domingo, 27 de abril de 2008

Sueños compartidos VI



A veces, sólo a veces una respiración lejana, un susurro en la mente hace que los sueños se enciendan que el calor del cuerpo pase a las manos y que los dedos viajen por las teclas sin control, automáticamente dejando su huella en las páginas con palabras encendidas, alteradas y soñadoras que evocan fantasías de viajes esperados, deseados y mil veces soñados...

Viaje en tren

Son la 8:30 y está lloviendo como si Noé hubiese acabado de construir su Arca. Además yo tengo la suerte de disfrutar de esta lluvia torrencial ya que no tengo nada mejor que hacer que estar en la calle corriendo hacia la estación de tren. Cargado con mi mochila llena de ropa y mi cámara de fotos. No es que me moleste mucho la lluvia, pero es que hoy hace daño al caer. Es de esas veces que llueve después de haber estado acumulando agua durante meses y de verdad que cae a conciencia. Por lo menos ya estoy cerca de un techo en el que refugiarme, unos metros y entraré en la estación.


No es una de esas estaciones inmensas en las que confluyen un montón de vías y no paras de ver gente pululando y acarreando su vida en pequeñas maletas de aquí para allá. Es una estación de pueblo, pequeñita en la que apenas hay sitio para las máquinas expendedoras un par de taquillas y las barras de acceso. El edificio es antiguo y la fachada es de hace dos siglos. Lo mejor es que, cuando entras, es como una especie de túnel a otro mundo, está poco iluminada y la mayor parte de los sonidos que llenan el ambiente proceden del pequeño bar que se encuentra en una nave anexa, construida hace poco, para que los viajeros tuviesen un sitio donde esperar. Al picar el billete y pasar las barras, cambias de ambiente y la luz del exterior te inunda, desde el andén mirando más allá de las únicas 4 vías que hay se encuentra el Mar e incluso esperando en los bancos del andén, si cierras los ojos y te concentras, oyes el sonido de las olas. No se si es porque soy mediterráneo o porque nací a una calle de aquí, pero es mi estación favorita y siempre la escojo cuando voy a hacer un viaje especial como este.


Espero pacientemente debajo del porche a que los altavoces de la estación insinúen que se acerca mi tren, llevan tantos años parloteando que creo que no necesitan que nadie hable por el micrófono del otro extremo. “Tariro, riro riro, riro riro” por la hora y el último “riro” intuyo que se refieren a mi tren, así que cojo mis bártulos y me preparo para salir corriendo en cuanto se pare y abra las puertas.


Uffff!, por fin dentro. A partir de ahora ya no me preocupo por la lluvia de fuera, ya estoy a salvo dentro del vagón del tren de cercanías que me llevará a mi primer destino. Voy al final del recorrido, donde haré una parada de un día recorriendo el bonito pueblo pesquero, para al día siguiente coger otro transporte que me lleve a los Pirineos. Mar y Montaña para hacer un buen reportaje fotográfico.


Como suelo hacer, siempre que viajo solo, llevo un libro y mi mp3 con los que me aíslo casi completamente del entorno. Casi siempre el madrugón vence a las ganas de leer y acabo cerrando los ojos y adentrándome en la música. Con los ojos cerrados y recostado en el asiento, puedes casi adivinar el tiempo ya que en cuanto abandonamos la nube la luz del sol, que empieza a coger fuerza en el este, traspasa mis parpados y me inunda la retina de un intenso color naranja. Hay que echar mano a las gafas de sol para poder relajarse al menos. Durante este lapsus, miro por la ventanilla a los pescadores que esperan pacientemente en las rocas con sus cañas inmóviles, parece que lleven toda la vida ahí esperando sentados a que el sedal les diga que ya pueden tirar de el.


Vuelvo a la oscuridad mientras suena “Depeche Mode” en mi cabeza y gracias al vaivén del tren entro en un estado de relajación que me lleva a quedarme totalmente dormido, ajeno a lo que pase a mi alrededor.


