lunes, 19 de mayo de 2008

Sueños compartidos X


Creedme cuando os digo que no debeis subestimar el Poder para Sorprender que poseen algunas personas. Siempre podeis tener la suerte de encontrar a alguien sorpendente que os regale sonrisas, historias, palabras y alguna que otra noche en la que el silencio os rodee y que se vuelva misteriosa y divertida gracias a su visita. Por ello, esta historia, está dedicada a una de esas personas especiales que por desgracia no abundan y que tengo la suerte de haber encontrado.



Juegos de Mesa.



No acostumbro a pasar mis tardes en los bares, pero esa tarde, decidí olvidarme de mis obligaciones diarias y pasarme por un nuevo local que habían abierto en mi barrio. La verdad es que hacía mucho tiempo que nadie montaba un bar allí ya que los talleres de confección y venta al por mayor de ropa, habían acaparado todos los locales de la zona y todo el mundo, atraído por las promesas del negocio fácil y, al parecer, por la cantidad de dinero que se manejaba en estos negocios, o había montado una o había vendido el local que tenía. Así que, en parte, atraído por esta novedad, me decidí a pasar la tarde allí.

Al entrar me encontré con un sitio oscuro, aunque agradable. A pesar del poco tiempo que llevaba abierto ya tenía algún que otro parroquiano afincado en la barra. En el ambiente flotaba una melodía de jazz, en la que un pianista, hacía viajar sus dedos rápidamente por las teclas, fraseando de forma atónica, mientras era acompañado por un saxo omnipresente que contestaba cada una de sus improvisaciones. Me quedé cierto tiempo parado disfrutando de la música y observando la decoración de ese nuevo lugar. Por lo que podía ver, todo era de madera, dándole un aire antiguo y acogedor. Unas lámparas, detrás de la barra y unas pequeñas velas en cada una de las mesas eran la única iluminación. Al fondo había una especie de salón-reservado, separado del resto del local por una mampara, también de madera, en el que se veían unos sofás y por encima de la mampara distinguí unas cadenas y los cables de una lámpara que bañaba el suelo del reservado con una luz cálida.

Después de pedirme una cerveza en la barra y de cruzar un par de frases de cortesía con el camarero, me dirigí a aquel apartado distraídamente, dispuesto a investigar su composición y la comodidad de aquellos sofás.

Al franquear la mampara, descubrí el sentido de aquella lámpara, ya que no sólo iluminaba el reservado, sino también una mesa de billar americano que habían colocado en medio de los sofás. Me quedé un poco parado al encontrarme con una chica, jugando sola al billar, pero ella levantó la mirada y con una sonrisa que me desarmó, me invitó a acompañarla.

- ¿Quieres jugar? Llevo ya unas cuantas partidas y aunque me guste, es mucho más divertido competir y compartir el juego.

La verdad es que no se me da demasiado bien, pero nunca se debe denegar una invitación como aquella y con un “Por supuesto” cogí un taco y me preparé para jugar a lo que fuese mientras ella colocaba las bolas en el triángulo y posicionaba la bola blanca para empezar a jugar. Como un buen caballero le ofrecí romper, y ella acepto mi oferta y se colocó sobre el tapete apuntando con decisión hacia el centro del triángulo.

En esa posición no pude evitar desviar mi mirada a su escote, que se ofrecía sobre el verde del tapete y que, gracias a la excusa de observar como jugaba, podía mirar sin disimulo. Ella levantó la mirada, sonriendo y mirándome directamente a los ojos lanzó un “¿Preparado?” a la vez que lanzaba la bola blanca para romper la formación del resto de bolas y repartirlas por todo el tapete.

Me quedé sorprendido por la fuerza con la que había abierto la partida, pero esa sorpresa no pudo borrar la huella de su mirada en mi memoria. Esos ojos, en ese breve momento, se habían grabado en mí. Su brillo, el color verde intenso, la forma de mirarme, me pareció tan sensual que casi me quedo paralizado y no reaccioné hasta volver a oír su voz.

- Ya van dos lisas, así que a ti te tocan las rayadas, parece que he empezado la partida con suerte.

