martes, 28 de octubre de 2008

Sueños Compartidos XIII

Recuerdo una frase que me encantó de una muy buena película "Américan Splendor", decía la coprotagonista: "El tiempo pasa extrañamente". Algo así es lo que pasa con mi tiempo últimamente, los días pasan sin darme cuenta y el tiempo que paso abrazado por mis sueños me transporta a momentos que desearía atrapar en burbujas irrompibles para volver a ellos en cualquier momento. Reconozco el abandono de otros sueños más reales, reconozco la dejadez de ciertas dedicaciones que igualmente me encantan, pero sin embargo no cambiaría esos momentos por nada de este mundo...

Caen las sombras


La oscuridad envuelve la ciudad y las calles permanecen solitarias. Alguna que otra persona deambula por las callejuelas, pendientes únicamente de sus asuntos. Cristine casi corría, en vez de caminar hacia su casa. Siempre aquellas calles la ponían nerviosa hasta el punto de ir temblando exageradamente mientras caminaba, a pesar del sofocante ambiente, provocado por el efecto invernadero, que convertía la ciudad en una especie de horno microondas donde la gente se deshacía por momentos en su propio sudor.

Cada noche le tocaba andar por las mismas calles, repitiendo el recorrido que le llevaba desde su trabajo, un Jazz-Club cargado de humo, pero en el que podía disfrutar de muy buena música, que le encantaba, y donde una chica guapa se ganaba bien la vida gracias a las propinas. Lo peor era volver a casa. Miles de veces se había planteado comprarse un coche para así llegar antes y no tener que pasar por aquellas calles solitarias y fantasmagóricas pero, un mes por una cosa y al otro mes por otra diferente, nunca había encontrado un hueco en el que su economía le permitiese hacer esa inversión. Así, se había casi resignado a continuar andando cada noche por el mismo recorrido hasta que la suerte le proporcionase la libertad deseada.

Esa noche, las calles estaban extrañamente silenciosas y sus pasos, su respiración y los latidos de su corazón resonaban estrepitosamente en los callejones, creando un desasosiego en Cristine que le hacía, si eso era posible, intentar andar más rápido aún.

Ya estaba acercándose a su destino. A lo lejos, entre los edificios antiguos y los contenedores de basura, podía ver las farolas victorianas que decoraban su calle. Extrañas en esa zona de la ciudad, pero que se habían mantenido por no sé que decreto de conservación del patrimonio cultural. La verdad es que esas farolas fue una de las cosas que más atrajo su atención mientras intentaba encontrar un lugar donde colocar toda su vida al sacarla de la casa de su ex. El edificio donde vivía tenía una pequeña escalera a la entrada y una gran puerta con cristales grabados que distorsionaban la luz del vestíbulo al filtrarse tímidamente al exterior iluminando, ligeramente, las barandillas de hierro forjado que enmarcaban los escalones anchos de la entrada. El ladrillo rojo predominaba en la fachada y sólo era interrumpido por unas ventanas de aluminio blanco, de esas de cuadraditos pequeños de cristal y las contraventanas de listones de madera. Ella vivía en un apartamento en el primer piso, así que cuando se podía sentar a mirar por la ventana de su salón, disfrutaba del ajetreo de las personas que recorrían las aceras, con las prisas normales de la sociedad actual, mientras escuchaba música como si fuese la banda sonora de aquel día en especial. Le encantaba mirar las farolas a punto de encenderse en el atardecer y los olmos que había intercalados entre ellas le enviaban los rayos de sol a través de sus hojas blancas y verdes.

Pero aquella noche no había ningún ajetreo en su calle, estaba solitaria, como de costumbre a esas horas, pero al igual que la ciudad exageradamente silenciosa. Parecía que hasta el viento se había detenido para observar, ya que ni los árboles agitaban sus ramas como solían hacer. Cristine se dirigió a la escalera de entrada, subió los anchos escalones de dos en dos y llegó por fin a la puerta de su edificio. Respiró hondo al sentir la luz del interior que la iluminaba y sacó la llave de su bolso por fin relajada. Al girar la llave, al chasquido de la cerradura se le sumó otro ruido, desconocido para ella, un sonido parecido al del viento al pasar por una rendija pero más leve. De repente notó un gran dolor en el cuello y la oscuridad se apoderó de ella.

Despertó después de lo que parecieron horas, tumbada en el sofá de su salón, en el que tantas noches se había quedado dormida viendo alguna película. Una extraña sensación le hacía sentirse incómoda, de repente la oscuridad no le resultaba agobiante como otras veces. A su nariz llegaban fuertes olores que la envolvían de manera asfixiante. Podía distinguir cada matiz de esos olores, y esa misma percepción le hacía tener la mente saturada por el olfato. Cuando se acostumbró a ignorar las fuertes alarmas olfativas, descubrió que su oído estaba también extrañamente sensible. Oía las hojas de los árboles que apenas se movían como si alguien frotase papel de lija al lado de su cabeza, el sonido de una gota cayendo del grifo del lavabo era como una explosión en su cerebro. De pronto no pudo controlar nada y el olfato y el oído empezaron a saturar su pensamiento. Sólo pudo taparse fuertemente las orejas con las manos y gritar de dolor.

Unas manos frías y fuertes la sujetaron por los hombros, mientras unos labios pegados a su frente pronunciaron unas palabras que no se produjeron más que en su interior. “Duerme, siente poco a poco, para que mañana puedas entender tu vida y tu nuevo mundo”.

No sabía cuanto tiempo había pasado cuando abrió de nuevo los ojos. Sus sentidos ya no martilleaban en su cerebro, estaban agudizados pero sin saber cómo había aprendido a dominarlos y a filtrar las sensaciones para seleccionar lo que quería sentir. Por fin, miró alrededor, y se sintió extraña en su propia casa. Llevaba viviendo allí más de diez años y sin embargo ahora cada cosa que veía le parecía nueva y extrañamente ajena. Un leve sonido delató una presencia a sus espaldas, se giró rápidamente en el sofá y vio la figura de un hombre sentado en la mecedora que tenía al lado de la ventana, donde ella pasaba las tardes. El hombre estaba totalmente vestido de negro, no era de esos zumbados que visten con ropa de cuero o de lycra y que escuchan música ruidosa, llevaba un jersey de cuello alto, de hilo, un poco ancho, unos tejanos negros y unas zapatillas de piel negras con los cordones también negros. Su ropa y su pelo contrastaban de forma exagerada con su piel, de un color blanquecino casi imposible y sus ojos azules muy claros y vivos, muy brillantes. Era muy delgado, aunque de complexión atlética y su cara aunque joven tenía un aire de experiencia que daba la sensación de no reflejar su verdadera edad.

