lunes, 16 de junio de 2008

Sueños compartidos XII

A veces olvidamos lo que tenemos a nuestro lado, lo obviamos porque siempre está ahí, porque forma parte de nuestra vida como una parte más de nuestro ser. Así dejamos de prestarle atención como a cualquier parte de nuestro cuerpo que no atendemos hasta que no nos duele reclamando nuestra atención y con un par de palabras nos indican "A mi nunca me has escrito ninguna historia!!". De esta manera nació este sueño, del cual me he apropiado para plasmarlo en palabras y compartirlo con el resto de mi mundo. Pertenece y está dedicado a esa pequeña persona que siempre está ahí y que sin duda siempre me tendrá a su lado.
La inauguración
Esa noche me habían invitado a una fiesta de inauguración, del piso de Marta, una compañera de trabajo. Tal y como está la vivienda últimamente es todo un acontecimiento que alguien a quien conoces, inaugure su piso. Así que no podía negarme a asistir a aquella fiesta. Además me había enterado de que ese chico nuevo, taaan guapo también iría por allí. Así que después de un par de horas arreglándome (servicio completo de belleza femenina), llegó el momento de escoger el recubrimiento de mi piel, que debía garantizarme que él no pudiera apartar su vista de mí.
Me planté delante del armario y abriéndolo de par en par, empecé a buscar el vestido que iba a culminar mi plan y hacerme brillar en mitad de la fiesta. No os imagináis lo difícil que resulta esta operación a veces. No es que tenga un montón de vestidos, sólo unos 30, pero quería que esa noche todo fuese perfecto, todo quedase atado de forma especial para mí. Después de seleccionar los 10 posibles, vestidos de noche, negros, con un escote sugerente y a ser posible lo más entallados posible, para remarcar mis curvas, insinuarlas y mostrarlas generosamente, me probé los diferentes vestidos, cada uno con su par de zapatos correspondientes y después de un par de pases y de ir desechando los que no me parecían adecuados para mi objetivo, escogí uno ajustado hasta la cintura y con una faldita de pliegues que ondeaba en cada movimiento. La espalda descubierta y un escote recto que sujetaba mis pechos, apretándolos y alzándolos. Un cinturón muy ancho con una hebilla plateada lo hacía conjuntar con el collar y los pendientes que había escogido. Unos zapatos negros con mucho tacón remataban mi aspecto, no excesivamente arreglado, pero femenino y sensual. Ahora tocaba escoger la lencería que iba a completar mi ropa. Como la falda tenía vuelo, no era necesario esconder mis braguitas así que opté por un coulotte también negro y como la parte de arriba entallaba mi busto, no necesitaba sujetador. Unas medias lisas, finas y negras unificaban esa imagen nocturna y completaban todo el conjunto. Nunca me han gustado los panties, me molesta ir tan ceñida y me encanta sentir el tacto de la tela en mi piel y no velado por la lycra.

Vestida y con unas gotas de mi perfume favorito en el cuello y en el escote, salí de casa a coger el taxi que esperaba en la puerta. Podría ir conduciendo, pero la ocasión merecía llegar relajada y sin las arrugas que crean la tensión de recorrer la ciudad al volante, enfrentándome contra los aurigas del asfalto que creen que la calzada es suya y que me provocan arcadas con su supuesta superioridad.

Llegué a la fiesta unos 15 minutos después de la hora citada, me da un poco de corte llegar la primera y estar esperando a ver quien se presenta, así que calculando, más o menos, a esa hora ya había llegado el número suficiente de personas como para entablar conversación en la espera. Además, me había parado un momento a comprar una botella de vino. No se puede ir a una fiesta de inauguración sin llevar un detallito.

