busto, no necesitaba sujetador. Unas medias lisas, finas y negras unificaban esa imagen nocturna y completaban todo el conjunto. Nunca me han gustado los panties, me molesta ir tan ceñida y me encanta sentir el tacto de la tela en mi piel y no velado por la lycra.

Vestida y con unas gotas de mi perfume favorito en el cuello y en el escote, salí de casa a coger el taxi que esperaba en la puerta. Podría ir conduciendo, pero la ocasión merecía llegar relajada y sin las arrugas que crean la tensión de recorrer la ciudad al volante, enfrentándome contra los aurigas del asfalto que creen que la calzada es suya y que me provocan arcadas con su supuesta superioridad.

Llegué a la fiesta unos 15 minutos después de la hora citada, me da un poco de corte llegar la primera y estar esperando a ver quien se presenta, así que calculando, más o menos, a esa hora ya había llegado el número suficiente de personas como para entablar conversación en la espera. Además, me había parado un momento a comprar una botella de vino. No se puede ir a una fiesta de inauguración sin llevar un detallito.

Entré en casa de mi amiga, era un edificio antiguo, aunque recientemente reformado. Una preciosa puerta de madera, pintada de blanco y con cristales grabados se abría a un recibidor, sencillo pero muy acogedor, iluminado con una lámpara que colgaba desde el techo de la primera planta. Tras unas cortinas, recogidas con dos cintas de seda de color rojo, había un pasillo iluminado con apliques y con unas fotografías enmarcadas, de la familia de Marta. Parecían muy antiguas, pero no desentonaban y le daban un aire entrañable. Unas escaleras, a la derecha, alojaban una alacena en su hueco con una puertecita de listones blancos. Continué andando tras la anfitriona hasta el salón-comedor-cocina. Ya había unas cuantas personas alrededor de la mesa, preparada con unas cuantas bandejas de canapés. Todos tenían en sus manos una copa de vino y después de que Marta se llevara la botella, que yo había traído, a la cocina, saludé a todos y me serví una copa para esperar al resto de los invitados.

A pesar de la triple función del apartamento, era muy amplio y la distribución ayudaba a evitar que todo se viese recargado, como pasaba con otras casas. La pared de la derecha estaba ocupada por la cocina. Los armarios, que formaban una L en la pared y bajo la encimera, eran de madera y el fregadero estaba colocado en la pared frente a la puerta, justo bajo una ventana que daba al patio exterior. Una pequeña barra, donde esperaban varias bandejas con ensaladas, un pastel de carne y otro de atún y salmón. Separaba la cocina del salón. Apoyando el respaldo en la barra, descansaba un amplio sofá con lounge, tapizado del mismo color que las cortinas, un violeta suave y muy bonito. En la pared, frente al sofá, había un buffet bajo, lleno de cajones, donde estaban instalados la televisión y el equipo de música, en el que se escuchaba, suavemente, el último disco de Manolo García. A la izquierda del salón estaba colocada la mesa, alrededor de la nos habíamos instalado, en un pequeño anexo con dos paredes formadas por puertas de cristal que se habrían al otro lado del jardín.

Estuvimos hablando todos un rato y elogiando el buen gusto de Marta, mientras esperábamos a que aparecieran los últimos invitados. Unos instantes después, sonó el timbre y Marta fue a abrir la puerta. Todos nos giramos hacia allí para intentar enterarnos de quien acababa de presentarse y nos quedamos en silencio escuchando la conversación de bienvenida.

- ¡Hola Daniel! Sólo faltabas tú para completar el grupo. Los demás han llegado ya y están en el comedor. Pasa, no te entretengas y saluda a todos.

- ¡Hola Marta! Siento llegar un poco tarde, el tráfico está fatal. Ya sabes que a estas horas… ¿No te importará que haya venido acompañado verdad?

Al escuchar aquella frase, mi plan empezó a desmoronarse en mi cabeza. Pero ¿cómo se atrevía a traer a una tía a la inauguración? Y sabiendo que yo vendría esta noche y que había estado toda la semana comentando con el la cena. Estos tíos tan guapos no prestan atención a lo que se les dice, si no trata de ellos mismos.

- Marta, te presento a Marcos. Es un compañero de la universidad que ha venido a pasar unos días a Barcelona y que quería que conocierais.

Bueno, era un tío. Pero eso no arreglaba nada. ¿No será que éste guaperas es gay? No creo, las miradas que nos lanza a las tías cuando habla con nosotras no son precisamente inocentes. Aunque también puede ser bisexual, que cada vez aumentan más con tal de no perderse ninguna posibilidad de pasarlo bien. Decidí no darle más vueltas al asunto, por ahora, y esperar a que me viese y a hablar con el un poco, para comprobar si mis teorías eran ciertas o no.

Marcos era un chico muy guapo y agradable, algo que habría resultado genial si no aumentase mis sospechas hacia Daniel. Durante la cena, absolutamente informal, íbamos cogiendo comida de las bandejas y algunos de pie, otros en el sofá o en las sillas íbamos comiendo mientras saboreábamos las conversaciones que surgían en los diferentes grupitos. Además de los efectos del vino, un Pinot delicioso, mi alegría aumentaba porque notaba como Daniel me lanzaba miradas furtivas mientras hablaba con el resto de invitados. Y aunque, a pesar de mis deseos, sólo coincidimos un par de veces, al ir a buscar comida a la mesa, sentí que esa noche todo podía salir como había planeado.

Poco a poco, el ambiente se fue llenando de risas, de bromas y todos fuimos dejando los platos vacíos en la cocina. Ayudamos a Marta a recoger todo y nos juntamos en el salón para tomar el café y hacer la “sobremesa” todos juntos.

Como siempre en estas ocasiones las conversaciones empezaron con discusiones y reflexiones sobre el sentido de la vida y el ritmo frenético del universo (divagaciones sin sentido, pero que ocupan los momentos más entretenidos), poco a poco los invitados se iban marchando ya que las horas pasaban y la noche se cerraba a nuestro alrededor. Al final sólo quedamos Marta, Daniel, Marcos y yo. Gracias al vino y a las horas de la madrugada todo se hizo más familiar, más picante y dejamos de discutir sobre el universo para hablar cobre el tema aceptado por todo el mundo como el esencial para discutir por la noche. El sexo. Esto me dio paso a acercarme un poco más a Daniel y para desterrar por completo esas dudas que me habían asaltado al principio de la noche. Comentamos nuestras experiencias, nuestras fantasías y como siempre discutimos sobre los conflictos morales que existen al intentar cruzar ciertas barreras inculcadas desde la infancia.