Aturdida, se quedó mirándolo sin entender nada. ¿Qué hacía aquel hombre allí? Sabía que la voz que la había calmado era la de él. ¿Cómo había llegado hasta allí en aquel preciso momento para salvarla de la locura? Y lo más importante, ¿qué le estaba pasando?

El hombre parecía ignorar su presencia o tal vez esperaba a que ella dijese algo o hiciese algo para reaccionar. En su mente se formó la idea de bombardearlo a preguntas y en ese mismo momento él dijo:

- Hola! Se que te sientes extraña y que tienes miles de dudas. Pero créeme cuando te digo que todo tiene una explicación y que la decisión no ha sido tomada a la ligera. Sé que no sabes lo que te ha pasado, pero te diré que no hacemos esto sin meditarlo concienzudamente. Antes que nada, debo presentarme. Soy el Varón Gus Von Soheim y pertenezco a una asociación secreta que te ha seleccionado para formar parte de nuestro selecto club.

Ella no daba crédito a lo que escuchaba, ¿qué sociedad? Si ella no había pedido ingresar en ningún sitio. Abrió la boca para expresar todas las dudas que se agolpaban en su cerebro, pero el Varón levantó una mano para ordenarle silencio. Estaba claro que tenía un montón de cosas que decirle y que no quería ser interrumpido. Sin saber porqué obedeció sin rechistar y se quedó escuchando atentamente, como hacía cuando estudiaba.

- A pesar de mi apariencia tengo 900 años y pertenezco al Clan Von Soheim, una estirpe de vampiros de las más antiguas que vino a este nuevo mundo hace siglos para escapar de la decadencia y la opresión que había en nuestro país natal. No sé si sabrás algo sobre vampiros o eres de ese montón de personas que piensan que no existimos y que sólo somos fantasías aleccionadoras para que los niños teman a los extraños y a la oscuridad. Has podido comprobar que somos de verdad y yo soy el encargado de enseñarte todo sobre nuestro mundo, que ha pasado a ser tuyo también. Por causa de nuestra maldición/bendición no se nos está permitido procrear, así que sólo podemos crecer o mantener nuestro número transmitiendo nuestra esencia a personas normales y convirtiéndolas en vampiros. Cuando una persona se transforma en vampiro su cuerpo deja de envejecer, mientras siga alimentándose, así que nos mantenemos con el mismo aspecto que teníamos cuando nos transformaron. Por las leyes que nos hemos auto impuesto debemos mantener un número fijo y no podemos transformar a personas si no es para sustituir a un vampiro muerto (si, podemos morir, pero eso te lo explicaré en otra ocasión). Así que tú fuiste escogida para sustituir a una de nuestras compañeras y hermana que fue asesinada por Los Malditos.

- Espera, espera un momento. ¡¡Crees que puedes bombardearme con un montón de historias de miedo y terror, decirme que formo parte de ellas a partir de hoy, por no sé que elección y que tengo que asumirlo y comportarme como si fuese normal!!

De repente una sensación de sed irrefrenable acudió a su garganta y sin darse cuenta, asombrada, saltó desde el sofá hasta la mecedora dispuesta a morder a su “compañero”. Sin inmutarse el se levantó de la mecedora y con una potente mano paró su empuje en el aire y la tumbó de golpe en el suelo. Por mucho que ella intentaba escaparse de su agarre le resultaba imposible. Los ojos azules se clavaron en los suyos y ella sintió cómo le abandonaban las fuerzas y dejó de resistirse porque su cuerpo ya no obedecía sus órdenes.

- Tienes sed. Ahora mismo, si no te hubiese parado, me habrías matado bebiéndote toda mi sangre hasta saciar esa sed maldita. Pero si me hubieses dejado acabar, sabrías que si hicieses eso te convertirías en uno de ellos. Hoy has de beber mi sangre, pero con mi consentimiento, para completar tu transformación.

Diciendo esto apartó la mano que la sujetaba. Cristine seguía sin poder moverse así que no le hacía falta retenerla. De un bolsillo del pantalón tejano sacó un uñero de plata finamente labrado y cuya punta brillaba como si fuese el aguijón de un escorpión plateado. Extendió su brazo izquierdo y subió la manga de su jersey hasta el codo. Apenas acercó el uñero a su piel y una fina línea carmesí apareció en su muñeca. Acerco el corte a la boca de Cristine y el olor de las primeras gotas de sangre inundó sus sentidos, no podía pensar en nada más, ni tenía otro deseo que el de beber ese ansiado líquido. Al notar la sangre en sus labios una sensación de poder inundó su cuerpo, sintió que una gran energía la llenaba y que la hacía cambiar de una extraña forma. Recuperó el control sobre su cuerpo y sin pensárselo dos veces acercó su boca a la muñeca del Varón y empezó a beber el líquido de la vida. Su corazón latía desenfrenado y todo su cuerpo vibraba al notar la energía que recorría su garganta. En un momento se sintió increíblemente viva, tenía consciencia de cada milímetro del espacio que la rodeaba y podía notar las respiraciones de todos los seres que hacían sus vidas en la ciudad, como si fuesen gritos. Sentía sus corazones latir en consonancia con el suyo y por un momento creyó estar dentro de cada uno de ellos.

De repente esa percepción desapareció dando paso a un fuerte dolor en su pecho, no entendía que le pasaba, había dejado de oír los corazones de las demás personas y también el suyo. Llevó las manos a su pecho intentado agarrase el corazón, como si lo pudiese hacer volver a latir. La respiración era cada vez más dificultosa y el dolor insoportable, estaba tumbada en el suelo retorciéndose de dolor con las manos apretadas contra su pecho, cuando de su garganta salió un grito espeluznante que se fue apagando poco a poco con su último aliento.