Volví de mi ensoñación en el momento en que se acercaba a mí para pasar al otro lado de la mesa y así acceder con facilidad a la siguiente bola que tenía que introducir en la tronera. Si antes me había embobado mirando su escote, el sueño que se me ofrecía de sus caderas y su culo desde esa posición, agachada igualmente sobre el tapete, no era menos turbador. Empecé a notar que la excitación provocaba una incómoda presión en mi pantalón y en mi mente me repetía incesantemente que debía retirar esa ideas de mi cabeza, que aquello sólo era una partida de billar. Así en ese combate de titanes me encontró ella, justo cuando se dio la vuelta, para celebrar una nueva jugada con éxito, y nuestros ojos conectaron inmediatamente como anclados por un campo magnético.

Aún ahora no me puedo explicar la razón de mi forma de actuar, pero sin pensarlo dos veces, me lancé hacia su boca y nuestros labios se enzarzaron en la lucha que habíamos pretendido jugar al billar. Siempre me ha sorprendido el valor de las personas que mantienen relaciones sin un conocimiento previo de la persona que tienen en sus brazos y nunca he sido de esas personas (puede que la inseguridad o el miedo al fracaso sea una de las razones) pero aquella tarde, en aquel lugar, frente a aquella mujer, no pude resistir la tentación y las ordenes de mi cuerpo. Para mi sorpresa, ella tampoco se retiró, me abrazó atrayéndome más hacia su cuerpo. Podía notar su pechos clavándose en el mío, como pugnado por salirse de ese carcelero que era su camiseta. Sus manos atraparon mi culo echándome hacia delante y pegando mi erección a su vientre. Movidos por este impulso la arrastré hacia la mesa de billar y ayudándome de mis manos la subí sobre la mesa y enlacé su piernas a mi cintura.

Nuestras lenguas se buscaban, se enfrentaban y nuestras bocas se mordían se atrapaban y compartían el calor de nuestra excitación. Mientras, ayudado por sus piernas empecé a moverme, frotando nuestros sexos excitados detrás de las barreras de tela que formaban nuestra ropa. Mis manos, envidiosas, no podían estar quietas y así la despojaron de la camiseta, dejando a la vista los pechos que su escote me había insinuado y que superaban mi imaginación. Estaban duros, los pezones mostraban la excitación de su cuerpo y se movían temblorosos acompañando su respiración agitada. Besé su cuello, lo lamí, lo mordí suavemente y comencé a bajar por su piel hasta llevar mi boca a sus pezones. Mi lengua se volvió loca al sentir su dureza, su sabor, su rebeldía al intentar atraparlos. Ese juego sólo hacía que se endurecieran más y arrancaba gemidos de placer de su garganta. Atrapé sus pechos entre mis manos estrujándolos, mientas seguía chupando, lamiendo y mordiendo sus pezones, hasta que apartando mi cabeza, la levantó y me susurró al oído.

- Para, para un momento o conseguirás que me corra antes de empezar a disfrutarte en mí.

- Me encantaría lograrlo, pero tienes razón, esperaremos. Aunque no deseo parar de hacerte sentir.

Me agaché, de rodillas y le pedí que levantase su falda, que se encontraba enrollada al borde se sus braguitas. Ella bajó de la mesa para desabrochar y dejar caer su falda al suelo.

– Mejor así. ¿No? – dijo sin dejar de mirarme a los ojos.

Sonreí asintiendo y entonces paré sus manos que empezaban a bajar las braguitas, sumando a mi gesto la negación con mi cabeza. Conseguí convencerla y dejándoselas puestas volvió a sentarse en la mesa de billar. Me acerqué a ella poco a poco, besando sus rodillas, sus piernas y aproximándome a su humedad trazando el camino con mi lengua, para no perder el sentido. Sus piernas se cerraban un poco más a medida que avanzaba atrapándome y transmitiéndome su calor. Al fin las colocó sobre mis hombros y le pedí que apartase sus braguitas y que me diese su sexo.