Entré en casa de mi amiga, era un edificio antiguo, aunque recientemente reformado. Una preciosa puerta de madera, pintada de blanco y con cristales grabados se abría a un recibidor, sencillo pero muy acogedor, iluminado con una lámpara que colgaba desde el techo de la primera planta. Tras unas cortinas, recogidas con dos cintas de seda de color rojo, había un pasillo iluminado con apliques y con unas fotografías enmarcadas, de la familia de Marta. Parecían muy antiguas, pero no desentonaban y le daban un aire entrañable. Unas escaleras, a la derecha, alojaban una alacena en su hueco con una puertecita de listones blancos. Continué andando tras la anfitriona hasta el salón-comedor-cocina. Ya había unas cuantas personas alrededor de la mesa, preparada con unas cuantas bandejas de canapés. Todos tenían en sus manos una copa de vino y después de que Marta se llevara la botella, que yo había traído, a la cocina, saludé a todos y me serví una copa para esperar al resto de los invitados.

A pesar de la triple función del apartamento, era muy amplio y la distribución ayudaba a evitar que todo se viese recargado, como pasaba con otras casas. La pared de la derecha estaba ocupada por la cocina. Los armarios, que formaban una L en la pared y bajo la encimera, eran de madera y el fregadero estaba colocado en la pared frente a la puerta, justo bajo una ventana que daba al patio exterior. Una pequeña barra, donde esperaban varias bandejas con ensaladas, un pastel de carne y otro de atún y salmón. Separaba la cocina del salón. Apoyando el respaldo en la barra, descansaba un amplio sofá con lounge, tapizado del mismo color que las cortinas, un violeta suave y muy bonito. En la pared, frente al sofá, había un buffet bajo, lleno de cajones, donde estaban instalados la televisión y el equipo de música, en el que se escuchaba, suavemente, el último disco de Manolo García. A la izquierda del salón estaba colocada la mesa, alrededor de la nos habíamos instalado, en un pequeño anexo con dos paredes formadas por puertas de cristal que se habrían al otro lado del jardín.

Estuvimos hablando todos un rato y elogiando el buen gusto de Marta, mientras esperábamos a que aparecieran los últimos invitados. Unos instantes después, sonó el timbre y Marta fue a abrir la puerta. Todos nos giramos hacia allí para intentar enterarnos de quien acababa de presentarse y nos quedamos en silencio escuchando la conversación de bienvenida.

- ¡Hola Daniel! Sólo faltabas tú para completar el grupo. Los demás han llegado ya y están en el comedor. Pasa, no te entretengas y saluda a todos.

- ¡Hola Marta! Siento llegar un poco tarde, el tráfico está fatal. Ya sabes que a estas horas… ¿No te importará que haya venido acompañado verdad?

Al escuchar aquella frase, mi plan empezó a desmoronarse en mi cabeza. Pero ¿cómo se atrevía a traer a una tía a la inauguración? Y sabiendo que yo vendría esta noche y que había estado toda la semana comentando con el la cena. Estos tíos tan guapos no prestan atención a lo que se les dice, si no trata de ellos mismos.

- Marta, te presento a Marcos. Es un compañero de la universidad que ha venido a pasar unos días a Barcelona y que quería que conocierais.

Bueno, era un tío. Pero eso no arreglaba nada. ¿No será que éste guaperas es gay? No creo, las miradas que nos lanza a las tías cuando habla con nosotras no son precisamente inocentes. Aunque también puede ser bisexual, que cada vez aumentan más con tal de no perderse ninguna posibilidad de pasarlo bien. Decidí no darle más vueltas al asunto, por ahora, y esperar a que me viese y a hablar con el un poco, para comprobar si mis teorías eran ciertas o no.

Marcos era un chico muy guapo y agradable, algo que habría resultado genial si no aumentase mis sospechas hacia Daniel. Durante la cena, absolutamente informal, íbamos cogiendo comida de las bandejas y algunos de pie, otros en el sofá o en las sillas íbamos comiendo mientras saboreábamos las conversaciones que surgían en los diferentes grupitos. Además de los efectos del vino, un Pinot delicioso, mi alegría aumentaba porque notaba como Daniel me lanzaba miradas furtivas mientras hablaba con el resto de invitados. Y aunque, a pesar de mis deseos, sólo coincidimos un par de veces, al ir a buscar comida a la mesa, sentí que esa noche todo podía salir como había planeado.