Después de lo que creo que han sido unos minutos, un olor delicioso me libera del sopor y me devuelve a la realidad. Con los ojos todavía cerrados me dedico a analizar el perfume que me envuelve. Cuando consigo recuperar la capacidad de análisis intento separar los diferentes tonos del aroma y descubro un fuerte olor a jazmín acompañado de sutiles gotas de otras flores que refuerzan el aroma principal, si mi olfato no me engaña, diría que se trata de un perfume de Cacharel “Anaïs Anaïs”, pero hay un toque final que no logro distinguir y que debe ser el dulce olor de la piel de la mujer que lo lleva.


Abro los ojos por fin y casi doy un bote en el asiento al ver a la dueña de ese perfume. Está sentada justo delante mío en un vagón casi vacío y me mira fijamente. No estoy muy acostumbrado a que se sienten a mi alrededor a no ser que el vagón este repleto de gente. No es que ocupe todos los asientos, pero digamos que no visto con pantalones de pinzas, polo Burberry’s y unos Martinelli’s. Casi siempre todos solemos prejuzgar a las demás personas por su aspecto físico y en mi caso siempre salgo perdiendo. A pesar de mi costumbre a distraerme divagando, los ojos que acompañan al perfume me vuelven a la realidad del vagón, me siento realmente incómodo, a pesar de estar protegido por las gafas de sol, noto cómo su mirada elimina todas mis barreras e intenta averiguar más. Disimuladamente recorro el rostro que acompaña a esos ojos profundos y descubro a una mujer muy atractiva. No es una muñequita de revista de moda de esas que parecen androides clonados, pero sus rasgos producen una atracción que evita que pase desapercibida. Su pelo negro y abundante enmarca unos rasgos sensuales, me detengo en su boca de labios carnosos y entreabiertos, creo que llevo una eternidad admirando sus labios tras mis gafas de sol cuando la mano del revisor me zarandea pidiéndome el billete, lo saco del bolsillo y se lo paso sin apartar los ojos de mi acompañante.


Este pequeño lapsus me hace plantear si no se me notará ese ensimismamiento y recupero un poco la compostura. Ella sigue mirándome, pero no quisiera hacer el ridículo por culpa de mi desbordada imaginación. Apoyo el brazo en la ventanilla y la cabeza en la mano adoptando una posición distraída, pero sin dejar de mirar a la dama que acapara mi atención. Sigo mi recorrido y descubro su cuello y sus hombros, gracias a que aún no se ha ido el verano los hombres podemos disfrutar de las camisetas de tirantes y de los cuerpos que casi no se pueden ocultar tras ellas. Descendiendo descubro unos pechos bien proporcionados y que desafían a la gravedad, supongo que será a causa de los avances de la cirugía, pero si se consiguen estos resultados no me extraña que tengan tanto éxito. Creo que me he puesto colorado al mirar sus pechos, porque al notar el calor en mis mejillas he vuelto a mirar su cara estaba sonriendo. Dios mío que vergüenza!! Tengo que escapar de este bochorno!! Cojo mi bolsa y me levanto para ir al lavabo. Antes siempre dejaba las cosas al lado del asiento, pero después de la desaparición de otra mochila mi pequeño paquete de vida no se separa de mi nunca.


En el lavabo me mojo la cara y la cabeza, cómo puedo ser tan descarado?? Seguro que piensa que soy un Freaky salido, de esos que leen Manga erótico y no salen de su casa todo el día masturbándose con pelis porno. Menuda imagen, si ahora aparezco con la cara mojada además pensará que he tenido que bajar el calentón!!. Casi mejor me quedo encerrado en el lavabo durante todo el viaje, voy al final así que cuando el tren se quede parado un rato podré salir.


Después de auto flagelarme mentalmente durante un rato, decido salir y enfrentarme a los hechos, posiblemente sólo se lo ha tomado como un piropo, una mujer así debe estar acostumbrada a que la miren. Puedo sentarme y cerrar los ojos, así no volverá a pasar y pronto dejará de tener la importancia que yo le doy.


Hecho un manojo de nervios envalentonado abro la puerta del lavabo y el corazón me da un vuelco cuando descubro que ella está justo delante de mí. Agacho la cabeza e intento salir lo más rápido posible, pero su mano me sujeta por el pecho y me empuja de nuevo hacia dentro. Cierra la puerta detrás suyo y los dos nos encajamos en ese estrecho habitáculo, nuestros cuerpos están pegados el uno frente al otro y no para de mirarme a los ojos, nuestras respiraciones se entrecruzan en el escaso espacio que existe entre su boca y la mía. Intento hablar pero en cuanto voy a abrir los labios ella los sella con un beso. Creo que me voy a desmayar el corazón me va a mil y el contacto con su labios carnosos no hace más que acelerarme más.