La conversación que empezamos los cuatro se rompió con un silencio, cuando Marta en un arrebato, entrelazó sus brazos alrededor del cuello de Marcos y los dos se aislaron por completo devorándose mutuamente.

Daniel se levantó del sofá y cogiéndome de la mano a la vez que me indicaba silencio con su dedo índice sobre mis labios me llevó escaleras arriba y exploramos el primer piso.

- Perdona, pero creo que deberíamos dejarlos solos. Aunque no quiero que esta noche acabe tan pronto. Me encanta hablar contigo.

Yo me sonrojé y sonriendo continué agarrada fuertemente a su mano vencida y entregada, esperando lo que me depararía esa excursión a la que me había invitado.

- ¿Sabes que una mujer sonrojada es una de las imágenes más sexys que conozco?

Me dejó sin palabras y el beso que plantó en mis labios, un instante después, no hizo más que aumentar la fuerza del embrujo en el que me encontraba totalmente atrapada. Así, él guiándome y yo totalmente aturdida, recorrimos el piso superior compuesto de varias habitaciones y un cuarto de baño. Entramos en una, que tenía pinta de ser la de invitados. Supusimos que Marta continuaría su noche con Marcos en su habitación. Era una habitación sencilla, había dos camas individuales con el cabezal y los pies de listones de madera y un pequeño armario. El detalle que me llamó la atención fue un tocador muy antiguo, que había frente a las camas, con un gran espejo.

Nos sentamos en una de las camas. Yo no podía hablar, aún seguía atrapada por su beso y por sus palabras. Supongo que entendiéndolo y asumiendo su papel, Daniel comenzó a hablarme para romper ese incómodo silencio que mi distracción había provocado.

- Antes me ha resultado curioso el comentario que has hecho sobre una de tus fantasías. ¿Sabes que hay muchas mujeres que fantasean con ser atadas y que les hagan el amor con los ojos vendados?

- Ya, pero se que no lo podría hacer así a la ligera. Tendría que confiar mucho en la persona que me va a atar, porque veo realmente difícil que me deje llevar si no estoy tranquila y con plena confianza.

- ¿Y confías en mí? – Asentí como una niña tonta y con una sonrisa pícara.

Daniel contestó a mi respuesta con un intenso y ardiente beso, sus labios eran jugosos y me encantaba lo intensamente que permanecían pegados a los míos, alargando sus besos hasta que mis labios llegaban casi a formar parte de su boca. Siguiendo sus instrucciones, son su ayuda, me deshice del vestido y tras observarme un largo rato, aumentado el calor de mis mejillas, me acompañó a tumbarme en la cama y empezó a buscar en los cajones del tocador. Encontró unos pañuelos y escondiéndolos, a su espalda, se acercó a la cama, donde yo me encontraba tumbada boca arriba, con la respiración agitando mi pecho a causa de la expectación.

- Cierra los ojos. Quiero que sólo sientas mis movimientos y que deduzcas mis pasos gracias a tus sensaciones.

Su voz en mi oído, su seguridad, me tranquilizó y aumentó mi deseo hacia lo que iba a pasar. Sus manos deslizaron uno de los pañuelos en mis ojos anudándolo a un lado de mi cabeza, que dejó descansar en la almohada acompañando el movimiento con uno de sus intensos besos. Sus manos se dirigieron entonces a mis brazos, levantándolos por encima de mi cabeza y atándolos a los barrotes del cabezal con otros pañuelos de los que había encontrado en el tocador. Tras atar una mano, sus labios recorrieron mi brazo, mi hombro, mi cuello, se pararon en mi boca y subieron por el otro brazo llenándolo igualmente de besos antes de atar la otra muñeca. Nunca había tenido esa sensación y no sé muy bien como explicarla, pero me encontraba atada y liberada al mismo tiempo. Libre de responsabilidades y entregada en todo momento a la guía y los deseos de mí amante. Con un suspiro de placer y alivio me entregué a disfrutar de las sensaciones que había prometido regalarme.

Tumbada y atada a la cama, me dejó esperando un rato, mientras se desnudaba. Oía el sonido de la ropa al deslizarse por su piel, su respiración, sus palabras que me acompañaban y me prometían sensaciones que mi cuerpo anhelaba y buscaba con deseo. Al no disponer del sentido de la vista, el resto se agudizó poco a poco y empecé a descubrir matices que antes no había tenido en cuenta. El cambio de olor de mi piel al estar excitada; el ritmo de mi respiración, ahora algo menos agitada gracias a sus besos y sus palabras, pero alterada igualmente; el olor de su piel, que antes había estado escondido tras el perfume de la colonia que llevaba, se destapó al desprenderse de toda la ropa.

Completamente desnudo, se tumbó a mi lado, y recorriendo mi piel con la punta de sus dedos comenzó a besar mis labios con pasión. Mi boca buscaba la suya, mi lengua se movía intentado atrapar la suya. Sin dejar de acariciarme él se retiró de mi boca colocando un dedo en mis labios y parando el frenesí de mis besos. Su boca pasó a regalarme miles de mordiscos, húmedos besos, caricias con su lengua por mi cuerpo. Empezó a descender por mi cuello y mi pecho, trazando un camino de ardiente saliva y comenzó a jugar con mis pezones, que se endurecieron al instante al contacto con su boca. Mi respiración se agitaba y notaba cómo mi excitación humedecía mi coulotte y mi piel se encendía cada vez que sus labios atrapaban mis pezones en un suave mordisco.