Poco a poco, el ambiente se fue llenando de risas, de bromas y todos fuimos dejando los platos vacíos en la cocina. Ayudamos a Marta a recoger todo y nos juntamos en el salón para tomar el café y hacer la “sobremesa” todos juntos.

Como siempre en estas ocasiones las conversaciones empezaron con discusiones y reflexiones sobre el sentido de la vida y el ritmo frenético del universo (divagaciones sin sentido, pero que ocupan los momentos más entretenidos), poco a poco los invitados se iban marchando ya que las horas pasaban y la noche se cerraba a nuestro alrededor. Al final sólo quedamos Marta, Daniel, Marcos y yo. Gracias al vino y a las horas de la madrugada todo se hizo más familiar, más picante y dejamos de discutir sobre el universo para hablar cobre el tema aceptado por todo el mundo como el esencial para discutir por la noche. El sexo. Esto me dio paso a acercarme un poco más a Daniel y para desterrar por completo esas dudas que me habían asaltado al principio de la noche. Comentamos nuestras experiencias, nuestras fantasías y como siempre discutimos sobre los conflictos morales que existen al intentar cruzar ciertas barreras inculcadas desde la infancia.

La conversación que empezamos los cuatro se rompió con un silencio, cuando Marta en un arrebato, entrelazó sus brazos alrededor del cuello de Marcos y los dos se aislaron por completo devorándose mutuamente.

Daniel se levantó del sofá y cogiéndome de la mano a la vez que me indicaba silencio con su dedo índice sobre mis labios me llevó escaleras arriba y exploramos el primer piso.

- Perdona, pero creo que deberíamos dejarlos solos. Aunque no quiero que esta noche acabe tan pronto. Me encanta hablar contigo.

Yo me sonrojé y sonriendo continué agarrada fuertemente a su mano vencida y entregada, esperando lo que me depararía esa excursión a la que me había invitado.

- ¿Sabes que una mujer sonrojada es una de las imágenes más sexys que conozco?

Me dejó sin palabras y el beso que plantó en mis labios, un instante después, no hizo más que aumentar la fuerza del embrujo en el que me encontraba totalmente atrapada. Así, él guiándome y yo totalmente aturdida, recorrimos el piso superior compuesto de varias habitaciones y un cuarto de baño. Entramos en una, que tenía pinta de ser la de invitados. Supusimos que Marta continuaría su noche con Marcos en su habitación. Era una habitación sencilla, había dos camas individuales con el cabezal y los pies de listones de madera y un pequeño armario. El detalle que me llamó la atención fue un tocador muy antiguo, que había frente a las camas, con un gran espejo.

Nos sentamos en una de las camas. Yo no podía hablar, aún seguía atrapada por su beso y por sus palabras. Supongo que entendiéndolo y asumiendo su papel, Daniel comenzó a hablarme para romper ese incómodo silencio que mi distracción había provocado.

- Antes me ha resultado curioso el comentario que has hecho sobre una de tus fantasías. ¿Sabes que hay muchas mujeres que fantasean con ser atadas y que les hagan el amor con los ojos vendados?

- Ya, pero se que no lo podría hacer así a la ligera. Tendría que confiar mucho en la persona que me va a atar, porque veo realmente difícil que me deje llevar si no estoy tranquila y con plena confianza.

- ¿Y confías en mí? – Asentí como una niña tonta y con una sonrisa pícara.

Daniel contestó a mi respuesta con un intenso y ardiente beso, sus labios eran jugosos y me encantaba lo intensamente que permanecían pegados a los míos, alargando sus besos hasta que mis labios llegaban casi a formar parte de su boca. Siguiendo sus instrucciones, son su ayuda, me deshice del vestido y tras observarme un largo rato, aumentado el calor de mis mejillas, me acompañó a tumbarme en la cama y empezó a buscar en los cajones del tocador. Encontró unos pañuelos y escondiéndolos, a su espalda, se acercó a la cama, donde yo me encontraba tumbada boca arriba, con la respiración agitando mi pecho a causa de la expectación.