Cuando está segura de que me ha dejado totalmente KO, pasa sus brazos a mi espalda rodeándome y acerca su boca a mi oreja. Siento su voz susurrándome al oído.-“Tranquilo, se lo que has pensado ahí fuera. Tus pensamientos han activado mi mente y mi cuerpo. No creas que esto es muy normal para mí, pero necesito sentirte”.- No doy crédito, sus dientes se cierran en el lóbulo de mi oreja y sus pechos se aprietan, si es posible, cada vez más, contra mi pecho. Un escalofrío recorre mi espalda cuando su lengua baja de mi oreja a mi cuello. No puedo reaccionar, ella controla totalmente la situación y yo sólo me dejo llevar, mis manos están apoyadas en la pequeña encimera del mini lavabo y las suyas abandonan mi espalda para dirigirse a mi cinturón. El clip rápido del cinturón y las dos tallas de más de pantalón que suelo llevar facilitan que, en dos segundos, esté en calzoncillos y atrapado. La erección es innegable y su mano la agarra rápidamente sin ni siquiera tener que bajar la vista. Al sentir su mano doy un respingo de sorpresa y ella emite un gemido de satisfacción y triunfo. Al contrario de lo que yo esperaba (un polvo salvaje y rápido en un lavabo de tren) mi dama se toma su tiempo, me acaricia y me recorre el cuerpo lentamente, me quita la camiseta y me descubre cada poro de mi piel con la yema de sus dedos y después con su lengua. Cada vez estoy más excitado y su respiración aumenta cada vez más de ritmo. Después de unos infinitos momentos de placer, provocados por sus caricias, me abraza fuertemente con una mano y con la otra desabrocha su pantalón de lino blanco dejando a la vista un tanga minúsculo. Miro hacia abajo y veo las formas de su culo, deseo estrujarlo entre mis dedos, pero estoy totalmente dominado y guiado por sus deseos. Noto como saca mi excitación por la bragueta del bóxer y después de apartar su tanga la introduce entre sus piernas. Noto su humedad, eso me hace enloquecer, se ha puesto así de caliente con sólo acariciar y besar mi cuerpo. Sin salir de mi locura siento el abrazo de sus piernas empapándome y haciendo que mi pulso alcance un ritmo bestial. Cuando creo que voy a explotar noto su mano que agarra mi erección y la dirige directamente a su sexo, después me agarra las dos manos y me atrae hacia la puerta del lavabo, a escasos 20cm de donde estábamos, la levanto cogiéndola del culo y ella cruza sus piernas alrededor de mi cuerpo. Su espalda se apoya en la puerta y con un movimiento de caderas nos unimos en una penetración que si no es por un beso abría oído todo el vagón.


Comenzamos un movimiento lento y rítmico, ayudados por el vaivén del tren, nuestros cuerpos están fundidos en sudor y placer, nuestras bocas no paran de buscarse y morderse. No tengo ninguna prisa en que esto acabe ni busco eyacular como en muchas otras relaciones, disfruto de cada segundo en que estoy dentro de ella, gozándola y dándole placer. Ella me lo agradece con sus movimientos, sus gemidos, sus besos y sus mordiscos. Con una mirada los dos aumentamos el ritmo y nuestros cuerpos empiezan a aumentar la temperatura y el placer. Me noto a punto de estallar y como mi amante se convulsiona de placer. Después de una eterna carrera rítmica de placer alcanzamos un orgasmo caluroso, sudoroso y muy húmedo. Siento mi pubis empapado en su flujo y todo mi orgasmo en su interior.


Nos quedamos así unidos en la penetración besándonos con amor si separar nuestros labios y nuestras lenguas. Podría morir ahora mismo y quedarme hasta la eternidad fundido a ella, cuando una fuerte sacudida me saca de mi sueño.