No paraba de suspirar y de gemir con la intensidad de sus besos, marcando el recorrido que hacía su lengua y sus manos sobre mi piel. Como había hecho antes con mi boca, se separó de repente, dejando que recuperase el aliento y posando sus dedos en mis pezones, como había hecho anteriormente en mis labios. Noté que bajaba de la cama y oí sus pasos sobre la alfombra. No deseaba escuchar nada más, no prestaba atención a nada más que a los movimientos y a los regalos de mi amante. Un beso en mi tobillo volvió a reclamar mi atención, sólo anunciando el nuevo camino que tomarían sus besos. Recorrió mis piernas, colmándolas con el dibujo de su saliva. Las besó alternativamente colocándose entre ella. Con cada beso las separaba, abriéndose camino hacia la ardiente humedad que empapaba mi sexo. Notaba su aliento calentando más mi entrepierna, si eso era posible, su boca besaba mi piel, que transmitía su tacto por todo mi cuerpo. Sus dedos apartaron lentamente el coulotte hacia un lado mostrando mi sexo, húmedo, ardiente, enrojecido y excitado. Oí como inspiraba fuertemente, capturando el olor de mi excitación, momentos antes de acercarse a él y empezar a lamerlo. Trazaba dibujos con su lengua, separando mis labios lentamente, adentrándose en mí y haciendo vibrar todo mi cuerpo excitado y convulsionado a causa del placer que me transmitía.

La sensación de sentirlo entre mis piernas, estregado a mí, llenándome de placer y a la vez estar rendida a sus deseos, cegada y atada a la cama, era algo increíble. Mucho más intenso de lo que yo había imaginado a solas. Estaba absolutamente rendida al placer, entregada a disfrutar de mi cuerpo, del regalo de sus caricias y sus besos, de los sentidos desbordados por la falta de visión. El sonido de su besos y sus lametones; el olor de mi piel y mi sexo excitados; el calor que recorría mi piel en oleadas provocadas por los movimientos de su lengua, no hacían más que aumentar mi estado de excitación.

Sin comprender el motivo, se apartó de mi sexo, estaba a punto de explotar en un orgasmo salvaje y el se paró. Como antes, con un dedo, selló mis labios húmedos e inflamados y como respuesta moví mi vientre para acercarme más a el.

- Espera. Aún no, la noche no puede acabar tan pronto, tu placer no puede llegar sólo hasta aquí.

Intenté calmarme, intenté recuperar mi aliento y relajar mi agitada respiración, mi vientre ardía de placer. Mi sexo inflamado y excitado, temblaba y deseaba sentir más, continuar recibiendo sus caricias. Entonces su boca volvió a dirigirse a mis pechos, por el camino dibujado momentos antes. De nuevo mis pezones sintieron sus labios que empezaron a jugar con ellos, que los atrapaban y los mordían. El calor de mi vientre y sus caricias en mis pezones me hacían temblar de excitación, nunca había sentido nada parecido, nunca antes mis sensaciones se habían prolongado tanto en el tiempo, antes de llegar al orgasmo.
No se ni cuando ni como, empecé a notar otra boca, jugando también en mi sexo, no sabía cómo había aparecido y la excitación me había nublado de tal manera que no entendía ni cómo ni quien era el responsable de esas caricias, pero ahora lo agradecía de tal manera, lo deseaba hasta tal punto, que no iba a ser yo la que impidiese que alguien más me hiciera disfrutar de esa manera. Las manos de Daniel desataron la venda de mis ojos.

- Deseo que mires, que observes lo que vas a sentir y que seas la espectadora de tu placer,
Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, levanté un poco la cabeza. Daniel estaba sentado a mi lado acariciando mis pechos brillantes por su saliva y Marcos era el dueño de la lengua que me deleitaba con sus caricias en mi sexo. Estaba sorprendida pero encantada. Daniel no dejaba de deleitarse en mis pechos y Marcos se levantó colocándose de rodillas entre mis piernas y acercando su sexo erecto a mí. Empezó a frotarlo contra mis labios inflamados y empapados, separándolos poco a poco con su presión, mientras penetraba en mí. Sin duda el camino ya estaba suficientemente franqueado para él. Todas las sensaciones que había disfrutado antes, me habían preparado para ofrecerme a sus movimientos, para sentirlo dentro de mi, llenándome y transmitiéndome el movimiento de sus caderas a todo mi cuerpo, mientras Daniel no dejaba de besar mi boca, de jugar con mis pezones y de aumentar, si era posible, el placer de ser follada por aquellos dos hombres.

Marcos empezó a moverse cada vez más rápido. Mi sexo ardía con la fricción del suyo en mi interior y justo cunado empecé a gritar que me iba a correr, paró de repente. Mi respiración seguía agitada, de nuevo a punto del orgasmo, de nuevo detenida de repente por aquellos dos niños traviesos. Se cambiaron las posiciones. Daniel se colocó entre mis piernas y Marcos pasó a regalarme sus besos, sus mordiscos, sus lametones y sus caricias, mientras era perforada por su amigo, follada salvajemente. Había imaginado, desde que entró a trabajar, cómo se movería. Se le veía en forma y debo decir que a pesar de tener mis sentidos descontrolados por el placer, sus movimientos eran deliciosos, sentirlo dentro de mi, era espectacular y después de haberme mantenido en ese estado constante de excitación, era aún más intenso de lo que nunca había sentido.

Mi cuerpo dijo basta, una oleada de ardor acudió a mi vientre, a mi sexo y explotó en un orgasmo convulsionando todo mi ser. Daniel no dejó de moverse dentro de mí y Marcos acallaba mis gemidos y mis suspiros con su boca, acompañando mis intentos por recuperar el aliento con besos salvajes. Daniel también se corrió, apretándose contra mí y agarrando fuertemente mis piernas hasta que las marcas blancas de sus dedos se quedaron grabadas en ellas.

Me desataron y se tumbaron a mi lado. Estaba absolutamente perdida y entregada, los besaba sin parar, mis manos se perdían en sus cuerpos descontroladas.

- ¿Te ha gustado? – susurró Daniel en mi oído, mientras yo besaba a Marcos en la boca. – Descansa, relájate, recupera el aliento, porque queda mucha noche y Marcos aún no ha acabado y no podemos dejarlo así.
Me sorprendí ante estas palabras. ¿Acaso pensaban que tendría energías para continuar con ese frenesí? Os aseguro que a veces me sorprendo de lo mucho que podemos conseguir, si nos lo proponemos lo suficiente.

jueves 5 de junio de 2008

Sueños Compartidos XI


Podría esplicaros la historia del nacimienrto de este sueño, comentaros los motivos por los que una noche, durante una de esas Deliciosas conversaciones al calor de la luz Lunar, nació este sueño de nuestras manos, de nuestros pensamientos y tiempo después fue creciendo en mi cabeza hasta formar esta historia extraña cuya primera parte os enseño. Pero prefiero que imagineis ese nacimiento, que soñeis con la posibilida de que no creasemos nosotros ese sueño, sino que en verdad alguien lo cuidase y lo alimentase para entragarnoslo furtivamente para nuestro disfrute.