Abrió los ojos después de una eternidad, o eso le parecía a ella. Y lo único que vio fue más oscuridad. Notó un olor arcilloso a tierra mojada que le colmó rápidamente el olfato, estaba tumbada boca arriba en una especie de cama muy blanda y notaba el tacto del terciopelo sobre el que estaba tumbada, pero no se podía mover. Al levantar los brazos y palpar alrededor se sobresaltó al descubrir que estaba en lo que parecía un ataúd. Una sensación de ahogo se apoderó de ella y empezó a respirar agitadamente hasta que se desvaneció.

Una luz muy intensa se coló filtrándose a través de sus párpados e inundando sus ojos de un color naranja que la hería después de tanto tiempo en la oscuridad.

- ¡¡Levanta perezosa!! Hoy empieza tu nueva vida y tu primera lección. Es un día de comienzos y por lo tanto de esperanzas renovadas y recién adquiridas.

Era su voz, la maldita y sensual voz del Varón. Se incorporó y abrió los ojos de golpe. Extrañada observó que la única luz que había en su salón provenía de un candelabro con cuatro velas que había comprado años atrás en un mercadillo de segunda mano. Aquella luz ya no le molestaba y sus ojos se adaptaron asombrosamente rápido al cambio. Salió rápidamente del ataúd, aún conservaba ese miedo innato a la muerte y a todo lo que hacía referencia a esta.

- Por cierto, no es necesario que me des las gracias pero, ese ataúd es un regalo mío, herencia de familia. Es el único sitio que te aislará los sentidos de forma total para poder descansar durante el día. Y sí, somos criaturas nocturnas, no podemos exponernos a la luz del sol sin morir calcinados. Así que más vale que te acostumbres a el, porque te salvará la vida y también de volverte loca con el ajetreo al que se verán sometidos tus sentidos.

Su voz sonaba como la de los maestros de escuela cuando están explicando las lecciones a sus pequeños alumnos, pero ella no podía dejar de escuchar. Poco a poco fue enumerando las leyes básicas de la vida o no-vida de los vampiros. Ella absorbía toda la información aunque aún no estaba muy segura de para qué le serviría. Además de las leyes normales también le explicó que su Clan, como uno de los más antiguos, debía observar ciertas leyes pactadas entre los diferentes clanes. Así, un vampiro nunca beberá en el territorio de otro clan si no es por motivo de máxima necesidad. Ningún vampiro convertirá a ninguna persona que viva en el territorio de otro clan y todas las conversiones deben ser fijadas y aceptadas por el consejo del clan. Y la más importante, ningún vampiro se alimentará de otro vampiro, bajo pena de muerte.

Después de tres horas de leyes, historia y forma de vida vampírica, Cristine esta empezando a bostezar. Había asimilado mucha información pero aún así recordaba cada palabra. Sabía donde tenía que acudir en caso de necesidad, la historia completa del clan al que pertenecía a partir de hoy y un montón más de datos, lugares, nombres y fechas que se habían grabado en su memoria como si los supiese desde pequeña.

- Bueno Princessa, ahora debemos salir a dar una vuelta por las calles a oscuras, tienes que acostumbrarte a tus nuevos poderes y debes alimentarte para completar tu paso al lado oscuro. Ponte algo más apropiado para ir de caza. Te espero aquí sentado, pero no tardes, que la noche es joven y hay que aprovecharla.

Subió a su habitación. “Algo apropiado para salir de caza” cómo se supone que debe vestirse alguien para salir a cazar?? Unos pantalones de camuflaje, un jersey de lana con coderas y hombreras de color verde y una gorra??? Ella no tenía nada de eso en su armario, así que decidió coger lo más cómodo que tenía. Recordando cómo iba vestido el Varón, se puso unos tejanos, negros, elásticos que le resultaban muy cómodos, sus botas preferidas, una camiseta de algodón negra de manga corta (le encantaba aquella camiseta por el dibujo hecho de brillantes cristalitos que formaban unas alas de ángel) y cogió su cazadora negra de piel justo en el momento en que el Varón se presentó en la puerta de su habitación para buscarla.

- Vamos Princessa, la muerte no suele esperar a nadie y menos a los hambrientos.

Al salir a la calle un montón de magníficos olores inundaron sus sentidos. Los árboles le susurraban al oído y un montón de presencias sensuales se formaban como imágenes en su mente. Sólo la voz de Gus consiguió sacarla de su éxtasis sensorial al apremiarle a que la siguiera. Corrieron por las calles, ella no sabía dónde iban ni se fijaba en el camino. Sentía una vitalidad nueva y embriagadora, corría y veía pasar las calles como antes nunca había sentido. Sin darse cuenta habían llegado al centro de la ciudad y apenas sin esfuerzo. No se sentía cansada, no respiraba con dificultad y sentía que podía haber seguido corriendo horas y horas.

- Cristine. A partir de aquí comienza la caza. Sé que te sientes eufórica, tus sentidos y tu fuerza han aumentado y tu cerebro aún no se ha acostumbrado a tu poder. Pero “La Caza” no es un asesinato ni una masacre. Escogemos a nuestras víctimas con cuidado y disfrutamos de cada momento de la persecución y del final de su vida. Con una sola persona por noche tenemos suficiente para vivir y conservar nuestro potencial al máximo, así que ese es el número que marcan nuestras leyes. Ningún vampiro puede matar a más de una persona para alimentarse y sólo puede matar para comer, no por el placer de sentirse superior. Solo Los Malditos han abandonado esa guía, matan sin sentido y sólo por el placer de hacerlo.

Empezaron a caminar por una de las calles principales de la ciudad. Era de esas calles abarrotadas de gente e iluminada por las luces de los escaparates de las tiendas. Las anchas aceras parecían un hervidero de almas y Cristine podía percibir los latidos de cada una de las personas que la rodeaban. Había corazones acelerados, acuciados por las prisas y el estrés. Otros latían de forma sosegada, a contracorriente con las prisas del resto del mundo. Había latidos dulces y golosos y otros duros y ásperos que daban una idea de la persona a la que pertenecían. De pronto un latido se alzó de entre la multitud y captó su atención. No se parecía a ninguno de los que había sentido hasta ahora. Este la llamaba y la atraía de una forma melodiosa, como si crease una música que sólo ella pudiese escuchar y sonase especialmente para ella.