Estoy sentado en el vagón semivacío, con el brazo apoyado en la ventanilla y la cabeza en la mano, la dueña del perfume sensual ya no está delante de mí, debe haberse bajado hace un rato. Recupero la dignidad y el calor de mis mejillas disminuye al mismo ritmo que mi erección. Al colocarme en el asiento descubro un papel que cae de mi regazo, lo despliego y en él hay dibujada una media Luna y al lado junto a un beso de carmín una dirección de e-mail.

viernes, 25 de abril de 2008

Sueños compartidos V


La tarde del 23 de abril caminaba de camino a mi Madriguera. Venía de intentar conseguir dinero (ese Amo despreciable e infiel que nos obligan a obedecer) y durante el paseo no paraba de ver puestos en los que se vendían rosas y me cruzaba con personas que portaban una rosa envuelta en papel de celofán, con un par de espigas. De repente sin apenas pensarlo, una historia se fue formando en mi cabeza, puede que rompa con las tradiciones de mi "país" al negar el protagonismo de San Jorge pero porqué debemos creer esa tradición y no cualquier otra?

Familia de Rosas.

Recuerdo una historia que me contaron hace mucho tiempo. En un país del este, en el tiempo en que las historias no se escribían y que se transmitían generación tras generación, había una familia formada únicamente por mujeres. Ninguna había estado casada pero siempre encontraban la manera de que su familia continuase y transmitir la herencia de madres a hijas.

Eran conocidas por todos los habitantes de la ciudad en que vivían y algunos incluso las temían tachándolas de brujas y endemoniadas por su singularidad y porque practicaban la medicina. Habían ayudado siempre a todo el mundo que se lo había pedido sin cobrar nada por ello y vivían de comerciar con el pobre resultado de la granja donde habían vivido desde tiempos remotos.

Cuentan que siempre que una de las niñas de esa familia llegaba a la edad adulta, se ausentaba durante tres años y después de este período volvía con su madre a la casa de la familia y continuaban con su vida de forma normal, como cada día hasta entonces. No tenían mucha relación con las personas de la ciudad, apenas salían de su granja salvo para ir al mercado y vender sus productos o en la celebración del solsticio en la que todos los ciudadanos se juntaban para celebrar la creación de la primera casa de la ciudad con el esqueleto de un dragón.

Como en todos los lugares, donde hay personas que se comportan de manera inusual, había un montón de leyendas, mitos y hechos fantásticos que se atribuían a esta familia de mujeres. Uno de los que más llamó mi atención era el que explicaba la razón de esta ausencia de tres años y el porqué sólo se relacionaban con el resto del pueblo una vez al año.

Se decía que estas mujeres, al llegar a la edad adulta, adquirían un extraño poder que a su vez era la maldición que les hacía comportarse de esa manera tan aislada. Contaban que durante esos tres años un terrible cambio les ocurría a las niñas y que es su brazo derecho les salía una especie de marca de nacimiento en la piel. Esta marca, apenas visible días después del solsticio, se iba definiendo acentuando sus formas y resaltando a lo largo del año que transcurría hacia el siguiente solsticio. Esta marca, que según contaban los pocos que aseguraban haberla visto, tenía forma de rosa. Una rosa con un capullo cerrado y cuyo tallo, plagado de espinas, se enroscaba alrededor de su brazo hasta el codo.

Parece ser que un día antes del solsticio, unos dolores terribles les hacían palpitar la marca y su piel se tornaba roja y ardiente. Así, la misma noche del solsticio, como si de una floración se tratase, la marca de en la palma de su mano se habría y de ella salía una hermosa y olorosa rosa roja como la sangre. Esa misma noche, durante las fiestas y el baile, siempre caminaban entre las gentes y los hombres no podían evitar girarse y mirarlas embobados atraídos y embelesados por la fragancia de esa flor. Dicen que esa noche, ese efecto respondía a la necesidad de perpetuar su familia, así que estaban obligadas a seducir a un hombre, atraerlo y conseguir que las poseyera para ser fecundadas con su semilla. A este hombre debían entregarle la rosa como única prenda que arrancaban de su piel con gran sufrimiento, tirando poco a poco y resistiendo los desgarros que les causaban las espinas al desplazarse en su interior. Esa noche era la decisiva en sus vidas, esa noche se aseguraban la continuación de su familia y la perpetuación de su familia, de su tradición y también de esa terrible maldición.

