Al entrar me encontré con un sitio oscuro, aunque agradable. A pesar del poco tiempo que llevaba abierto ya tenía algún que otro parroquiano afincado en la barra. En el ambiente flotaba una melodía de jazz, en la que un pianista, hacía viajar sus dedos rápidamente por las teclas, fraseando de forma atónica, mientras era acompañado por un saxo omnipresente que contestaba cada una de sus improvisaciones. Me quedé cierto tiempo parado disfrutando de la música y observando la decoración de ese nuevo lugar. Por lo que podía ver, todo era de madera, dándole un aire antiguo y acogedor. Unas lámparas, detrás de la barra y unas pequeñas velas en cada una de las mesas eran la única iluminación. Al fondo había una especie de salón-reservado, separado del resto del local por una mampara, también de madera, en el que se veían unos sofás y por encima de la mampara distinguí unas cadenas y los cables de una lámpara que bañaba el suelo del reservado con una luz cálida.
Después de pedirme una cerveza en la barra y de cruzar un par de frases de cortesía con el camarero, me dirigí a aquel apartado distraídamente, dispuesto a investigar su composición y la comodidad de aquellos sofás.
Al franquear la mampara, descubrí el sentido de aquella lámpara, ya que no sólo iluminaba el reservado, sino también una mesa de billar americano que habían colocado en medio de los sofás. Me quedé un poco parado al encontrarme con una chica, jugando sola al billar, pero ella levantó la mirada y con una sonrisa que me desarmó, me invitó a acompañarla.
- ¿Quieres jugar? Llevo ya unas cuantas partidas y aunque me guste, es mucho más divertido competir y compartir el juego.
La verdad es que no se me da demasiado bien, pero nunca se debe denegar una invitación como aquella y con un “Por supuesto” cogí un taco y me preparé para jugar a lo que fuese mientras ella colocaba las bolas en el triángulo y posicionaba la bola blanca para empezar a jugar. Como un buen caballero le ofrecí romper, y ella acepto mi oferta y se colocó sobre el tapete apuntando con decisión hacia el centro del triángulo.
En esa posición no pude evitar desviar mi mirada a su escote, que se ofrecía sobre el verde del tapete y que, gracias a la excusa de observar como jugaba, podía mirar sin disimulo. Ella levantó la mirada, sonriendo y mirándome directamente a los ojos lanzó un “¿Preparado?” a la vez que lanzaba la bola blanca para romper la formación del resto de bolas y repartirlas por todo el tapete.
Me quedé sorprendido por la fuerza con la que había abierto la partida, pero esa sorpresa no pudo borrar la huella de su mirada en mi memoria. Esos ojos, en ese breve momento, se habían grabado en mí. Su brillo, el color verde intenso, la forma de mirarme, me pareció tan sensual que casi me quedo paralizado y no reaccioné hasta volver a oír su voz.
- Ya van dos lisas, así que a ti te tocan las rayadas, parece que he empezado la partida con suerte.
Volví de mi ensoñación en el momento en que se acercaba a mí para pasar al otro lado de la mesa y así acceder con facilidad a la siguiente bola que tenía que introducir en la tronera. Si antes me había embobado mirando su escote, el sueño que se me ofrecía de sus caderas y su culo desde esa posición, agachada igualmente sobre el tapete, no era menos turbador. Empecé a notar que la excitación provocaba una incómoda presión en mi pantalón y en mi mente me repetía incesantemente que debía retirar esa ideas de mi cabeza, que aquello sólo era una partida de billar. Así en ese combate de titanes me encontró ella, justo cuando se dio la vuelta, para celebrar una nueva jugada con éxito, y nuestros ojos conectaron inmediatamente como anclados por un campo magnético.
Aún ahora no me puedo explicar la razón de mi forma de actuar, pero sin pensarlo dos veces, me lancé hacia su boca y nuestros labios se enzarzaron en la lucha que habíamos pretendido jugar al billar. Siempre me ha sorprendido el valor de las personas que mantienen relaciones sin un conocimiento previo de la persona que tienen en sus brazos y nunca he sido de esas personas (puede que la inseguridad o el miedo al fracaso sea una de las razones) pero aquella tarde, en aquel lugar, frente a aquella mujer, no pude resistir la tentación y las ordenes de mi cuerpo. Para mi sorpresa, ella tampoco se retiró, me abrazó atrayéndome más hacia su cuerpo. Podía notar su pechos clavándose en el mío, como pugnado por salirse de ese carcelero que era su camiseta. Sus manos atraparon mi culo echándome hacia delante y pegando mi erección a su vientre. Movidos por este impulso la arrastré hacia la mesa de billar y ayudándome de mis manos la subí sobre la mesa y enlacé su piernas a mi cintura.
Nuestras lenguas se buscaban, se enfrentaban y nuestras bocas se mordían se atrapaban y compartían el calor de nuestra excitación. Mientras, ayudado por sus piernas empecé a moverme, frotando nuestros sexos excitados detrás de las barreras de tela que formaban nuestra ropa. Mis manos, envidiosas, no podían estar quietas y así la despojaron de la camiseta, dejando a la vista los pechos que su escote me había insinuado y que superaban mi imaginación. Estaban duros, los pezones mostraban la excitación de su cuerpo y se movían temblorosos acompañando su respiración agitada. Besé su cuello, lo lamí, lo mordí suavemente y comencé a bajar por su piel hasta llevar mi boca a sus pezones. Mi lengua se volvió loca al sentir su dureza, su sabor, su rebeldía al intentar atraparlos. Ese juego sólo hacía que se endurecieran más y arrancaba gemidos de placer de su garganta. Atrapé sus pechos entre mis manos estrujándolos, mientas seguía chupando, lamiendo y mordiendo sus pezones, hasta que apartando mi cabeza, la levantó y me susurró al oído.