Pastora de Sueños


Se perdió en su habitación. Alice estaba harta de discutir, de intentar hacerse escuchar. Llevaba demasiado tiempo gritando, luchando y enfrentándose a todo el mundo. ¿Acaso no se daban cuenta de que tenía razón? Ella comprendía que los niños no entendieran su mensaje. Que, perdidos en su mundo de fantasía, perdieran esa noción de la realidad que les ayudaría a comprender el peligro que se cernía sobre todos. ¿Pero los “mayores”? Siempre los oía soñar con sus batallitas, esas que no se atrevían a vivir en el mundo real. Al principio, cuando descubrió el secreto de Nadie, pensó que enseguida divulgarían la noticia y que, cual reguero de pólvora, correría de boca en boca, de sueño en sueño y derrotarían sus intenciones.

Llevaba apenas dos años en la granja, cuando lo descubrió. Ella se dedicaba a pastorear los rebaños, a cuidarlos desde que nacían, como una pequeña idea, hasta que crecían, alimentándose de experiencias, de imágenes del día a día y por supuesto, de miles de palabras que eran su principal fuente de alimento. Por supuesto, como en todos los rebaños, alguna de sus crías, se desviaba, se llenaba de miedos, rencores, falsas ideas y vanas esperanzas. Estas anomalías eran muy difíciles de detectar y muchas se escapaban, salían al mundo y se colaban en la noche de la persona a la que estaban destinadas, como una dolorosa pesadilla. Como habréis deducido, Alice era una pastora de sueños. ¿Sabéis cuando os decían que contarais ovejas para dormir? Pues ella se encargaba de pastorear esos rebaños, responsables de guiar los sueños de las personas hasta las cabeceras de sus camas. Los cuidaba, los guiaba y los seleccionaba para que crecieran con las mejores características e incluso, a veces, había conseguido tan buenos resultados que alguno de sus sueños se había hecho realidad.

Un día, mientras encerraba al rebaño en el establo, una sombra se cernió a su corazón. Su acostumbrada alegría se ensombreció y apagó. Sintió que perdía poco a poco la esperanza y los sueños no paraban de berrear mientras se apiñaban, asustados, intentando protegerse de tal desesperanza. Alice, sacando fuerzas de flaqueza se plantó entre la sombra y el rebaño, abriendo los brazos en cruz e intentando proteger con su cuerpo a todos los sueños que estaban a su cuidado. Estaba dispuesta a entregar su vida, si era necesario, para evitar la corrupción de sus sueños.

De entre la sombra apareció un hombre, muy alto, con un traje negro, con corbata gris y un sombrero también negro. En su mano derecha llevaba un puro muy grueso, del que salía flotando un humo espeso y gris que formaba aros a su alrededor, como una especie de barrera que lo envolvía todo poco a poco. Unos dientes apagados, grisáceos, enmarcados por unos labios agrietados y finos, formaban una siniestra sonrisa, que discordaba con la expresión de su cara y sus ojos.

- ¡Hola niña! Llevo mucho tiempo buscándote y por fin me he cruzado contigo. Supongo que aunque no me conozcas, habrás oído a alguien, de tu granja o de alguna otra, hablar de mí. Pero por si acaso, me presento: soy el Sr. Nadie.

- Ho…- empezó a decir Alice, dando un paso hacia atrás.

- No perdamos el tiempo. Ya sabes quien soy y yo te conozco de sobra. Vengo a proponerte un trato, algo que nos beneficiará a los dos. Sé que llevas poco tiempo trabajando en la granja y sé que tienes una habilidad asombrosa para cuidar de los sueños y los haces crecer sanos y fuertes. También sé, que todos los que vivimos en este mundo, envidiamos y añoramos la sensación de poseer sueños propios.

Nos dedicamos por completo a cuidar de los sueños de los demás. Los alimentamos y los educamos para que sus dueños los disfruten y gocen de ellos y con suerte, los hagan realidad. Si uno de esos sueños se malogra y se torna pesadilla sin que lo detectemos, además nos culpan de haber sufrido esa pérdida y no admiten que se ha contaminado por culpa de sus devaneos y sus malos pensamientos.

¿Nunca te has preguntado que se hace con las pesadillas que se detectan? Sabes que viene un camión, donde lo encierran en la jaula y desaparecen con el. Pues esos sueños se pierden, se desechan, se apartan y se ignoran, amontonados hasta que desaparecen. En eso consiste el trato que te propongo. Como conozco tu habilidad para criarlos como nadie y además que detectas una pesadilla mucho tiempo antes de que empiece a gestarse, te pido que en vez de avisar al Estado, me avises a mí.- Sacó una tarjeta de cartulina gris, con unas letras carmesíes con su nombre y su teléfono únicamente. Extendiendo el brazo hacia Alice la instó a cogerla con un extraño y diabólico brillo en los ojos – Cógela niña y yo me encargaré de limpiar esos sueños, de dominarlos y convertirlos en dóciles corderitos que tu y yo podremos disfrutar.

Alice titubeó un instante. ¿De verdad se podrían recuperar esos pobres sueños malogrados? Y además, ella que siempre había deseado soñar. ¿Podría tener alguno, sólo para ella? Se acabaría el pasearse por los sueños de las personas, dejando en sus mentes el vago recuerdo de su furtiva y anónima visita. Las personas, al despertar, apenas recordaban su rostro borroso y distorsionado. La mayoría de las veces, incluso la confundían con alguien a quien conocían y en sus recuerdos cambiaban su cara por la de esta persona. Siempre lo había deseado, pero sabía que estaba mal, esos sueños no eran suyos, ellos sólo los cuidaban.