Se creía que si en esa noche, el destino, el miedo al dolor o la negación de su destino les impedía ser fecundadas por un barón les sería imposible desprenderse de la rosa y con ella se marchitarían y morirían sin remedio. Si cumplían con su misión a los nueve meses nacía una niña, dulce y bella, con la piel rosada y los ojos grandes y verdes como su madre y su abuela. Así la familia continuaba con sus costumbres y aisladas sin que el padre de las chicas recordase nada gracias al hechizo del aroma de la rosa.

A veces, los secretos sólo son secretos y las historias sólo historias pero no sería maravilloso que algunas fuesen verdad?

miércoles, 23 de abril de 2008

Sueños compartidos IV


Una tarde, ya habiendo oscurecido, paseaba por Barcelona compartiendo risas, abrazos, sueños, palabras, mordiscos y caricias. Iba parando en cada uno de los escaparates y mirando cada uno de los artículos expuestos, comentándolos con Deliciosa devoción. Unas ideas curiosas acudieron a mi cabeza al ver maniquíes en tiendas de ropa con corsés tejanos, con corpiños ajustados a la cintura y con tirantes y cintas de cuero adornando la ropa más fashion de la temporada. Empecé a pensar que la parafernalia del BDSM se iba colando poco a poco en nuestras sociedad y que sin que los profanos se dieran cuenta sólo por ir a la moda, se encontrarían abocados a un mundo de placeres que hasta ahora les parecían depravaciones.
La culminación de todos estos pensamientos fue al ver un traje de novia en una tienda muy famosa. Sólo era una foto, pero consistía en un vestido ceñido al cuerpo desde debajo de los brazos hasta las rodillas y ajustado con un encordado cruzado en la espalda de la misma manera que un corsé, Las piernas se tapaban con una falda de gasa que también formaba la cola.
Esta imagen nos hizo pensar en una impensable posibilidad, ¿cómo sería una boda BDSM? No un acuerdo privado, entre dos amantes, no un pacto entre am@ y esclav@, sino una boda pública con invitados, música, toda la familia y amigos....

La Boda


Toda la catedral está esperando. De pie, junto al altar se encuentra el novio, nervioso, deseoso de cumplir su sueño desde hace mucho tiempo. Tiene tantas ganas de hacer oficial su unión que apenas siente lo que pasa a su alrededor. Las palabras de los invitados que cuchichean curiosos y expectantes, la música de órgano que suena suavemente amenizando la espera y el olor de los cientos de rosas negras que llenan la catedral, una petición expresa de la novia.

Escucha como un susurro las palabras tranquilizadoras de su padrino, su gran amigo que siempre ha estado a su lado para llevar los momentos difíciles y que hoy le hace el honor de acompañarlo en la mayor decisión de su vida.

A pesar de sentirse ausente del entorno, se da cuenta de que la música ha parado. Su amigo coloca su mano tiernamente en su hombro, apretando ligeramente para transmitirle su fuerza y su apoyo. Él no puede apartar la vista de la puerta y eso le hace no ver nada más, ni los cientos de ojos que lo observan ni las cabezas que se van girando hacia atrás para no perderse la entrada triunfal de la novia.

Empieza a sonar el Canticorum de Haendel tocado en un órgano de tubos, principal razón de la elección de esa catedral gótica como lugar para su boda. Las notas se enlazan llenado todo el ambiente y rebotando por las diferentes bóvedas del techo arropando a todos los invitados y llenándolos de emoción. Después de eternos minutos (o eso le parecieron a él) la puerta de dos hojas se abrió poco a poco, dejando ver un cortinaje rubí de pesado terciopelo.

Una pequeña ranura se abrió y por ella pasaron dos niñas vestidas de negro con dos cestas llenas de pétalos de rosa también negros, que fueron tirando por el pasillo salpicando la alfombra roja con la negrura que desplegaban con sus manos. Detrás de estas damiselas aparecieron dos chicos, adolescentes, vestidos con librea como los sirvientes de los palacetes del s.XVIII. Descorrieron las cortinas y se quedaron a ambos lados de la puerta apartándolas para franquear el paso de la novia y anunciando así el inicio de la ceremonia.