- Cierra los ojos. Quiero que sólo sientas mis movimientos y que deduzcas mis pasos gracias a tus sensaciones.

Su voz en mi oído, su seguridad, me tranquilizó y aumentó mi deseo hacia lo que iba a pasar. Sus manos deslizaron uno de los pañuelos en mis ojos anudándolo a un lado de mi cabeza, que dejó descansar en la almohada acompañando el movimiento con uno de sus intensos besos. Sus manos se dirigieron entonces a mis brazos, levantándolos por encima de mi cabeza y atándolos a los barrotes del cabezal con otros pañuelos de los que había encontrado en el tocador. Tras atar una mano, sus labios recorrieron mi brazo, mi hombro, mi cuello, se pararon en mi boca y subieron por el otro brazo llenándolo igualmente de besos antes de atar la otra muñeca. Nunca había tenido esa sensación y no sé muy bien como explicarla, pero me encontraba atada y liberada al mismo tiempo. Libre de responsabilidades y entregada en todo momento a la guía y los deseos de mí amante. Con un suspiro de placer y alivio me entregué a disfrutar de las sensaciones que había prometido regalarme.

Tumbada y atada a la cama, me dejó esperando un rato, mientras se desnudaba. Oía el sonido de la ropa al deslizarse por su piel, su respiración, sus palabras que me acompañaban y me prometían sensaciones que mi cuerpo anhelaba y buscaba con deseo. Al no disponer del sentido de la vista, el resto se agudizó poco a poco y empecé a descubrir matices que antes no había tenido en cuenta. El cambio de olor de mi piel al estar excitada; el ritmo de mi respiración, ahora algo menos agitada gracias a sus besos y sus palabras, pero alterada igualmente; el olor de su piel, que antes había estado escondido tras el perfume de la colonia que llevaba, se destapó al desprenderse de toda la ropa.

Completamente desnudo, se tumbó a mi lado, y recorriendo mi piel con la punta de sus dedos comenzó a besar mis labios con pasión. Mi boca buscaba la suya, mi lengua se movía intentado atrapar la suya. Sin dejar de acariciarme él se retiró de mi boca colocando un dedo en mis labios y parando el frenesí de mis besos. Su boca pasó a regalarme miles de mordiscos, húmedos besos, caricias con su lengua por mi cuerpo. Empezó a descender por mi cuello y mi pecho, trazando un camino de ardiente saliva y comenzó a jugar con mis pezones, que se endurecieron al instante al contacto con su boca. Mi respiración se agitaba y notaba cómo mi excitación humedecía mi coulotte y mi piel se encendía cada vez que sus labios atrapaban mis pezones en un suave mordisco.

No paraba de suspirar y de gemir con la intensidad de sus besos, marcando el recorrido que hacía su lengua y sus manos sobre mi piel. Como había hecho antes con mi boca, se separó de repente, dejando que recuperase el aliento y posando sus dedos en mis pezones, como había hecho anteriormente en mis labios. Noté que bajaba de la cama y oí sus pasos sobre la alfombra. No deseaba escuchar nada más, no prestaba atención a nada más que a los movimientos y a los regalos de mi amante. Un beso en mi tobillo volvió a reclamar mi atención, sólo anunciando el nuevo camino que tomarían sus besos. Recorrió mis piernas, colmándolas con el dibujo de su saliva. Las besó alternativamente colocándose entre ella. Con cada beso las separaba, abriéndose camino hacia la ardiente humedad que empapaba mi sexo. Notaba su aliento calentando más mi entrepierna, si eso era posible, su boca besaba mi piel, que transmitía su tacto por todo mi cuerpo. Sus dedos apartaron lentamente el coulotte hacia un lado mostrando mi sexo, húmedo, ardiente, enrojecido y excitado. Oí como inspiraba fuertemente, capturando el olor de mi excitación, momentos antes de acercarse a él y empezar a lamerlo. Trazaba dibujos con su lengua, separando mis labios lentamente, adentrándose en mí y haciendo vibrar todo mi cuerpo excitado y convulsionado a causa del placer que me transmitía.