Un impulso la sacó de sus pensamientos y la liberó del tentador embrujo de Nadie. Algo no era normal, eso no eran más que patrañas para intentar robar sueños. Recordó que había oído en alguna ocasión, comentar a una anciana de una granja vecina, sobre la existencia de un antiguo pastor. Este personaje, obsesionado por el deseo de poseer sueños propios, había descuidado su trabajo. Intentaba averiguar, cómo convencer a los sueños para que le pertenecieran y esas investigaciones sólo conseguían que estos se evadieran de la realidad, se trastornaran y se volvieran pesadillas. El Estado se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde, porque no denunciaba estos cambios y los encerraba en un sótano donde seguía investigando cómo domesticarlos. Empezó a encerrarse con ellos en el sótano, donde los trataba para cambiarlos, enseñarles que sólo tenían un cometido, servirle para siempre. El resto de su rebaño se perdió, cayó en el olvido y desapareció, provocando una tremenda pérdida de sueños y fantasías, que derivó en que muchas personas sufrieran depresión y algunos niños perdieran la inocencia y la ilusión. El estado lo descubrió, porque también había olvidado sus tareas administrativas y por la ausencia de nuevos sueños, creados mediante el cruce de las diferentes especies (principal cometido de la Feria Anual de granjas). Así que, tras investigar los esquivos movimientos de ese pastor, fueron a visitarlo a la granja y lo apresaron, atraparon a todas las pesadillas que tenía recluidas en el sótano. Nunca más se supo de el.

No entendía el motivo, pero este recuerdo acudió a su mente de forma vívida en el momento en el que había declinado la invitación de Nadie. Así que aferrándose al asco que le produjo escuchar aquella historia y a la repulsa que sintió hacia un ser tan depravado. Empujó a su rebaño hacia el establo y se encerró rápidamente con ellos. Un fuerte viento comenzó a azotar entonces el establo, la puerta se balanceaba nerviosa, golpeando y amenazando con salirse de los goznes, las contraventanas de madera comenzaron a tabletear de forma furiosa. Alice se acurrucó junto a su rebaño intentando abarcarlos a todos con su cuerpo y calmarlos con sus palabras.

- Tranquilos, mis corderitos. Aquí no puede entrar... Este es nuestro hogar.

De la misma manera repentina como había aparecido, el viento desapareció. Se llevó consigo esa sensación de ahogo que Nadie había cernido sobre Alice y las esperanzas y la alegría volvieron a todo el rebaño. Pero no a Alice. Ella continuaba asustada y esa sensación, ahora, no nacía del exterior, sino que se formaba en lo más profundo de su ser por el miedo que le daba la certeza de haber descubierto que Nadie era ese asqueroso y malvado pastor de sueños de la leyenda.

Alice comenzó, desde entonces, su cruzada para alertar a todos sobre la amenaza de Nadie. Lo intentó primero con sus compañeros de granja. Algunos conocían la historia, pero se la tomaban como una simple fábula para aleccionar a los jóvenes y a los novatos sobre la importancia de no descuidar su trabajo. En la Feria Anual de Granjas intentó encontrar a la anciana que le había contado la historia, pero hacía tiempo que había dejado el mundo de los sueños. También intentó propagar la noticia contándola en los círculos de pastores que se reunían para comentar las novedades, pero lo único que consiguió con ello fue despertar más risas que preocupación y nadie la tomaba en serio por culpa de su juventud y por lo extravagante de su historia.


Hastiada y decidida a cambiar esta situación tomó la única medida que creía posible que llegara a buen fin. Se dispuso a divulgar la noticia dirigiéndose directamente a las posibles victimas de las maldades de Nadie. Así, cada atardecer, después de encerrar su rebaño en el establo, después de cenar un poco de pan con queso y un vaso de leche, se acostaba en su cama hecha de nubes y se adentraba en los sueños de las personas.

lunes 19 de mayo de 2008

Sueños compartidos X


Creedme cuando os digo que no debeis subestimar el Poder para Sorprender que poseen algunas personas. Siempre podeis tener la suerte de encontrar a alguien sorpendente que os regale sonrisas, historias, palabras y alguna que otra noche en la que el silencio os rodee y que se vuelva misteriosa y divertida gracias a su visita. Por ello, esta historia, está dedicada a una de esas personas especiales que por desgracia no abundan y que tengo la suerte de haber encontrado.



Juegos de Mesa.



No acostumbro a pasar mis tardes en los bares, pero esa tarde, decidí olvidarme de mis obligaciones diarias y pasarme por un nuevo local que habían abierto en mi barrio. La verdad es que hacía mucho tiempo que nadie montaba un bar allí ya que los talleres de confección y venta al por mayor de ropa, habían acaparado todos los locales de la zona y todo el mundo, atraído por las promesas del negocio fácil y, al parecer, por la cantidad de dinero que se manejaba en estos negocios, o había montado una o había vendido el local que tenía. Así que, en parte, atraído por esta novedad, me decidí a pasar la tarde allí.

Al entrar me encontré con un sitio oscuro, aunque agradable. A pesar del poco tiempo que llevaba abierto ya tenía algún que otro parroquiano afincado en la barra. En el ambiente flotaba una melodía de jazz, en la que un pianista, hacía viajar sus dedos rápidamente por las teclas, fraseando de forma atónica, mientras era acompañado por un saxo omnipresente que contestaba cada una de sus improvisaciones. Me quedé cierto tiempo parado disfrutando de la música y observando la decoración de ese nuevo lugar. Por lo que podía ver, todo era de madera, dándole un aire antiguo y acogedor. Unas lámparas, detrás de la barra y unas pequeñas velas en cada una de las mesas eran la única iluminación. Al fondo había una especie de salón-reservado, separado del resto del local por una mampara, también de madera, en el que se veían unos sofás y por encima de la mampara distinguí unas cadenas y los cables de una lámpara que bañaba el suelo del reservado con una luz cálida.

Después de pedirme una cerveza en la barra y de cruzar un par de frases de cortesía con el camarero, me dirigí a aquel apartado distraídamente, dispuesto a investigar su composición y la comodidad de aquellos sofás.

Al franquear la mampara, descubrí el sentido de aquella lámpara, ya que no sólo iluminaba el reservado, sino también una mesa de billar americano que habían colocado en medio de los sofás. Me quedé un poco parado al encontrarme con una chica, jugando sola al billar, pero ella levantó la mirada y con una sonrisa que me desarmó, me invitó a acompañarla.

- ¿Quieres jugar? Llevo ya unas cuantas partidas y aunque me guste, es mucho más divertido competir y compartir el juego.