Él no sabía nada de lo iba a ocurrir, todo lo había organizado ella como un regalo disciplinado y delicado para demostrar su amor y su devoción, así que cada nuevo paso era una sorpresa muy agradable que lo iba preparando para recibir a su esposa.

Los chicos que sujetaban las cortinas inclinaron la cabeza en señal de sumisión y acto seguido de la negrura apareció su suegro con un traje negro, de corte inglés, chaleco negro alto y camisa blanca. Llevaba unas botas negras de caña alta sobre los pantalones, como las de montar, brillantes y potentes que le conferían un aire marcial e imponente. Entro tranquilamente, erguido, con la barbilla levantada sin mirar a nadie, como si el resto de personas que no podía apartar la vista de él no le importasen lo más mínimo. Cuando hubo avanzado un metro se dio cuenta de que en la mano derecha llevaba una especie de correa de piel, enganchada a una cadena fina y brillante. Un paso más y un tirón de la cadena y apareció ella entre las cortinas.

La cadena que sujetaba su padre iba atada a un collar de piel que llevaba alrededor del cuello. Iba vestida completamente de blanco, en contraste con la decoración de toda la catedral, roja y negra. Un corsé apretaba su torso y elevaba sus pechos entre los que pasaban los eslabones plateados y un velo opaco tapaba su cara, sujeto con una diadema plateada también. Del corsé nacía una falda de raso blanca hasta los pies, que dibujaba el contorno de sus caderas y sus piernas al andar. Los antebrazos atados con una cuerda negra y gruesa como las de escalada le hacían llevar las manos muy juntas sosteniendo un ramo también de rosas negras destacado delante de su vestido

Su padre se dirigía diligente hacia el altar tirando de ella que caminaba sumisa con la cabeza agachada impulsada por los tirones que la cadena transmitía al collar de piel que llevaba al cuello. Todos los invitados estaban absortos observando la escena y el no podía evitar sonreír emocionado y contento de ese regalo que pocos entendían y a muchos escandalizaba.

Al llegar al altar, su suegro se detuvo de espaldas a él y fue recogiendo la cadena para acercar a la novia hasta el final de su recorrido. Una vez estuvo al pie del altar, su padre la atrajo hacia sí y apartó el velo para mostrar su cara. Sus ojos cerrados, el blanco de su piel y los labios pintados con ese rojo intenso que tanto le gustaba le daban un aire angelical y dulce.

Su padre levantó su barbilla con el dedo índice y sujetando sus mejillas con ambas manos le besó los labios intensamente. Ella permanecía con los ojos cerrados, sumisa en todo momento. Cuando despegó los labios la abofeteó haciendo que se tambalease inmediatamente le dio la espalda con desprecio y mirando al novio a los ojos le entregó la correa de la cadena diciéndole:

- Te la entrego con tristeza. Desde hoy es tuya, te pertenece totalmente para cumplir tus deseos y tus órdenes. Si en algún momento no fuese así tienes todos los derechos para castigarla como se merece. Ya no es nadie para mí.

Después de decir estas palabras se dio media vuelta y se marchó por el pasillo caminando de la misma forma que había entrado, sin mirar a nadie y con paso firme. Cuando abandonó la estancia, los mozos cerraron las puertas tras el.

El padrino se acercó a la novia. Colocó sus manos en los carrillos de ella y alzó su cara para mirarla directamente a los ojos. La besó en la boca de la misma manera que momentos anteriores la había besado su padre. Después sin dejar de mirarla a lo ojos le dijo:

- Bienvenida.

Pasó detrás de ella y desabrochó la falda de raso que le llegaba a los pies que se abrió completamente y la apartó tirándola a un lado. Debajo de esta falda ella llevaba una minifalda de lycra blanca muy ceñida y muy corta que dejaba ver por debajo las medias sujetas a sus piernas por un liguero también blanco. Cogiéndola de los hombros la giró hasta situarla frente al novio y le hizo arrodillarse en el escalón. El frío del mármol le produjo un respingo, que aceptó gustosa.

- Ahora estás verdaderamente preparada para entregarte a tu esposo y Amo.