La sensación de sentirlo entre mis piernas, estregado a mí, llenándome de placer y a la vez estar rendida a sus deseos, cegada y atada a la cama, era algo increíble. Mucho más intenso de lo que yo había imaginado a solas. Estaba absolutamente rendida al placer, entregada a disfrutar de mi cuerpo, del regalo de sus caricias y sus besos, de los sentidos desbordados por la falta de visión. El sonido de su besos y sus lametones; el olor de mi piel y mi sexo excitados; el calor que recorría mi piel en oleadas provocadas por los movimientos de su lengua, no hacían más que aumentar mi estado de excitación.

Sin comprender el motivo, se apartó de mi sexo, estaba a punto de explotar en un orgasmo salvaje y el se paró. Como antes, con un dedo, selló mis labios húmedos e inflamados y como respuesta moví mi vientre para acercarme más a el.

- Espera. Aún no, la noche no puede acabar tan pronto, tu placer no puede llegar sólo hasta aquí.

Intenté calmarme, intenté recuperar mi aliento y relajar mi agitada respiración, mi vientre ardía de placer. Mi sexo inflamado y excitado, temblaba y deseaba sentir más, continuar recibiendo sus caricias. Entonces su boca volvió a dirigirse a mis pechos, por el camino dibujado momentos antes. De nuevo mis pezones sintieron sus labios que empezaron a jugar con ellos, que los atrapaban y los mordían. El calor de mi vientre y sus caricias en mis pezones me hacían temblar de excitación, nunca había sentido nada parecido, nunca antes mis sensaciones se habían prolongado tanto en el tiempo, antes de llegar al orgasmo.
No se ni cuando ni como, empecé a notar otra boca, jugando también en mi sexo, no sabía cómo había aparecido y la excitación me había nublado de tal manera que no entendía ni cómo ni quien era el responsable de esas caricias, pero ahora lo agradecía de tal manera, lo deseaba hasta tal punto, que no iba a ser yo la que impidiese que alguien más me hiciera disfrutar de esa manera. Las manos de Daniel desataron la venda de mis ojos.

- Deseo que mires, que observes lo que vas a sentir y que seas la espectadora de tu placer,
Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, levanté un poco la cabeza. Daniel estaba sentado a mi lado acariciando mis pechos brillantes por su saliva y Marcos era el dueño de la lengua que me deleitaba con sus caricias en mi sexo. Estaba sorprendida pero encantada. Daniel no dejaba de deleitarse en mis pechos y Marcos se levantó colocándose de rodillas entre mis piernas y acercando su sexo erecto a mí. Empezó a frotarlo contra mis labios inflamados y empapados, separándolos poco a poco con su presión, mientras penetraba en mí. Sin duda el camino ya estaba suficientemente franqueado para él. Todas las sensaciones que había disfrutado antes, me habían preparado para ofrecerme a sus movimientos, para sentirlo dentro de mi, llenándome y transmitiéndome el movimiento de sus caderas a todo mi cuerpo, mientras Daniel no dejaba de besar mi boca, de jugar con mis pezones y de aumentar, si era posible, el placer de ser follada por aquellos dos hombres.