Gus se dio cuente de su distracción, la miró fijamente a los ojos y sin mediar palabra miró en la dirección de donde provenían los latidos. Los dos estaban parados delante del cristal de una cafetería. En un reservado que se veía desde la calle había una chica sentada, agarrando un vaso de papel con las dos manos. El calor del café calentaba sus manos que estaban coloradas, pero su cara era de un tono pálido, no muy común. Tenía los ojos grandes y marrones, era delgada y sus curvas estaban ocultas por un montón de ropa negra con hebillas y adornos metálicos. Llevaba una camiseta de manga larga de rallas horizontales blancas y negras cuyas mangas le llegaban hasta las palmas de las manos. En contraposición con su imagen monocromática, su pelo era de un tono violeta o rojizo (muy difícil de distinguir). Algo atraía a Cristine hacia ella y supo que tenía que entrar a hablar con esa persona a pesar de interrumpir su caza y su iniciación. Entonces Gus la cogió de una mano y le dijo.

- Veo que ya has escogido a tu primera víctima. He notado sus latidos y también he sentido el efecto que han causado sobre ti. Acabas de aprender el método por el que escogemos a nuestras víctimas o ellas nos escogen a nosotros. Entra y gánate su confianza, a partir de ahora estás sola en tu primera caza.

Cristine se acercó a la puerta del café y se quedó plantada delante sin atreverse a entrar. No sabía muy bien porqué, pero la determinación de unos momentos antes había desaparecido de repente. Una pareja se acercó a la puerta, el chico abrió y sujetó la puerta mientras la chica salía. Al ver a Cristine allí parada no soltó la puerta y con la otra mano y un guiño invitó a Cristine a entrar. Todas sus dudas desaparecieron y con una sonrisa se dirigió al encuentro de aquella dulce chica.

Sin pensárselo dos veces, se sentó en el reservado enfrente de la chica del latido atrayente. Ella no se inmutó, seguía agarrada al calor del vaso y de vez en cuando se acercaba el borde a la boca para beber un poco del humeante café. Cristine estaba enfrente de ella mirándola fijamente, sin pestañear y sintiendo, más intensamente sus latidos y el sonido de su sangre al recorrer su cuerpo. Sin ni siquiera darse cuenta sus ojos recorrían las pocas zonas de piel que quedaban visibles debajo entre tanta tela negra y se detenía aquí y allí cuando un latido provocaba un ligero movimiento en las venas que podía intuir.

Al poco, aquella chica detuvo su ejercicio para entrar en calor y se puso a mirar fijamente a Cristine. Durante unos instantes parecieron dos efigies, la una atrapada por la mirada de la otra. Hasta que una voz sacó a Cristine del embrujo de aquellos grandes ojos.

- Hola!! Supongo que tendrás alguna razón para sentarte conmigo y mirarme de ese modo. Pero al menos me gustaría que me la explicases. No es que no me guste que me mires, es que me parece una pérdida de tiempo compartir las miradas sin saber los motivos que las provocan.

Cristine se quedó parada. No esperaba esa reacción. En realidad no sabía lo que debía esperar y se limitó a mantenerse en silencio mirando a los ojos de aquella chica. Sintió ganas de contarle todo lo extraño de la noche anterior, de adoptarla como confesora de sus dudas y miedos, pero algo en su interior le decía que no podía cometer ese tremendo error. Así que siguió observándola durante un rato más. No puso evitar sentir el sonido de su sangre circulando por las venas de su cuello, esas que había observado íntimamente, tímidamente y que seseaba con todas sus fuerzas. En un momento unas palabras se formaron en su boca, no sabía de dónde le había venido el impulso, pero las lanzó sin pensar y sabiendo que serían las justas para conseguir su objetivo.

- No he podido evitar fijarme en tu mirada, desde que he pasado por el escaparate y he mirado hacia dentro. Te aseguro que nunca he hecho esto, pero al verte me he dado cuenta de que debía conocerte y he decidido entrar a hablar contigo. Puede que te sorprenda mi actitud, pero te aseguro que esto es lo menos extraño que me ha pasado últimamente.- Los ojos de Cris permanecían en todo momento clavados en los de la chica y sentía como si sus palabras sólo sirviesen para complementar lo que decían sus ojos.- Si te soy sincera, me molesta mucho este ambiente, el humo, el ruido el intenso olor a comida y si no te importa me encantaría invitarte a pasear en una noche tan perfecta por la ciudad.

- De acuerdo, vamos. De todas maneras aquí no hay nada interesante y ya me he quitado el frío de la noche con este café.

Las dos salieron juntas del local ignorando las miradas sonrientes de los pocos asiduos que aún permanecían aumentando su borrachera en la barra. Cristine caminaba detrás tranquilamente, observando los movimientos de esa chica, explorando su olor, sus latidos y el sonido de su piel al rozar con la ropa en cada movimiento. Caminaban sin rumbo, ajenas al resto de personas que a esas horas caminaban ausentes por las calles. Iban caminando lentamente, paseando y sintiendo los latidos de la ciudad. Sin pensarlo se encontraron en un gran parque, oscuro y desierto que quedaba muy cerca de la casa de Cristine.

Se sentaron en un banco y empezaron a hablar de sus gustos, de lo que las había llevado a salir aquella noche a pasear y de lo que buscaban en esa ciudad. Por supuesto Cristine ocultaba su verdadera razón y aunque nunca antes se le había dado demasiado bien inventar historias, le dijo que se había sentido atraída por la temperatura de aquella noche y que había sentido un impulso repentino de caminar por las calles y ver cómo vivía su ciudad a esas horas. Poco a poco se dio cuenta del montón de cosas en común que tenía con aquella chica, a pesar de la diferencia de actitud ante las situaciones y de los recientes acontecimientos, que habían cambiado su forma de ver el mundo, toda su vida anterior había tenido las mismas dudas y anhelos que aquella chica.