Así dio comienzo a la ceremonia donde el sacerdote empezó a enumerar los deberes, obligaciones y compromisos que a partir de ese día adquiría como propiedad de su esposo y también los deberes, obligaciones y derechos que adquiría él al tomarla como esposa. Cuando el sacerdote hubo terminado, llegó el momento de los botos. Ella de rodillas y mirando al suelo recitó sus botos con voz alta y clara reafirmando su entrega a su Amo y esposo.

- Yo, sumisa de mi Amo, perra de mi Dueño, suplicante, me ofrezco a ti, Señor de mis delirios, de mis sueños, de todos y cada uno de mis deseos, para el resto de mis días. Acéptame y no habrá faltas en mi conducta. Recibe mi cuerpo, te lo ruego, y tómalo sin dudas, Tuyo es desde el primer día. Así me entrego a ti, aunque no te merezco, anhelando complacerte en todo momento, llenarte de orgullo y placer de ahora en adelante. Renuncio a todo lo que no consientas - no lo necesito -, y te suplico, de rodillas, que me permitas ser siempre tuya. Yo siempre, siempre, te obedeceré y te respetaré, mi Amo, porque eres todo cuanto amo, cuanto adoro, con todas las fuerzas de mi cuerpo y de mi alma.

El padrino se acercó al novio con un cuchillo en las manos entregándoselo como una ofrenda dando su consentimiento.

- Ahora puedes cortar la cuerda que ata sus brazos. Ahora te pertenece para siempre y puedes disponer de ella como desees. Ahora es parte de ti, una parte muy importante de tu vida y los deberes que habéis adquirido hoy nada ni nadie tiene derecho a revocarlos.

Así, él cortó la cuerda, cogió a su esposa de las manos entumecidas y después de besarlas la ayudó a levantarse. Ella siguió sumisa, con la mirada al suelo y temblando de emoción hasta que el sacerdote dijo para terminar la ceremonia.

- Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Puedes azotar a la novia.

Acto seguido, el padrino cogió la cadena plateada y tiró de ella hasta acercarla a una de las columnas detrás del altar. Pasó los brazos de la novia alrededor de ella y los sujetó por detrás con dos muñequeras de piel agarradas a una argolla enclavada en la columna. Subió la falda de lycra y desató el corsé desnudando su espalda y se dirigió al novio con una fusta en la mano.

- Tienes que darle 13 azotes como los novios se entregan las arras para sellar vuestra unión.

Así el novio empezó a azotarla, a marcar cada uno de los azotes como una firma encarnada en su piel. Ella aguantó, sumisa, sin gritar, cada uno de los golpes. Sus puños se cerraban de la tensión y le dolían los brazos que apretaba contra la columna con cada uno de los regalos de su Amo. Sólo gritó después del séptimo azote cuando su carne se abrió a causa de la acumulación de los golpes. Tras el último azote, el padrino la recogió, la liberó de las muñecas, limpió la sangre de sus heridas y la volvió a vestir para devolverla a su Amo y así salir al mundo como la pareja que habían escogido formar.

martes, 22 de abril de 2008

Sueños compartidos III

Hay veces en que los sueños nos lleva lejos, nos transportan a lugares desconocidos y deliciosos que nos seducen nos atrapan y nos hacen sufrir al no poder conservarlos al despertar. Así en muchas de esas ocasiones vagamos por el mundo como almas en pena, despistados, perdidos y sin rumbo buscando esa conexión, ese lugar perdido entre los dedos al abrir los ojos una mañana.

Un final con principios.

31 de diciembre. Me he alejado de todo lo conocido para poder estar los primeros minutos del próximo año aislado de todo lo que ha ensuciado mi vida durante los últimos meses. No me puedo quejar de la vida que llevo, trabajo en una fábrica y con el sueldo que cobro, además de poder vivir, me puedo permitir los caprichos simples que me alegran el tiempo libre y tiempo libre tengo bastante. Una amiga suele decir que cuando uno no tiene problemas que le provoquen dolores de cabeza y distracciones en su vida diaria o bien se los busca o estropea algo de su vida para que se convierta en un problema, creo que mi caso es ese precisamente y ahora mismo estoy intentando poner en orden mi cabeza para analizar fríamente la situación que me ha llevado a caer en picado moralmente.