Con un dedo, apartó la tela ya empapada ante mi cara. Yo no dejé de mirar toda la acción y saborear el momento. El olor de su sexo invadía mi mente, lo tenía tan cerca, tan excitado, tan húmedo, tan sabroso… Así acerqué mis labios a los suyos, me empapé en ella y mi lengua comenzó a jugar en su interior. Separaba sus labios de abajo a arriba, me paraba en su clítoris trazando círculos con la punta y apretándolo, mezclando mi saliva con su flujo. Mi cara estaba empapada, mi barbilla, la madera y el tapete se estaban mojando con su excitación a medida que ella se convulsionaba al ritmo de mis lametones y mis besos. Sus piernas se apretaban más y más, yo no quería dejar de beber en ella, pero me apartó con sus manos, parando esa locura de golpe. Me hizo levantarme y besó mi boca aún con su sabor chorreando por mi barbilla.

- Ahora me toca a mí. No vas a ser el único en disfrutar de tener la boca empapada. ¿No ibas a dejar que mi boca también se llenara de ti?

Diciendo esto se agachó, desabrochó mis pantalones, y los bajó hasta mis tobillos. Mi excitación se mostró como un bulto prominente en mis calzoncillos que ella liberó por unos instantes, atrapándola de nuevo con una de sus manos. La sensación de su tacto recorrió todo mi cuerpo arrancándome un suspiro. Ella mirándome y sonriendo empezó a metérsela en la boca, a recorrerla con sus labios, con su boca haciendo que entrase y saliese de su humedad. Yo no podía dejar de mirar cómo me devoraba, era lo más excitante que había visto en mi vida, la pasión con la que me chupaba, me comía hicieron que se pusiera mucho más dura. Cuando ella comprobó que ya había terminado su trabajo, que mi sexo estaba preparado y brillante con su saliva, se levantó, se sentó en la mesa de nuevo, sobre el tapete aún mojado por su excitación y me atrajo hacia si, atrapándome de nuevo entre sus piernas.

- Ahora fóllame. Fóllame hasta que nos corramos y dejemos este sórdido lugar entrelazados en ese orgasmo que tu sexo me ha prometido.

Coloqué mi pene sobre su humedad, empecé a frotarlo suavemente y a separar sus labios poco a poco, para abrirme paso y sentirla a mí alrededor. Notaba cómo se abría, como palpitaba al contacto de nuestras pieles, así que, ayudado por sus piernas entré completamente en su interior y comencé a moverme, entrando y saliendo al ritmo que marcaba su cuerpo arqueado sobre la mesa de billar. La sensación de su humedad se repartía por mi pubis, mis testículos y me hacía moverme de forma descontrolada, salvaje. Sus piernas se colocaron en mis hombros estrechando así más su entrepierna y apretando mi sexo en su interior. La sentía tan intensamente que pensaba que explotaría de un momento a otro. Separé sus piernas y la atraje hacia mí, deseaba besarla y devorar sus labios. Así con sus brazos entrelazados a mi cuello, sus pechos apretados contra el mío y nuestras bocas atrapadas en un beso estático, nos follamos salvajemente, con los últimos movimientos que nos llevaron a un orgasmo intenso, ardiente, húmedo y explosivo.

Así nos quedamos, atrapados nuestros cuerpos, en el calor del placer y en la humedad que empapaba el tapete verde que había adquirido un color más oscuro con la forma del culo de mi amante.

Nos separamos con un beso que no quería abandonar. Nos vestimos recogiendo la ropa del suelo y nos recompusimos lo mejor que pudimos para sentarnos, abrazados y discretos, en los sofás e intentar recuperar el aliento perdido en la boca del otro.

Así permanecimos un rato, abandonados al calor del cuerpo del otro y del contacto de su ardor. Su cabeza descansaba sobre mi pecho y mis brazos la rodeaban mientras su Dulce olor me llenaba y me enternecía, aumentando el recuerdo de la pasión y de los olores sentidos momentos antes.

- Al final no hemos terminado ni la partida, ni las bebidas. Tendremos que volver a vernos algún día para acabarlas.

- No lo dudes. Pero tampoco tenemos porqué acabar el juego que hemos empezado en la mesa.