- Para, para un momento o conseguirás que me corra antes de empezar a disfrutarte en mí.
- Me encantaría lograrlo, pero tienes razón, esperaremos. Aunque no deseo parar de hacerte sentir.
Me agaché, de rodillas y le pedí que levantase su falda, que se encontraba enrollada al borde se sus braguitas. Ella bajó de la mesa para desabrochar y dejar caer su falda al suelo.
– Mejor así. ¿No? – dijo sin dejar de mirarme a los ojos.
Sonreí asintiendo y entonces paré sus manos que empezaban a bajar las braguitas, sumando a mi gesto la negación con mi cabeza. Conseguí convencerla y dejándoselas puestas volvió a sentarse en la mesa de billar. Me acerqué a ella poco a poco, besando sus rodillas, sus piernas y aproximándome a su humedad trazando el camino con mi lengua, para no perder el sentido. Sus piernas se cerraban un poco más a medida que avanzaba atrapándome y transmitiéndome su calor. Al fin las colocó sobre mis hombros y le pedí que apartase sus braguitas y que me diese su sexo.
Con un dedo, apartó la tela ya empapada ante mi cara. Yo no dejé de mirar toda la acción y saborear el momento. El olor de su sexo invadía mi mente, lo tenía tan cerca, tan excitado, tan húmedo, tan sabroso… Así acerqué mis labios a los suyos, me empapé en ella y mi lengua comenzó a jugar en su interior. Separaba sus labios de abajo a arriba, me paraba en su clítoris trazando círculos con la punta y apretándolo, mezclando mi saliva con su flujo. Mi cara estaba empapada, mi barbilla, la madera y el tapete se estaban mojando con su excitación a medida que ella se convulsionaba al ritmo de mis lametones y mis besos. Sus piernas se apretaban más y más, yo no quería dejar de beber en ella, pero me apartó con sus manos, parando esa locura de golpe. Me hizo levantarme y besó mi boca aún con su sabor chorreando por mi barbilla.
- Ahora me toca a mí. No vas a ser el único en disfrutar de tener la boca empapada. ¿No ibas a dejar que mi boca también se llenara de ti?
Diciendo esto se agachó, desabrochó mis pantalones, y los bajó hasta mis tobillos. Mi excitación se mostró como un bulto prominente en mis calzoncillos que ella liberó por unos instantes, atrapándola de nuevo con una de sus manos. La sensación de su tacto recorrió todo mi cuerpo arrancándome un suspiro. Ella mirándome y sonriendo empezó a metérsela en la boca, a recorrerla con sus labios, con su boca haciendo que entrase y saliese de su humedad. Yo no podía dejar de mirar cómo me devoraba, era lo más excitante que había visto en mi vida, la pasión con la que me chupaba, me comía hicieron que se pusiera mucho más dura. Cuando ella comprobó que ya había terminado su trabajo, que mi sexo estaba preparado y brillante con su saliva, se levantó, se sentó en la mesa de nuevo, sobre el tapete aún mojado por su excitación y me atrajo hacia si, atrapándome de nuevo entre sus piernas.
- Ahora fóllame. Fóllame hasta que nos corramos y dejemos este sórdido lugar entrelazados en ese orgasmo que tu sexo me ha prometido.
Coloqué mi pene sobre su humedad, empecé a frotarlo suavemente y a separar sus labios poco a poco, para abrirme paso y sentirla a mí alrededor. Notaba cómo se abría, como palpitaba al contacto de nuestras pieles, así que, ayudado por sus piernas entré completamente en su interior y comencé a moverme, entrando y saliendo al ritmo que marcaba su cuerpo arqueado sobre la mesa de billar. La sensación de su humedad se repartía por mi pubis, mis testículos y me hacía moverme de forma descontrolada, salvaje. Sus piernas se colocaron en mis hombros estrechando así más su entrepierna y apretando mi sexo en su interior. La sentía tan intensamente que pensaba que explotaría de un momento a otro. Separé sus piernas y la atraje hacia mí, deseaba besarla y devorar sus labios. Así con sus brazos entrelazados a mi cuello, sus pechos apretados contra el mío y nuestras bocas atrapadas en un beso estático, nos follamos salvajemente, con los últimos movimientos que nos llevaron a un orgasmo intenso, ardiente, húmedo y explosivo.
Así nos quedamos, atrapados nuestros cuerpos, en el calor del placer y en la humedad que empapaba el tapete verde que había adquirido un color más oscuro con la forma del culo de mi amante.
Nos separamos con un beso que no quería abandonar. Nos vestimos recogiendo la ropa del suelo y nos recompusimos lo mejor que pudimos para sentarnos, abrazados y discretos, en los sofás e intentar recuperar el aliento perdido en la boca del otro.
Así permanecimos un rato, abandonados al calor del cuerpo del otro y del contacto de su ardor. Su cabeza descansaba sobre mi pecho y mis brazos la rodeaban mientras su Dulce olor me llenaba y me enternecía, aumentando el recuerdo de la pasión y de los olores sentidos momentos antes.
- Al final no hemos terminado ni la partida, ni las bebidas. Tendremos que volver a vernos algún día para acabarlas.
- No lo dudes. Pero tampoco tenemos porqué acabar el juego que hemos empezado en la mesa.