Marcos empezó a moverse cada vez más rápido. Mi sexo ardía con la fricción del suyo en mi interior y justo cunado empecé a gritar que me iba a correr, paró de repente. Mi respiración seguía agitada, de nuevo a punto del orgasmo, de nuevo detenida de repente por aquellos dos niños traviesos. Se cambiaron las posiciones. Daniel se colocó entre mis piernas y Marcos pasó a regalarme sus besos, sus mordiscos, sus lametones y sus caricias, mientras era perforada por su amigo, follada salvajemente. Había imaginado, desde que entró a trabajar, cómo se movería. Se le veía en forma y debo decir que a pesar de tener mis sentidos descontrolados por el placer, sus movimientos eran deliciosos, sentirlo dentro de mi, era espectacular y después de haberme mantenido en ese estado constante de excitación, era aún más intenso de lo que nunca había sentido.

Mi cuerpo dijo basta, una oleada de ardor acudió a mi vientre, a mi sexo y explotó en un orgasmo convulsionando todo mi ser. Daniel no dejó de moverse dentro de mí y Marcos acallaba mis gemidos y mis suspiros con su boca, acompañando mis intentos por recuperar el aliento con besos salvajes. Daniel también se corrió, apretándose contra mí y agarrando fuertemente mis piernas hasta que las marcas blancas de sus dedos se quedaron grabadas en ellas.

Me desataron y se tumbaron a mi lado. Estaba absolutamente perdida y entregada, los besaba sin parar, mis manos se perdían en sus cuerpos descontroladas.

- ¿Te ha gustado? – susurró Daniel en mi oído, mientras yo besaba a Marcos en la boca. – Descansa, relájate, recupera el aliento, porque queda mucha noche y Marcos aún no ha acabado y no podemos dejarlo así.
Me sorprendí ante estas palabras. ¿Acaso pensaban que tendría energías para continuar con ese frenesí? Os aseguro que a veces me sorprendo de lo mucho que podemos conseguir, si nos lo proponemos lo suficiente.

jueves, 5 de junio de 2008

Sueños Compartidos XI


Podría esplicaros la historia del nacimienrto de este sueño, comentaros los motivos por los que una noche, durante una de esas Deliciosas conversaciones al calor de la luz Lunar, nació este sueño de nuestras manos, de nuestros pensamientos y tiempo después fue creciendo en mi cabeza hasta formar esta historia extraña cuya primera parte os enseño. Pero prefiero que imagineis ese nacimiento, que soñeis con la posibilida de que no creasemos nosotros ese sueño, sino que en verdad alguien lo cuidase y lo alimentase para entragarnoslo furtivamente para nuestro disfrute.


Pastora de Sueños


Se perdió en su habitación. Alice estaba harta de discutir, de intentar hacerse escuchar. Llevaba demasiado tiempo gritando, luchando y enfrentándose a todo el mundo. ¿Acaso no se daban cuenta de que tenía razón? Ella comprendía que los niños no entendieran su mensaje. Que, perdidos en su mundo de fantasía, perdieran esa noción de la realidad que les ayudaría a comprender el peligro que se cernía sobre todos. ¿Pero los “mayores”? Siempre los oía soñar con sus batallitas, esas que no se atrevían a vivir en el mundo real. Al principio, cuando descubrió el secreto de Nadie, pensó que enseguida divulgarían la noticia y que, cual reguero de pólvora, correría de boca en boca, de sueño en sueño y derrotarían sus intenciones.

Llevaba apenas dos años en la granja, cuando lo descubrió. Ella se dedicaba a pastorear los rebaños, a cuidarlos desde que nacían, como una pequeña idea, hasta que crecían, alimentándose de experiencias, de imágenes del día a día y por supuesto, de miles de palabras que eran su principal fuente de alimento. Por supuesto, como en todos los rebaños, alguna de sus crías, se desviaba, se llenaba de miedos, rencores, falsas ideas y vanas esperanzas. Estas anomalías eran muy difíciles de detectar y muchas se escapaban, salían al mundo y se colaban en la noche de la persona a la que estaban destinadas, como una dolorosa pesadilla. Como habréis deducido, Alice era una pastora de sueños. ¿Sabéis cuando os decían que contarais ovejas para dormir? Pues ella se encargaba de pastorear esos rebaños, responsables de guiar los sueños de las personas hasta las cabeceras de sus camas. Los cuidaba, los guiaba y los seleccionaba para que crecieran con las mejores características e incluso, a veces, había conseguido tan buenos resultados que alguno de sus sueños se había hecho realidad.