Nos levantamos, pagamos las cervezas sin que ninguno de los habitantes del bar nos prestase atención. Y de la mano nos fuimos a mi piso a esperar en la cama lo que nos deparase el día siguiente.

domingo, 11 de mayo de 2008

Sueños compartidos IX

No se si todas las personas famosas habrán tenido esa extraña sensación de estar destinados a algo. A veces todos sentimos que nos atrapa el destino y que nos lleva por un camino que no es el que deseamos, que nos precipitamos hacia el final que alguien ha escogido para nosotros. En una vida sencilla los cambios son sencillos, pero cómo debe ser tener esas responsabilidades en una vida relevante para la historia del mundo?

Damian

¡Menuda mierda! Tengo 9 años y me he pasado toda mi vida encerrado en casa leyendo y jugando con mis muñecos. Nunca me ha gustado mucho jugar con otros niños, siempre me han parecido salvajes en sus juegos y burdos en sus conversaciones.

Mis padres nunca me han obligado a hacer nada que no quisiera y siendo ellos dos eminencias en sus profesiones, que me interesase más por la lectura que por el fútbol, más bien les resultaba gratificante.

Hace un año, concretamente el 6 de junio del 2005 mis padres decidieron mudarse, pero a lo grande. Dejamos la mansión de la familia en Nueva York y con todo, nos trasladamos a Inglaterra a una pequeña población llamada Wessex. Les ofrecieron trabajar en un hospital de nueva construcción como directores, cada uno de su campo. El traslado no fue traumático, tal y como me repetía mi psicólogo, en realidad no tenía muchas cosas que me ligaran a Nueva York. Así que me encontré en la campiña inglesa rodeado de tonos grises y lluvia con más curiosidad que desasosiego.

Debido al trabajo de mis padres, que les ocupaba gran parte de su tiempo, empecé a estudiar en un internado inglés clásico. Había leído alguna vez sobre ellos y en más de una película había visto imágenes. Ciertamente siempre pensé que en pleno siglo XXI estos sitios no existirían, pero al encontrarme allí fui descubriendo que lejos de desagradarme, la mayoría de mis compañeros se sentían enjaulados, ese era el sitio donde debería haber pasado mi infancia desde el principio. En el se podían sentir los siglos de enseñanza y de miles de mentes que habían pasado por allí. Notaba como si la atmósfera estuviera cargada con los pensamientos acumulados durante siglos y pudiesen ser absorbidos según las necesidades.

Me pasaba las horas libres en la biblioteca devorando libros, tratados, códices y miles de tomos antiquísimos que nunca podría haber disfrutado en Norte América. Gracias a mi profesora de historia, la señorita Shatner, una solterona, que tenía una gran facilidad para memorizar datos y una pasión inhumana por los hechos de la antigüedad, sólo comparable a su incapacidad para las relaciones sociales, empecé a descubrir datos muy curiosos sobre las modificaciones que ha sufrido la historia dependiendo de quien ha sido su cronista. Grandes hechos relevantes quedaban ocultos al reeditar alguno de los tomos que recopilaban las historias de una época, porque en ese momento no era adecuado mencionar esos hechos.

Así me sumergí en el estudio de los evangelios, tema favorito de mi profesora, porque es el registro que más modificaciones ha sufrido a lo largo e la historia. Durante todo este año he revisado, códices, Biblias, tratados de teología y miles de referencias a la historia antigua de la humanidad y de todas sus civilizaciones. He aprendido a interpretar las cábalas y el Talmud, a leer el Alto Corán y el gran libro de Buda. Así consultando con mi profesora y después de rehacer miles de cálculos revisándolos otras miles de veces he llegado a una conclusión apabullante. ¡Soy el Anticristo y he de empezar el Fin del Mundo este mismo año!

La de veces que he escuchado decir a las madres de mis excompañeros de clase americanos: “Mi hijo es un verdadero Demonio”. Yo que les creía unas bestias salvajes fuera de cualquier redención, ¡resulta que tengo que destruir el mundo! A veces el destino es un verdadera Mierda. No es que me fastidie mucho la idea, en realidad el resto de personas me dan un poco igual y su destino no es algo que me preocupe, pero sólo de pensar en el montón de trabajo que me espera, me dan ganas de pasarle ese deber a otro.