No obstante, se encontraba inquieta, no sólo por sentirse intimidada por la mirada intensa de ella, sino por algo que removía su interior. Si vista se desviaba sin querer a sus labios, a las venas de su cuello que sentía palpitar y en las que oía los latidos de su joven corazón. Se fue acercando poco a poco a su cuerpo, el calor que emitía su piel la asfixiaba, lo sentía tan intensamente a causa de su nuevos “poderes”, como si hubiese tenido su cuerpo desnudo sobre el suyo. No comprendía muy bien el porqué, pero esa voz que se había alojado en su cabeza le indicaba lo que debía hacer, le anunciaba sus acciones y cómo debía ejecutarlas. Mientras la chica hablaba, Cristine acercó una mano a su mejilla y apartó un mechón de pelo, que tapaba ese intenso color rosado, con una ligera caricia. La chica, al sentir el roce de sus dedos, se extrañó al principio (Cristine supuso que por el frío de su piel) pero después al acostumbrarse a ese contacto, cerró los ojos apaciblemente y entreabrió los labios. Un impulso incontrolable la atrajo hacia aquellos labios carnosos y húmedos que empezó a devorar sin comprender el motivo y que disfrutó de una manera que jamás hubiese esperado. Sentía los latidos de ese tierno corazón palpitando en sus labios, un hambre inmensa comenzó a brotar en su mente y sintió como sus colmillos salivaban anunciando el festín. Abandonó ese duelo frenético y recorriendo el camino con suaves beso dirigió su ansia hacia el cuello de la chica, que emitió unos gemidos de placer por las caricias recibidas.

Cristine no podía controlarse y preparando su acción separó ligeramente los labios del cuello de la chica, ella totalmente dominada por la intensidad de sus besos susurró:

- No pares ahora, por favor… Me encanta.

Y como si de una orden se tratase sus colmillos se clavaron directamente en aquella yugular que tanto la atraía, en aquella fuente de vida que llevaba horas llamándola sin cesar. El corazón, inflamado por la excitación de la chica, bombeaba con fuerza la sangre hacia la garganta de Cristine, que devoraba, se alimenta y saciaba su sed con ansia depredadora. Poco a poco fue notando cómo sus latidos perdían fuerza, como su energía se iba apagando como la llama de una cerilla rodeada de la oscuridad en la que se estaba sumiendo. Cristine se asustó, sui conciencia empezó a gritarle dentro de la cabeza, a pelearse con esa otra voz que había dictado todos sus actos hasta entonces y con una sensación de terror se apartó de aquel cuello y soltó su mordisco asesino.

La muchacha cayó, apenas sin vida, sobre sus brazos, como si toda su energía se hubiese esfumado. Y los ojos de Cristine se anegaron en lágrimas de tristeza y reproche por el crimen que había estado a punto de cometer. De repente unas fuertes manos la apartaron de su victima y horrorizada vio como Gus, su maldito mentor, la arrancaba del lado de aquella preciosa muñeca de trapo para partirle el cuello con un simple movimiento de su mano.

Cristine saltó llena de furia, al cuello de su mentor. El impacto de sus manos hizo que este soltase el cuerpo sin vida de la chica y con esa presa mortal lo estrelló contra un árbol que había detrás del banco. Deseaba matarlo, acabar con esa triste vida que había cometido aquel horrendo crimen. Deseaba con todas sus fuerzas destrozar esa garganta que estrechaba entre sus manos.

De un tremendo manotazo Gus la tiró al suelo, liberándose de su presa y con una orden de su voz hizo que su cuerpo se paralizara como agarrado por sogas invisibles al suelo del parque.

-¿Pero no has escuchado nada de lo que te he dicho? ¿O acaso eres tan tonta o estás tan loca como para no haberme creído? Te he explicado lo les pasa a los pobres que no son convertidos por alguien con el conocimiento necesario, no creas que todo es un juego, la vida de muchas personas depende de una minúscula decisión, sólo existe un paso muy corto entre la vida y la muerte, estabas a punto de condenar a esta pobre criatura a vivir en medio de ese lugar sin nombre.

Cristine fue notó como las palabras de Gus se le colaban en el cerebro y se instalaban en su inerte corazón. Poco a poco fue notando cómo la calma retornaba a su espíritu y así las ataduras invisibles fueron liberadas dejando que volviera a controlar sus movimientos.

Estaba furiosa, pero había comprendido la crueldad de su acto y a pesar del dolor que había sentido también comprendió la necesidad de arrebatar definitivamente la vida de sus victimas. Se juró que nunca más dudaría de la palabra de Gus y por supuesto que prestaría toda la atención necesaria para aprovechar las lecciones que la ayudarían a vivir su no-vida desde aquella noche.

lunes, 16 de junio de 2008

Sueños compartidos XII

A veces olvidamos lo que tenemos a nuestro lado, lo obviamos porque siempre está ahí, porque forma parte de nuestra vida como una parte más de nuestro ser. Así dejamos de prestarle atención como a cualquier parte de nuestro cuerpo que no atendemos hasta que no nos duele reclamando nuestra atención y con un par de palabras nos indican "A mi nunca me has escrito ninguna historia!!". De esta manera nació este sueño, del cual me he apropiado para plasmarlo en palabras y compartirlo con el resto de mi mundo. Pertenece y está dedicado a esa pequeña persona que siempre está ahí y que sin duda siempre me tendrá a su lado.
La inauguración
Esa noche me habían invitado a una fiesta de inauguración, del piso de Marta, una compañera de trabajo. Tal y como está la vivienda últimamente es todo un acontecimiento que alguien a quien conoces, inaugure su piso. Así que no podía negarme a asistir a aquella fiesta. Además me había enterado de que ese chico nuevo, taaan guapo también iría por allí. Así que después de un par de horas arreglándome (servicio completo de belleza femenina), llegó el momento de escoger el recubrimiento de mi piel, que debía garantizarme que él no pudiera apartar su vista de mí.
Me planté delante del armario y abriéndolo de par en par, empecé a buscar el vestido que iba a culminar mi plan y hacerme brillar en mitad de la fiesta. No os imagináis lo difícil que resulta esta operación a veces. No es que tenga un montón de vestidos, sólo unos 30, pero quería que esa noche todo fuese perfecto, todo quedase atado de forma especial para mí. Después de seleccionar los 10 posibles, vestidos de noche, negros, con un escote sugerente y a ser posible lo más entallados posible, para remarcar mis curvas, insinuarlas y mostrarlas generosamente, me probé los diferentes vestidos, cada uno con su par de zapatos correspondientes y después de un par de pases y de ir desechando los que no me parecían adecuados para mi objetivo, escogí uno ajustado hasta la cintura y con una faldita de pliegues que ondeaba en cada movimiento. La espalda descubierta y un escote recto que sujetaba mis pechos, apretándolos y alzándolos. Un cinturón muy ancho con una hebilla plateada lo hacía conjuntar con el collar y los pendientes que había escogido. Unos zapatos negros con mucho tacón remataban mi aspecto, no excesivamente arreglado, pero femenino y sensual. Ahora tocaba escoger la lencería que iba a completar mi ropa. Como la falda tenía vuelo, no era necesario esconder mis braguitas así que opté por un coulotte también negro y como la parte de arriba entallaba mi busto, no necesitaba sujetador. Unas medias lisas, finas y negras unificaban esa imagen nocturna y completaban todo el conjunto. Nunca me han gustado los panties, me molesta ir tan ceñida y me encanta sentir el tacto de la tela en mi piel y no velado por la lycra.