Un día, mientras encerraba al rebaño en el establo, una sombra se cernió a su corazón. Su acostumbrada alegría se ensombreció y apagó. Sintió que perdía poco a poco la esperanza y los sueños no paraban de berrear mientras se apiñaban, asustados, intentando protegerse de tal desesperanza. Alice, sacando fuerzas de flaqueza se plantó entre la sombra y el rebaño, abriendo los brazos en cruz e intentando proteger con su cuerpo a todos los sueños que estaban a su cuidado. Estaba dispuesta a entregar su vida, si era necesario, para evitar la corrupción de sus sueños.

De entre la sombra apareció un hombre, muy alto, con un traje negro, con corbata gris y un sombrero también negro. En su mano derecha llevaba un puro muy grueso, del que salía flotando un humo espeso y gris que formaba aros a su alrededor, como una especie de barrera que lo envolvía todo poco a poco. Unos dientes apagados, grisáceos, enmarcados por unos labios agrietados y finos, formaban una siniestra sonrisa, que discordaba con la expresión de su cara y sus ojos.

- ¡Hola niña! Llevo mucho tiempo buscándote y por fin me he cruzado contigo. Supongo que aunque no me conozcas, habrás oído a alguien, de tu granja o de alguna otra, hablar de mí. Pero por si acaso, me presento: soy el Sr. Nadie.

- Ho…- empezó a decir Alice, dando un paso hacia atrás.

- No perdamos el tiempo. Ya sabes quien soy y yo te conozco de sobra. Vengo a proponerte un trato, algo que nos beneficiará a los dos. Sé que llevas poco tiempo trabajando en la granja y sé que tienes una habilidad asombrosa para cuidar de los sueños y los haces crecer sanos y fuertes. También sé, que todos los que vivimos en este mundo, envidiamos y añoramos la sensación de poseer sueños propios.

Nos dedicamos por completo a cuidar de los sueños de los demás. Los alimentamos y los educamos para que sus dueños los disfruten y gocen de ellos y con suerte, los hagan realidad. Si uno de esos sueños se malogra y se torna pesadilla sin que lo detectemos, además nos culpan de haber sufrido esa pérdida y no admiten que se ha contaminado por culpa de sus devaneos y sus malos pensamientos.

¿Nunca te has preguntado que se hace con las pesadillas que se detectan? Sabes que viene un camión, donde lo encierran en la jaula y desaparecen con el. Pues esos sueños se pierden, se desechan, se apartan y se ignoran, amontonados hasta que desaparecen. En eso consiste el trato que te propongo. Como conozco tu habilidad para criarlos como nadie y además que detectas una pesadilla mucho tiempo antes de que empiece a gestarse, te pido que en vez de avisar al Estado, me avises a mí.- Sacó una tarjeta de cartulina gris, con unas letras carmesíes con su nombre y su teléfono únicamente. Extendiendo el brazo hacia Alice la instó a cogerla con un extraño y diabólico brillo en los ojos – Cógela niña y yo me encargaré de limpiar esos sueños, de dominarlos y convertirlos en dóciles corderitos que tu y yo podremos disfrutar.

Alice titubeó un instante. ¿De verdad se podrían recuperar esos pobres sueños malogrados? Y además, ella que siempre había deseado soñar. ¿Podría tener alguno, sólo para ella? Se acabaría el pasearse por los sueños de las personas, dejando en sus mentes el vago recuerdo de su furtiva y anónima visita. Las personas, al despertar, apenas recordaban su rostro borroso y distorsionado. La mayoría de las veces, incluso la confundían con alguien a quien conocían y en sus recuerdos cambiaban su cara por la de esta persona. Siempre lo había deseado, pero sabía que estaba mal, esos sueños no eran suyos, ellos sólo los cuidaban.