Por supuesto todas esas chorradas que se pueden leer en El Apocalipsis de las Bestias que vendrán a destruir la tierra sólo son cuentos para asustar a los niños y a los creyentes, yo y sólo yo tengo que liarme a destrozar este planeta a dominar los gobiernos y a hacerme con el poder de todo, para llevar a la humanidad al fin que programó ese Dios que está tan alejado de todo que ni siquiera se opondrá a mis planes.

Así que por eso, me encuentro aquí, escribiendo mi historia, para buscar ayuda. Pensaba poner un anuncio, pero todos los periódicos se reían al escuchar a un niño de 9 años intentar buscar ayuda para el fin del mundo. Por eso todos los que deseen dominar al resto de la humanidad que se pongan en contacto conmigo y formaremos el ejercito del Armageddon.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Sueños compartidos VIII

Seguro que todos hemos sentido alguna vez la intensa sensación de observar sin ser observados, de disfrutar intensamente de ese anonimato que nos da la distancia y sin embargo sintiéndonos tan cerca de la persona observada que incluso con suerte podemos sentir los olores y los sonidos que la rodean. Y desde lejos nos sentimos parte de su vida sin permiso, sin consentimiento pero robando pequeños momentos de esa persona que llega a ser especial...

Un Capuccino

Un capuccino, en vaso pequeño, con aroma de vainilla. En el lateral del vaso de papel blanco hay escrito con rotulador negro “Mª José”. Eso es lo que siempre pide la chica de mis sueños.

Desde mi rincón preferido observo cómo se dirige al pequeño mostrador donde se encuentran las varillas para mover el azúcar y los diferentes tipos de aderezos que ofrece esta cafetería. Ella siempre abre la tapa del vaso y echa dos sobres de azúcar de caña, después, encima de la crema del capuccino, siempre espolvorea un toquecito de nuez moscada. Vainilla, café y nuez moscada, a mi mente acude el recuerdo de estos tres aromas entremezclados con su imagen, también intensa y dulce.

Cada día a estas horas la cafetería está casi vacía y ella siempre se suele sentar en el mismo sillón, uno violeta y con pinta de muy cómodo que queda en perfecta diagonal con el que yo ocupo y que me permite observar a distancia su belleza. Su pelo moreno largo y ondulado descansa cariñoso sobre sus hombros, con un gesto acostumbrado su dedos lo apartan de su cara y lo sujetan detrás de su oreja ayudándome a observar su rostro y su gestos cotidianos que la hacen tan especial. Dejando el vaso sobre la mesita, abre el maletín que tiene al lado y saca su ordenador portátil. Esta cafetería tiene conexión Wi-Fi y muchas personas que trabajan por los alrededores vienen a hacer tiempo y hasta negocios aquí de forma tranquila. La observo cómo con mirada concentrada espera a que el ordenador se encienda y una vez que el fondo de escritorio, un cartel de la película “Corpse Bride” y los iconos se muestran, dirige su puntero, como cada día, al icono de Outlook. Todas las mañanas comprueba la bandeja de entrada de su correo, hay mañanas que lo cierra inmediatamente, pero a veces una de las negritas que aparecen, hacen que una ligera excitación recorra su rostro iluminando sus ojos oscuros y haciendo que olvide su entorno y se adentre en la lectura de los mensajes.

Mientras lee los mensajes nuevos va moviendo su capuccino con una de esas cañitas verdes que tienen aquí, normalmente casi todo el mundo utilizamos unos palitos de madera largos que tienen en vez de cucharas, pero ella siempre coge una cañita que después de haber utilizado para mover el azúcar en su bebida mordisquea de forma nerviosa. No puedo dejar de mirarla, su rostro iluminado por el reflejo de la pantalla del portátil y por la ligera alegría que le transmite el mensaje que está leyendo, una sonrisa se dibuja en su cara y un ligero rubor decora sus mejillas, le encanta que la sorprendan con historias intercaladas en medio de los mensajes laborales diarios.