Vestida y con unas gotas de mi perfume favorito en el cuello y en el escote, salí de casa a coger el taxi que esperaba en la puerta. Podría ir conduciendo, pero la ocasión merecía llegar relajada y sin las arrugas que crean la tensión de recorrer la ciudad al volante, enfrentándome contra los aurigas del asfalto que creen que la calzada es suya y que me provocan arcadas con su supuesta superioridad.

Llegué a la fiesta unos 15 minutos después de la hora citada, me da un poco de corte llegar la primera y estar esperando a ver quien se presenta, así que calculando, más o menos, a esa hora ya había llegado el número suficiente de personas como para entablar conversación en la espera. Además, me había parado un momento a comprar una botella de vino. No se puede ir a una fiesta de inauguración sin llevar un detallito.

Entré en casa de mi amiga, era un edificio antiguo, aunque recientemente reformado. Una preciosa puerta de madera, pintada de blanco y con cristales grabados se abría a un recibidor, sencillo pero muy acogedor, iluminado con una lámpara que colgaba desde el techo de la primera planta. Tras unas cortinas, recogidas con dos cintas de seda de color rojo, había un pasillo iluminado con apliques y con unas fotografías enmarcadas, de la familia de Marta. Parecían muy antiguas, pero no desentonaban y le daban un aire entrañable. Unas escaleras, a la derecha, alojaban una alacena en su hueco con una puertecita de listones blancos. Continué andando tras la anfitriona hasta el salón-comedor-cocina. Ya había unas cuantas personas alrededor de la mesa, preparada con unas cuantas bandejas de canapés. Todos tenían en sus manos una copa de vino y después de que Marta se llevara la botella, que yo había traído, a la cocina, saludé a todos y me serví una copa para esperar al resto de los invitados.

A pesar de la triple función del apartamento, era muy amplio y la distribución ayudaba a evitar que todo se viese recargado, como pasaba con otras casas. La pared de la derecha estaba ocupada por la cocina. Los armarios, que formaban una L en la pared y bajo la encimera, eran de madera y el fregadero estaba colocado en la pared frente a la puerta, justo bajo una ventana que daba al patio exterior. Una pequeña barra, donde esperaban varias bandejas con ensaladas, un pastel de carne y otro de atún y salmón. Separaba la cocina del salón. Apoyando el respaldo en la barra, descansaba un amplio sofá con lounge, tapizado del mismo color que las cortinas, un violeta suave y muy bonito. En la pared, frente al sofá, había un buffet bajo, lleno de cajones, donde estaban instalados la televisión y el equipo de música, en el que se escuchaba, suavemente, el último disco de Manolo García. A la izquierda del salón estaba colocada la mesa, alrededor de la nos habíamos instalado, en un pequeño anexo con dos paredes formadas por puertas de cristal que se habrían al otro lado del jardín.

Estuvimos hablando todos un rato y elogiando el buen gusto de Marta, mientras esperábamos a que aparecieran los últimos invitados. Unos instantes después, sonó el timbre y Marta fue a abrir la puerta. Todos nos giramos hacia allí para intentar enterarnos de quien acababa de presentarse y nos quedamos en silencio escuchando la conversación de bienvenida.

- ¡Hola Daniel! Sólo faltabas tú para completar el grupo. Los demás han llegado ya y están en el comedor. Pasa, no te entretengas y saluda a todos.

- ¡Hola Marta! Siento llegar un poco tarde, el tráfico está fatal. Ya sabes que a estas horas… ¿No te importará que haya venido acompañado verdad?

Al escuchar aquella frase, mi plan empezó a desmoronarse en mi cabeza. Pero ¿cómo se atrevía a traer a una tía a la inauguración? Y sabiendo que yo vendría esta noche y que había estado toda la semana comentando con el la cena. Estos tíos tan guapos no prestan atención a lo que se les dice, si no trata de ellos mismos.

- Marta, te presento a Marcos. Es un compañero de la universidad que ha venido a pasar unos días a Barcelona y que quería que conocierais.

Bueno, era un tío. Pero eso no arreglaba nada. ¿No será que éste guaperas es gay? No creo, las miradas que nos lanza a las tías cuando habla con nosotras no son precisamente inocentes. Aunque también puede ser bisexual, que cada vez aumentan más con tal de no perderse ninguna posibilidad de pasarlo bien. Decidí no darle más vueltas al asunto, por ahora, y esperar a que me viese y a hablar con el un poco, para comprobar si mis teorías eran ciertas o no.

Marcos era un chico muy guapo y agradable, algo que habría resultado genial si no aumentase mis sospechas hacia Daniel. Durante la cena, absolutamente informal, íbamos cogiendo comida de las bandejas y algunos de pie, otros en el sofá o en las sillas íbamos comiendo mientras saboreábamos las conversaciones que surgían en los diferentes grupitos. Además de los efectos del vino, un Pinot delicioso, mi alegría aumentaba porque notaba como Daniel me lanzaba miradas furtivas mientras hablaba con el resto de invitados. Y aunque, a pesar de mis deseos, sólo coincidimos un par de veces, al ir a buscar comida a la mesa, sentí que esa noche todo podía salir como había planeado.

Poco a poco, el ambiente se fue llenando de risas, de bromas y todos fuimos dejando los platos vacíos en la cocina. Ayudamos a Marta a recoger todo y nos juntamos en el salón para tomar el café y hacer la “sobremesa” todos juntos.