La verdad es que no se me da demasiado bien, pero nunca se debe denegar una invitación como aquella y con un “Por supuesto” cogí un taco y me preparé para jugar a lo que fuese mientras ella colocaba las bolas en el triángulo y posicionaba la bola blanca para empezar a jugar. Como un buen caballero le ofrecí romper, y ella acepto mi oferta y se colocó sobre el tapete apuntando con decisión hacia el centro del triángulo.

En esa posición no pude evitar desviar mi mirada a su escote, que se ofrecía sobre el verde del tapete y que, gracias a la excusa de observar como jugaba, podía mirar sin disimulo. Ella levantó la mirada, sonriendo y mirándome directamente a los ojos lanzó un “¿Preparado?” a la vez que lanzaba la bola blanca para romper la formación del resto de bolas y repartirlas por todo el tapete.

Me quedé sorprendido por la fuerza con la que había abierto la partida, pero esa sorpresa no pudo borrar la huella de su mirada en mi memoria. Esos ojos, en ese breve momento, se habían grabado en mí. Su brillo, el color verde intenso, la forma de mirarme, me pareció tan sensual que casi me quedo paralizado y no reaccioné hasta volver a oír su voz.

- Ya van dos lisas, así que a ti te tocan las rayadas, parece que he empezado la partida con suerte.

Volví de mi ensoñación en el momento en que se acercaba a mí para pasar al otro lado de la mesa y así acceder con facilidad a la siguiente bola que tenía que introducir en la tronera. Si antes me había embobado mirando su escote, el sueño que se me ofrecía de sus caderas y su culo desde esa posición, agachada igualmente sobre el tapete, no era menos turbador. Empecé a notar que la excitación provocaba una incómoda presión en mi pantalón y en mi mente me repetía incesantemente que debía retirar esa ideas de mi cabeza, que aquello sólo era una partida de billar. Así en ese combate de titanes me encontró ella, justo cuando se dio la vuelta, para celebrar una nueva jugada con éxito, y nuestros ojos conectaron inmediatamente como anclados por un campo magnético.

Aún ahora no me puedo explicar la razón de mi forma de actuar, pero sin pensarlo dos veces, me lancé hacia su boca y nuestros labios se enzarzaron en la lucha que habíamos pretendido jugar al billar. Siempre me ha sorprendido el valor de las personas que mantienen relaciones sin un conocimiento previo de la persona que tienen en sus brazos y nunca he sido de esas personas (puede que la inseguridad o el miedo al fracaso sea una de las razones) pero aquella tarde, en aquel lugar, frente a aquella mujer, no pude resistir la tentación y las ordenes de mi cuerpo. Para mi sorpresa, ella tampoco se retiró, me abrazó atrayéndome más hacia su cuerpo. Podía notar su pechos clavándose en el mío, como pugnado por salirse de ese carcelero que era su camiseta. Sus manos atraparon mi culo echándome hacia delante y pegando mi erección a su vientre. Movidos por este impulso la arrastré hacia la mesa de billar y ayudándome de mis manos la subí sobre la mesa y enlacé su piernas a mi cintura.

Nuestras lenguas se buscaban, se enfrentaban y nuestras bocas se mordían se atrapaban y compartían el calor de nuestra excitación. Mientras, ayudado por sus piernas empecé a moverme, frotando nuestros sexos excitados detrás de las barreras de tela que formaban nuestra ropa. Mis manos, envidiosas, no podían estar quietas y así la despojaron de la camiseta, dejando a la vista los pechos que su escote me había insinuado y que superaban mi imaginación. Estaban duros, los pezones mostraban la excitación de su cuerpo y se movían temblorosos acompañando su respiración agitada. Besé su cuello, lo lamí, lo mordí suavemente y comencé a bajar por su piel hasta llevar mi boca a sus pezones. Mi lengua se volvió loca al sentir su dureza, su sabor, su rebeldía al intentar atraparlos. Ese juego sólo hacía que se endurecieran más y arrancaba gemidos de placer de su garganta. Atrapé sus pechos entre mis manos estrujándolos, mientas seguía chupando, lamiendo y mordiendo sus pezones, hasta que apartando mi cabeza, la levantó y me susurró al oído.

- Para, para un momento o conseguirás que me corra antes de empezar a disfrutarte en mí.

- Me encantaría lograrlo, pero tienes razón, esperaremos. Aunque no deseo parar de hacerte sentir.

Me agaché, de rodillas y le pedí que levantase su falda, que se encontraba enrollada al borde se sus braguitas. Ella bajó de la mesa para desabrochar y dejar caer su falda al suelo.

– Mejor así. ¿No? – dijo sin dejar de mirarme a los ojos.

Sonreí asintiendo y entonces paré sus manos que empezaban a bajar las braguitas, sumando a mi gesto la negación con mi cabeza. Conseguí convencerla y dejándoselas puestas volvió a sentarse en la mesa de billar. Me acerqué a ella poco a poco, besando sus rodillas, sus piernas y aproximándome a su humedad trazando el camino con mi lengua, para no perder el sentido. Sus piernas se cerraban un poco más a medida que avanzaba atrapándome y transmitiéndome su calor. Al fin las colocó sobre mis hombros y le pedí que apartase sus braguitas y que me diese su sexo.

Con un dedo, apartó la tela ya empapada ante mi cara. Yo no dejé de mirar toda la acción y saborear el momento. El olor de su sexo invadía mi mente, lo tenía tan cerca, tan excitado, tan húmedo, tan sabroso… Así acerqué mis labios a los suyos, me empapé en ella y mi lengua comenzó a jugar en su interior. Separaba sus labios de abajo a arriba, me paraba en su clítoris trazando círculos con la punta y apretándolo, mezclando mi saliva con su flujo. Mi cara estaba empapada, mi barbilla, la madera y el tapete se estaban mojando con su excitación a medida que ella se convulsionaba al ritmo de mis lametones y mis besos. Sus piernas se apretaban más y más, yo no quería dejar de beber en ella, pero me apartó con sus manos, parando esa locura de golpe. Me hizo levantarme y besó mi boca aún con su sabor chorreando por mi barbilla.

- Ahora me toca a mí. No vas a ser el único en disfrutar de tener la boca empapada. ¿No ibas a dejar que mi boca también se llenara de ti?