Después de leer los mensajes, con la sonrisa sin irse de su boca, se dispone a contestar a las palabras que la han saludado en la mañana, viendo con que pasión escribe me encantaría ser el destinatario de esos mensajes y conservar sus ideas atesoradas en mi mente. Una ves acabado el mensaje y enviado de reclina en el sillón, cierra los ojos y respira profundamente, al abrir los ojos su rostro se ha liberado y aparece relajada y libre de presiones, es como si sólo con ese pequeño instante hubiese alcanzado un estado de paz increíble y a partir de entonces comience una nueva etapa del día. Relajada va bebiendo poco a poco de su capuccino saboreando y disfrutando de la mezcla de sabores. Cuando el liquido toca sus labios también cierra los ojos, como queriendo reforzar con ese acto el estado de tranquilidad. Si por un momento mis labios pudiesen tocar los suyos, los dos con los ojos cerrados sólo transmitiéndonos paz a través de un beso eterno.

Siempre acabo pensando lo mismo y me sorprendo a mi mismo cerrando los ojos e imaginándome el tacto de su boca en la mía y la una sensación de paz al notar el calor de su cuerpo envolverme. Imagino sus manos cogiendo las mías y cómo sus dedos recorren mis palmas dibujando líneas interminables y anunciándome sus dulces caricias. Con un suspiro de excitación abro los ojos y como cada día ella ya no está sentada en el sillón y como cada día me pregunto si todo ha sido real o sólo ha sido un sueño provocado por los aromas que se mezclan en el ambiente y que invaden mis pensamientos.

viernes, 2 de mayo de 2008

Sueños Compartidos VII



A veces nos pasa que nos sentimos avandonados, desvinculados del resto del mundo, como si la necesidad de pertenecer a algo estuviese arraigada en nuestro interior, como si estar en este mundo no fuese suficiente para hacernos sentir vivos. Y a veces, con una sonrisa de la suerte alguien nos mira, nos acompaña, nos besa o nos hablar haciendo que deseemos pertenecerle, desligarnos de la tierra a la que estamos anclados y ser por fin una ser gracias a su atención hacia nosotros.




Una Piedra

Seguro que más de uno ha estado por la calle y algún día se ha sentido totalmente ajeno al resto de personas que andan frenéticamente día tras día, con destinos prefijados e intentando adelantarse a su tiempo, para poder ganar unos minutos más de vida. Seguro que muchos os habéis sentido observados mientras estabais ahí. A veces con miedo o desconfianza y a veces con curiosidad por vuestro aspecto o vuestra forma.

Pues a mí eso nunca me ha pasado. Siempre suelo pasar inadvertido. Las personas pasan a mi lado y nunca noto que su mirada se pasee por mi ni un segundo. Nunca me han mirado, pocas veces siquiera me prestan atención y si alguna vez un despistado tropieza conmigo se va soltando improperios, pero generalmente sin disculparse siquiera.

Siempre estoy en un gran parque, del centro de mi ciudad, cerca de una esquina de dos de sus caminos de tierra, por donde pasan muchas personas haciendo footting y desde donde puedo mirar a los niños que acuden a jugar al parque cada mañana y cada tarde.

Pero sé que algún día eso cambiará. Sé que ese día está cerca. Algún día uno de esos niños se acercará y se subirá encima de mí. Algún día ese niño jugará a que soy una nave espacial, un barco pirata o un coche de carreras y desde ese día dejaré de ser una piedra del parque. Desde ese día seré algo más y viajaré llevando a los niños sobre mí y las personas que se apoyan en mí para atarse los zapatos mirarán donde han puesto el pie y sonreirán porque ya no me verán como otra piedra cualquiera del parque.

¿Sabéis porqué sé que eso va a cambiar? Pues porque esta mañana, un chico, se ha parado delante de la esquina en la que estoy siempre, ha sacado una cámara de fotos y me ha hecho una foto, sólo a mí. Después se ha sentado sobre mí y ha empezado a escribir en su cuaderno. Sé que no debo ilusionarme, pero creo que esta vez es la definitiva.