Como siempre en estas ocasiones las conversaciones empezaron con discusiones y reflexiones sobre el sentido de la vida y el ritmo frenético del universo (divagaciones sin sentido, pero que ocupan los momentos más entretenidos), poco a poco los invitados se iban marchando ya que las horas pasaban y la noche se cerraba a nuestro alrededor. Al final sólo quedamos Marta, Daniel, Marcos y yo. Gracias al vino y a las horas de la madrugada todo se hizo más familiar, más picante y dejamos de discutir sobre el universo para hablar cobre el tema aceptado por todo el mundo como el esencial para discutir por la noche. El sexo. Esto me dio paso a acercarme un poco más a Daniel y para desterrar por completo esas dudas que me habían asaltado al principio de la noche. Comentamos nuestras experiencias, nuestras fantasías y como siempre discutimos sobre los conflictos morales que existen al intentar cruzar ciertas barreras inculcadas desde la infancia.

La conversación que empezamos los cuatro se rompió con un silencio, cuando Marta en un arrebato, entrelazó sus brazos alrededor del cuello de Marcos y los dos se aislaron por completo devorándose mutuamente.

Daniel se levantó del sofá y cogiéndome de la mano a la vez que me indicaba silencio con su dedo índice sobre mis labios me llevó escaleras arriba y exploramos el primer piso.

- Perdona, pero creo que deberíamos dejarlos solos. Aunque no quiero que esta noche acabe tan pronto. Me encanta hablar contigo.

Yo me sonrojé y sonriendo continué agarrada fuertemente a su mano vencida y entregada, esperando lo que me depararía esa excursión a la que me había invitado.

- ¿Sabes que una mujer sonrojada es una de las imágenes más sexys que conozco?

Me dejó sin palabras y el beso que plantó en mis labios, un instante después, no hizo más que aumentar la fuerza del embrujo en el que me encontraba totalmente atrapada. Así, él guiándome y yo totalmente aturdida, recorrimos el piso superior compuesto de varias habitaciones y un cuarto de baño. Entramos en una, que tenía pinta de ser la de invitados. Supusimos que Marta continuaría su noche con Marcos en su habitación. Era una habitación sencilla, había dos camas individuales con el cabezal y los pies de listones de madera y un pequeño armario. El detalle que me llamó la atención fue un tocador muy antiguo, que había frente a las camas, con un gran espejo.

Nos sentamos en una de las camas. Yo no podía hablar, aún seguía atrapada por su beso y por sus palabras. Supongo que entendiéndolo y asumiendo su papel, Daniel comenzó a hablarme para romper ese incómodo silencio que mi distracción había provocado.

- Antes me ha resultado curioso el comentario que has hecho sobre una de tus fantasías. ¿Sabes que hay muchas mujeres que fantasean con ser atadas y que les hagan el amor con los ojos vendados?

- Ya, pero se que no lo podría hacer así a la ligera. Tendría que confiar mucho en la persona que me va a atar, porque veo realmente difícil que me deje llevar si no estoy tranquila y con plena confianza.

- ¿Y confías en mí? – Asentí como una niña tonta y con una sonrisa pícara.

Daniel contestó a mi respuesta con un intenso y ardiente beso, sus labios eran jugosos y me encantaba lo intensamente que permanecían pegados a los míos, alargando sus besos hasta que mis labios llegaban casi a formar parte de su boca. Siguiendo sus instrucciones, son su ayuda, me deshice del vestido y tras observarme un largo rato, aumentado el calor de mis mejillas, me acompañó a tumbarme en la cama y empezó a buscar en los cajones del tocador. Encontró unos pañuelos y escondiéndolos, a su espalda, se acercó a la cama, donde yo me encontraba tumbada boca arriba, con la respiración agitando mi pecho a causa de la expectación.

- Cierra los ojos. Quiero que sólo sientas mis movimientos y que deduzcas mis pasos gracias a tus sensaciones.

Su voz en mi oído, su seguridad, me tranquilizó y aumentó mi deseo hacia lo que iba a pasar. Sus manos deslizaron uno de los pañuelos en mis ojos anudándolo a un lado de mi cabeza, que dejó descansar en la almohada acompañando el movimiento con uno de sus intensos besos. Sus manos se dirigieron entonces a mis brazos, levantándolos por encima de mi cabeza y atándolos a los barrotes del cabezal con otros pañuelos de los que había encontrado en el tocador. Tras atar una mano, sus labios recorrieron mi brazo, mi hombro, mi cuello, se pararon en mi boca y subieron por el otro brazo llenándolo igualmente de besos antes de atar la otra muñeca. Nunca había tenido esa sensación y no sé muy bien como explicarla, pero me encontraba atada y liberada al mismo tiempo. Libre de responsabilidades y entregada en todo momento a la guía y los deseos de mí amante. Con un suspiro de placer y alivio me entregué a disfrutar de las sensaciones que había prometido regalarme.

Tumbada y atada a la cama, me dejó esperando un rato, mientras se desnudaba. Oía el sonido de la ropa al deslizarse por su piel, su respiración, sus palabras que me acompañaban y me prometían sensaciones que mi cuerpo anhelaba y buscaba con deseo. Al no disponer del sentido de la vista, el resto se agudizó poco a poco y empecé a descubrir matices que antes no había tenido en cuenta. El cambio de olor de mi piel al estar excitada; el ritmo de mi respiración, ahora algo menos agitada gracias a sus besos y sus palabras, pero alterada igualmente; el olor de su piel, que antes había estado escondido tras el perfume de la colonia que llevaba, se destapó al desprenderse de toda la ropa.

Completamente desnudo, se tumbó a mi lado, y recorriendo mi piel con la punta de sus dedos comenzó a besar mis labios con pasión. Mi boca buscaba la suya, mi lengua se movía intentado atrapar la suya. Sin dejar de acariciarme él se retiró de mi boca colocando un dedo en mis labios y parando el frenesí de mis besos. Su boca pasó a regalarme miles de mordiscos, húmedos besos, caricias con su lengua por mi cuerpo. Empezó a descender por mi cuello y mi pecho, trazando un camino de ardiente saliva y comenzó a jugar con mis pezones, que se endurecieron al instante al contacto con su boca. Mi respiración se agitaba y notaba cómo mi excitación humedecía mi coulotte y mi piel se encendía cada vez que sus labios atrapaban mis pezones en un suave mordisco.