Diciendo esto se agachó, desabrochó mis pantalones, y los bajó hasta mis tobillos. Mi excitación se mostró como un bulto prominente en mis calzoncillos que ella liberó por unos instantes, atrapándola de nuevo con una de sus manos. La sensación de su tacto recorrió todo mi cuerpo arrancándome un suspiro. Ella mirándome y sonriendo empezó a metérsela en la boca, a recorrerla con sus labios, con su boca haciendo que entrase y saliese de su humedad. Yo no podía dejar de mirar cómo me devoraba, era lo más excitante que había visto en mi vida, la pasión con la que me chupaba, me comía hicieron que se pusiera mucho más dura. Cuando ella comprobó que ya había terminado su trabajo, que mi sexo estaba preparado y brillante con su saliva, se levantó, se sentó en la mesa de nuevo, sobre el tapete aún mojado por su excitación y me atrajo hacia si, atrapándome de nuevo entre sus piernas.

- Ahora fóllame. Fóllame hasta que nos corramos y dejemos este sórdido lugar entrelazados en ese orgasmo que tu sexo me ha prometido.

Coloqué mi pene sobre su humedad, empecé a frotarlo suavemente y a separar sus labios poco a poco, para abrirme paso y sentirla a mí alrededor. Notaba cómo se abría, como palpitaba al contacto de nuestras pieles, así que, ayudado por sus piernas entré completamente en su interior y comencé a moverme, entrando y saliendo al ritmo que marcaba su cuerpo arqueado sobre la mesa de billar. La sensación de su humedad se repartía por mi pubis, mis testículos y me hacía moverme de forma descontrolada, salvaje. Sus piernas se colocaron en mis hombros estrechando así más su entrepierna y apretando mi sexo en su interior. La sentía tan intensamente que pensaba que explotaría de un momento a otro. Separé sus piernas y la atraje hacia mí, deseaba besarla y devorar sus labios. Así con sus brazos entrelazados a mi cuello, sus pechos apretados contra el mío y nuestras bocas atrapadas en un beso estático, nos follamos salvajemente, con los últimos movimientos que nos llevaron a un orgasmo intenso, ardiente, húmedo y explosivo.

Así nos quedamos, atrapados nuestros cuerpos, en el calor del placer y en la humedad que empapaba el tapete verde que había adquirido un color más oscuro con la forma del culo de mi amante.

Nos separamos con un beso que no quería abandonar. Nos vestimos recogiendo la ropa del suelo y nos recompusimos lo mejor que pudimos para sentarnos, abrazados y discretos, en los sofás e intentar recuperar el aliento perdido en la boca del otro.

Así permanecimos un rato, abandonados al calor del cuerpo del otro y del contacto de su ardor. Su cabeza descansaba sobre mi pecho y mis brazos la rodeaban mientras su Dulce olor me llenaba y me enternecía, aumentando el recuerdo de la pasión y de los olores sentidos momentos antes.

- Al final no hemos terminado ni la partida, ni las bebidas. Tendremos que volver a vernos algún día para acabarlas.

- No lo dudes. Pero tampoco tenemos porqué acabar el juego que hemos empezado en la mesa.

Nos levantamos, pagamos las cervezas sin que ninguno de los habitantes del bar nos prestase atención. Y de la mano nos fuimos a mi piso a esperar en la cama lo que nos deparase el día siguiente.

domingo 11 de mayo de 2008

Sueños compartidos IX

No se si todas las personas famosas habrán tenido esa extraña sensación de estar destinados a algo. A veces todos sentimos que nos atrapa el destino y que nos lleva por un camino que no es el que deseamos, que nos precipitamos hacia el final que alguien ha escogido para nosotros. En una vida sencilla los cambios son sencillos, pero cómo debe ser tener esas responsabilidades en una vida relevante para la historia del mundo?

Damian

¡Menuda mierda! Tengo 9 años y me he pasado toda mi vida encerrado en casa leyendo y jugando con mis muñecos. Nunca me ha gustado mucho jugar con otros niños, siempre me han parecido salvajes en sus juegos y burdos en sus conversaciones.

Mis padres nunca me han obligado a hacer nada que no quisiera y siendo ellos dos eminencias en sus profesiones, que me interesase más por la lectura que por el fútbol, más bien les resultaba gratificante.

Hace un año, concretamente el 6 de junio del 2005 mis padres decidieron mudarse, pero a lo grande. Dejamos la mansión de la familia en Nueva York y con todo, nos trasladamos a Inglaterra a una pequeña población llamada Wessex. Les ofrecieron trabajar en un hospital de nueva construcción como directores, cada uno de su campo. El traslado no fue traumático, tal y como me repetía mi psicólogo, en realidad no tenía muchas cosas que me ligaran a Nueva York. Así que me encontré en la campiña inglesa rodeado de tonos grises y lluvia con más curiosidad que desasosiego.

Debido al trabajo de mis padres, que les ocupaba gran parte de su tiempo, empecé a estudiar en un internado inglés clásico. Había leído alguna vez sobre ellos y en más de una película había visto imágenes. Ciertamente siempre pensé que en pleno siglo XXI estos sitios no existirían, pero al encontrarme allí fui descubriendo que lejos de desagradarme, la mayoría de mis compañeros se sentían enjaulados, ese era el sitio donde debería haber pasado mi infancia desde el principio. En el se podían sentir los siglos de enseñanza y de miles de mentes que habían pasado por allí. Notaba como si la atmósfera estuviera cargada con los pensamientos acumulados durante siglos y pudiesen ser absorbidos según las necesidades.

Me pasaba las horas libres en la biblioteca devorando libros, tratados, códices y miles de tomos antiquísimos que nunca podría haber disfrutado en Norte América. Gracias a mi profesora de historia, la señorita Shatner, una solterona, que tenía una gran facilidad para memorizar datos y una pasión inhumana por los hechos de la antigüedad, sólo comparable a su incapacidad para las relaciones sociales, empecé a descubrir datos muy curiosos sobre las modificaciones que ha sufrido la historia dependiendo de quien ha sido su cronista. Grandes hechos relevantes quedaban ocultos al reeditar alguno de los tomos que recopilaban las historias de una época, porque en ese momento no era adecuado mencionar esos hechos.

Así me sumergí en el estudio de los evangelios, tema favorito de mi profesora, porque es el registro que más modificaciones ha sufrido a lo largo e la historia. Durante todo este año he revisado, códices, Biblias, tratados de teología y miles de referencias a la historia antigua de la humanidad y de todas sus civilizaciones. He aprendido a interpretar las cábalas y el Talmud, a leer el Alto Corán y el gran libro de Buda. Así consultando con mi profesora y después de rehacer miles de cálculos revisándolos otras miles de veces he llegado a una conclusión apabullante. ¡Soy el Anticristo y he de empezar el Fin del Mundo este mismo año!