Un impulso la sacó de sus pensamientos y la liberó del tentador embrujo de Nadie. Algo no era normal, eso no eran más que patrañas para intentar robar sueños. Recordó que había oído en alguna ocasión, comentar a una anciana de una granja vecina, sobre la existencia de un antiguo pastor. Este personaje, obsesionado por el deseo de poseer sueños propios, había descuidado su trabajo. Intentaba averiguar, cómo convencer a los sueños para que le pertenecieran y esas investigaciones sólo conseguían que estos se evadieran de la realidad, se trastornaran y se volvieran pesadillas. El Estado se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde, porque no denunciaba estos cambios y los encerraba en un sótano donde seguía investigando cómo domesticarlos. Empezó a encerrarse con ellos en el sótano, donde los trataba para cambiarlos, enseñarles que sólo tenían un cometido, servirle para siempre. El resto de su rebaño se perdió, cayó en el olvido y desapareció, provocando una tremenda pérdida de sueños y fantasías, que derivó en que muchas personas sufrieran depresión y algunos niños perdieran la inocencia y la ilusión. El estado lo descubrió, porque también había olvidado sus tareas administrativas y por la ausencia de nuevos sueños, creados mediante el cruce de las diferentes especies (principal cometido de la Feria Anual de granjas). Así que, tras investigar los esquivos movimientos de ese pastor, fueron a visitarlo a la granja y lo apresaron, atraparon a todas las pesadillas que tenía recluidas en el sótano. Nunca más se supo de el.

No entendía el motivo, pero este recuerdo acudió a su mente de forma vívida en el momento en el que había declinado la invitación de Nadie. Así que aferrándose al asco que le produjo escuchar aquella historia y a la repulsa que sintió hacia un ser tan depravado. Empujó a su rebaño hacia el establo y se encerró rápidamente con ellos. Un fuerte viento comenzó a azotar entonces el establo, la puerta se balanceaba nerviosa, golpeando y amenazando con salirse de los goznes, las contraventanas de madera comenzaron a tabletear de forma furiosa. Alice se acurrucó junto a su rebaño intentando abarcarlos a todos con su cuerpo y calmarlos con sus palabras.

- Tranquilos, mis corderitos. Aquí no puede entrar... Este es nuestro hogar.

De la misma manera repentina como había aparecido, el viento desapareció. Se llevó consigo esa sensación de ahogo que Nadie había cernido sobre Alice y las esperanzas y la alegría volvieron a todo el rebaño. Pero no a Alice. Ella continuaba asustada y esa sensación, ahora, no nacía del exterior, sino que se formaba en lo más profundo de su ser por el miedo que le daba la certeza de haber descubierto que Nadie era ese asqueroso y malvado pastor de sueños de la leyenda.

Alice comenzó, desde entonces, su cruzada para alertar a todos sobre la amenaza de Nadie. Lo intentó primero con sus compañeros de granja. Algunos conocían la historia, pero se la tomaban como una simple fábula para aleccionar a los jóvenes y a los novatos sobre la importancia de no descuidar su trabajo. En la Feria Anual de Granjas intentó encontrar a la anciana que le había contado la historia, pero hacía tiempo que había dejado el mundo de los sueños. También intentó propagar la noticia contándola en los círculos de pastores que se reunían para comentar las novedades, pero lo único que consiguió con ello fue despertar más risas que preocupación y nadie la tomaba en serio por culpa de su juventud y por lo extravagante de su historia.


Hastiada y decidida a cambiar esta situación tomó la única medida que creía posible que llegara a buen fin. Se dispuso a divulgar la noticia dirigiéndose directamente a las posibles victimas de las maldades de Nadie. Así, cada atardecer, después de encerrar su rebaño en el establo, después de cenar un poco de pan con queso y un vaso de leche, se acostaba en su cama hecha de nubes y se adentraba en los sueños de las personas.