No paraba de suspirar y de gemir con la intensidad de sus besos, marcando el recorrido que hacía su lengua y sus manos sobre mi piel. Como había hecho antes con mi boca, se separó de repente, dejando que recuperase el aliento y posando sus dedos en mis pezones, como había hecho anteriormente en mis labios. Noté que bajaba de la cama y oí sus pasos sobre la alfombra. No deseaba escuchar nada más, no prestaba atención a nada más que a los movimientos y a los regalos de mi amante. Un beso en mi tobillo volvió a reclamar mi atención, sólo anunciando el nuevo camino que tomarían sus besos. Recorrió mis piernas, colmándolas con el dibujo de su saliva. Las besó alternativamente colocándose entre ella. Con cada beso las separaba, abriéndose camino hacia la ardiente humedad que empapaba mi sexo. Notaba su aliento calentando más mi entrepierna, si eso era posible, su boca besaba mi piel, que transmitía su tacto por todo mi cuerpo. Sus dedos apartaron lentamente el coulotte hacia un lado mostrando mi sexo, húmedo, ardiente, enrojecido y excitado. Oí como inspiraba fuertemente, capturando el olor de mi excitación, momentos antes de acercarse a él y empezar a lamerlo. Trazaba dibujos con su lengua, separando mis labios lentamente, adentrándose en mí y haciendo vibrar todo mi cuerpo excitado y convulsionado a causa del placer que me transmitía.

La sensación de sentirlo entre mis piernas, estregado a mí, llenándome de placer y a la vez estar rendida a sus deseos, cegada y atada a la cama, era algo increíble. Mucho más intenso de lo que yo había imaginado a solas. Estaba absolutamente rendida al placer, entregada a disfrutar de mi cuerpo, del regalo de sus caricias y sus besos, de los sentidos desbordados por la falta de visión. El sonido de su besos y sus lametones; el olor de mi piel y mi sexo excitados; el calor que recorría mi piel en oleadas provocadas por los movimientos de su lengua, no hacían más que aumentar mi estado de excitación.

Sin comprender el motivo, se apartó de mi sexo, estaba a punto de explotar en un orgasmo salvaje y el se paró. Como antes, con un dedo, selló mis labios húmedos e inflamados y como respuesta moví mi vientre para acercarme más a el.

- Espera. Aún no, la noche no puede acabar tan pronto, tu placer no puede llegar sólo hasta aquí.

Intenté calmarme, intenté recuperar mi aliento y relajar mi agitada respiración, mi vientre ardía de placer. Mi sexo inflamado y excitado, temblaba y deseaba sentir más, continuar recibiendo sus caricias. Entonces su boca volvió a dirigirse a mis pechos, por el camino dibujado momentos antes. De nuevo mis pezones sintieron sus labios que empezaron a jugar con ellos, que los atrapaban y los mordían. El calor de mi vientre y sus caricias en mis pezones me hacían temblar de excitación, nunca había sentido nada parecido, nunca antes mis sensaciones se habían prolongado tanto en el tiempo, antes de llegar al orgasmo.
No se ni cuando ni como, empecé a notar otra boca, jugando también en mi sexo, no sabía cómo había aparecido y la excitación me había nublado de tal manera que no entendía ni cómo ni quien era el responsable de esas caricias, pero ahora lo agradecía de tal manera, lo deseaba hasta tal punto, que no iba a ser yo la que impidiese que alguien más me hiciera disfrutar de esa manera. Las manos de Daniel desataron la venda de mis ojos.

- Deseo que mires, que observes lo que vas a sentir y que seas la espectadora de tu placer,
Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, levanté un poco la cabeza. Daniel estaba sentado a mi lado acariciando mis pechos brillantes por su saliva y Marcos era el dueño de la lengua que me deleitaba con sus caricias en mi sexo. Estaba sorprendida pero encantada. Daniel no dejaba de deleitarse en mis pechos y Marcos se levantó colocándose de rodillas entre mis piernas y acercando su sexo erecto a mí. Empezó a frotarlo contra mis labios inflamados y empapados, separándolos poco a poco con su presión, mientras penetraba en mí. Sin duda el camino ya estaba suficientemente franqueado para él. Todas las sensaciones que había disfrutado antes, me habían preparado para ofrecerme a sus movimientos, para sentirlo dentro de mi, llenándome y transmitiéndome el movimiento de sus caderas a todo mi cuerpo, mientras Daniel no dejaba de besar mi boca, de jugar con mis pezones y de aumentar, si era posible, el placer de ser follada por aquellos dos hombres.

Marcos empezó a moverse cada vez más rápido. Mi sexo ardía con la fricción del suyo en mi interior y justo cunado empecé a gritar que me iba a correr, paró de repente. Mi respiración seguía agitada, de nuevo a punto del orgasmo, de nuevo detenida de repente por aquellos dos niños traviesos. Se cambiaron las posiciones. Daniel se colocó entre mis piernas y Marcos pasó a regalarme sus besos, sus mordiscos, sus lametones y sus caricias, mientras era perforada por su amigo, follada salvajemente. Había imaginado, desde que entró a trabajar, cómo se movería. Se le veía en forma y debo decir que a pesar de tener mis sentidos descontrolados por el placer, sus movimientos eran deliciosos, sentirlo dentro de mi, era espectacular y después de haberme mantenido en ese estado constante de excitación, era aún más intenso de lo que nunca había sentido.

Mi cuerpo dijo basta, una oleada de ardor acudió a mi vientre, a mi sexo y explotó en un orgasmo convulsionando todo mi ser. Daniel no dejó de moverse dentro de mí y Marcos acallaba mis gemidos y mis suspiros con su boca, acompañando mis intentos por recuperar el aliento con besos salvajes. Daniel también se corrió, apretándose contra mí y agarrando fuertemente mis piernas hasta que las marcas blancas de sus dedos se quedaron grabadas en ellas.

Me desataron y se tumbaron a mi lado. Estaba absolutamente perdida y entregada, los besaba sin parar, mis manos se perdían en sus cuerpos descontroladas.

- ¿Te ha gustado? – susurró Daniel en mi oído, mientras yo besaba a Marcos en la boca. – Descansa, relájate, recupera el aliento, porque queda mucha noche y Marcos aún no ha acabado y no podemos dejarlo así.
Me sorprendí ante estas palabras. ¿Acaso pensaban que tendría energías para continuar con ese frenesí? Os aseguro que a veces me sorprendo de lo mucho que podemos conseguir, si nos lo proponemos lo suficiente.