La de veces que he escuchado decir a las madres de mis excompañeros de clase americanos: “Mi hijo es un verdadero Demonio”. Yo que les creía unas bestias salvajes fuera de cualquier redención, ¡resulta que tengo que destruir el mundo! A veces el destino es un verdadera Mierda. No es que me fastidie mucho la idea, en realidad el resto de personas me dan un poco igual y su destino no es algo que me preocupe, pero sólo de pensar en el montón de trabajo que me espera, me dan ganas de pasarle ese deber a otro.

Por supuesto todas esas chorradas que se pueden leer en El Apocalipsis de las Bestias que vendrán a destruir la tierra sólo son cuentos para asustar a los niños y a los creyentes, yo y sólo yo tengo que liarme a destrozar este planeta a dominar los gobiernos y a hacerme con el poder de todo, para llevar a la humanidad al fin que programó ese Dios que está tan alejado de todo que ni siquiera se opondrá a mis planes.

Así que por eso, me encuentro aquí, escribiendo mi historia, para buscar ayuda. Pensaba poner un anuncio, pero todos los periódicos se reían al escuchar a un niño de 9 años intentar buscar ayuda para el fin del mundo. Por eso todos los que deseen dominar al resto de la humanidad que se pongan en contacto conmigo y formaremos el ejercito del Armageddon.

miércoles 7 de mayo de 2008

Sueños compartidos VIII

Seguro que todos hemos sentido alguna vez la intensa sensación de observar sin ser observados, de disfrutar intensamente de ese anonimato que nos da la distancia y sin embargo sintiéndonos tan cerca de la persona observada que incluso con suerte podemos sentir los olores y los sonidos que la rodean. Y desde lejos nos sentimos parte de su vida sin permiso, sin consentimiento pero robando pequeños momentos de esa persona que llega a ser especial...

Un Capuccino

Un capuccino, en vaso pequeño, con aroma de vainilla. En el lateral del vaso de papel blanco hay escrito con rotulador negro “Mª José”. Eso es lo que siempre pide la chica de mis sueños.

Desde mi rincón preferido observo cómo se dirige al pequeño mostrador donde se encuentran las varillas para mover el azúcar y los diferentes tipos de aderezos que ofrece esta cafetería. Ella siempre abre la tapa del vaso y echa dos sobres de azúcar de caña, después, encima de la crema del capuccino, siempre espolvorea un toquecito de nuez moscada. Vainilla, café y nuez moscada, a mi mente acude el recuerdo de estos tres aromas entremezclados con su imagen, también intensa y dulce.

Cada día a estas horas la cafetería está casi vacía y ella siempre se suele sentar en el mismo sillón, uno violeta y con pinta de muy cómodo que queda en perfecta diagonal con el que yo ocupo y que me permite observar a distancia su belleza. Su pelo moreno largo y ondulado descansa cariñoso sobre sus hombros, con un gesto acostumbrado su dedos lo apartan de su cara y lo sujetan detrás de su oreja ayudándome a observar su rostro y su gestos cotidianos que la hacen tan especial. Dejando el vaso sobre la mesita, abre el maletín que tiene al lado y saca su ordenador portátil. Esta cafetería tiene conexión Wi-Fi y muchas personas que trabajan por los alrededores vienen a hacer tiempo y hasta negocios aquí de forma tranquila. La observo cómo con mirada concentrada espera a que el ordenador se encienda y una vez que el fondo de escritorio, un cartel de la película “Corpse Bride” y los iconos se muestran, dirige su puntero, como cada día, al icono de Outlook. Todas las mañanas comprueba la bandeja de entrada de su correo, hay mañanas que lo cierra inmediatamente, pero a veces una de las negritas que aparecen, hacen que una ligera excitación recorra su rostro iluminando sus ojos oscuros y haciendo que olvide su entorno y se adentre en la lectura de los mensajes.

Mientras lee los mensajes nuevos va moviendo su capuccino con una de esas cañitas verdes que tienen aquí, normalmente casi todo el mundo utilizamos unos palitos de madera largos que tienen en vez de cucharas, pero ella siempre coge una cañita que después de haber utilizado para mover el azúcar en su bebida mordisquea de forma nerviosa. No puedo dejar de mirarla, su rostro iluminado por el reflejo de la pantalla del portátil y por la ligera alegría que le transmite el mensaje que está leyendo, una sonrisa se dibuja en su cara y un ligero rubor decora sus mejillas, le encanta que la sorprendan con historias intercaladas en medio de los mensajes laborales diarios.

Después de leer los mensajes, con la sonrisa sin irse de su boca, se dispone a contestar a las palabras que la han saludado en la mañana, viendo con que pasión escribe me encantaría ser el destinatario de esos mensajes y conservar sus ideas atesoradas en mi mente. Una ves acabado el mensaje y enviado de reclina en el sillón, cierra los ojos y respira profundamente, al abrir los ojos su rostro se ha liberado y aparece relajada y libre de presiones, es como si sólo con ese pequeño instante hubiese alcanzado un estado de paz increíble y a partir de entonces comience una nueva etapa del día. Relajada va bebiendo poco a poco de su capuccino saboreando y disfrutando de la mezcla de sabores. Cuando el liquido toca sus labios también cierra los ojos, como queriendo reforzar con ese acto el estado de tranquilidad. Si por un momento mis labios pudiesen tocar los suyos, los dos con los ojos cerrados sólo transmitiéndonos paz a través de un beso eterno.

Siempre acabo pensando lo mismo y me sorprendo a mi mismo cerrando los ojos e imaginándome el tacto de su boca en la mía y la una sensación de paz al notar el calor de su cuerpo envolverme. Imagino sus manos cogiendo las mías y cómo sus dedos recorren mis palmas dibujando líneas interminables y anunciándome sus dulces caricias. Con un suspiro de excitación abro los ojos y como cada día ella ya no está sentada en el sillón y como cada día me pregunto si todo ha sido real o sólo ha sido un sueño provocado por los aromas que se mezclan en el ambiente y que invaden mis pensamientos.