Se suele decir que una tercera persona imparcial siempre tiene un mejor ángulo de vista periférico, así que me he escapado a una ciudad desconocida y en la que creo que nadie me conoce, para vaciar mi mente y convertirme yo mismo en esa tercera persona.

Me encanta pasear por las ciudades. Muchas personas prefieren la montaña o la playa, pero a mí lo que me atrae principalmente son las ciudades, los matices de luz y sombras de los callejones, las diferentes formas de vida que se entremezclan en un espacio reducido. Sólo en una ciudad puedes pasar del griterío de la calle o el mercado, a la tranquilidad y el trino de los pájaros en un parque oscuro abarrotado de arboles, mientras unos metros mas allá el tráfico intenta apoderarse de las calles y de la tranquilidad. Precisamente durante estas fechas las ciudades se transforman en un hervidero de personas que caminan frenéticamente de arriba abajo acarreando bolsas con colores navideños (rojos y verdes) o con grandes bolsas de comida para preparar esa cena tan especial para todos los familiares. Paseando me siento a contracorriente y como si funcionase a un ritmo totalmente distinto al del mundo que me rodea, creo que en un anuncio, un video-clip o una película salía algo parecido; la imagen del protagonista se veía nítida mientras paseaba y el resto de personas que caminaban a su alrededor se convertían en líneas de color al ir a una velocidad muy superior. No encajo en ese ritmo y por ello me transformo en un mero observador solamente preocupado en mis pensamientos mientras me abro paso en la marea.

Esta noche es una noche “especial”, según la sociedad al acabar un año y empezar otro nuevo hay que hacer una gran celebración, una gran comilona con los familiares y después salir a alguna fiesta a emborracharse y bailar hasta la madrugada. En esta ciudad no conozco a nadie, mis familiares están lejos y no tengo nada que celebrar, así que pasaré esta noche intentando reconstruir mis ideas y reorganizarlas para afrontar el nuevo año con otro punto de vista. Que el resto del mundo celebre el fin de año por mí, seguro que más de uno beberá el doble de lo que debe y así cumplirá con mi cupo.

Mientras paseo, la tarde va cayendo y de vez en cuando voy haciendo paradas, en escaparates que me llaman la atención, en calles que me resultan curiosas y voy capturando esas imágenes, con mi obturador mental, para formar un album que me ligue visualmente a esta ciudad. Es genial poder recorrer después las mismas calles en mi mente y repasar esos pequeños detalles que en un primer momento me han pasado desapercibidos. Entro en una cafetería a tomarme un capuccino caliente y a repasar mis paseos y mis pensamientos mientras me inundo del calor y el aroma del café. Cerrando los ojos voy desglosando las imágenes que mi retina ha guardado y ordenándolas para formar un cuadro de la ciudad que me acompañará esta noche. En medio de algunas de ellas se repite un elemento común, me alegra descubrir que el repaso mental me ha descubierto a una chica que también ha estado paseando y que parece coincidir en el sentimiento de exclusión, ya que en todas las imágenes en las que la recuerdo se la ve también fuera de lugar y a un ritmo diferente, como me siento yo. Abro los ojos para llevarme la taza a los labios y beber un poco de café y para mi sorpresa, a un par de mesas de distancia, mis ojos se encuentran con los de la chica de mis recuerdos. Estamos prácticamente solos en la cafetería, excepto un cliente que parece fijo y bebe en la barra una copa de licor, por lo que, al cruzarme con su mirada, me veo obligado a hacer un gesto de saludo con la taza. De todas maneras después de haber estado recorriendo la ciudad juntos, en el repaso de mis imágenes, siento que hay algo que me une a ella.

Para mi sorpresa ella me devuelve el saludo, se levanta y con su taza en la mano se dirige hacia mi mesa. No puedo dejar de mirarla sorprendido hasta que después de sentarse su voz me saca de mi asombro con un tono cálido y sorprendentemente familiar.

- Hola!! Ya que no hay nadie más y los dos estamos solos, he pensado que podríamos compartir mesa y si te apetece, conversación.

Sus ojos marrones mantienen mi mirada expectante y de repente de mi boca salen unas palabras que creo que mi cerebro no les ha ordenado pronunciar.

- Bien. Me llamo Marc y supongo que compartir este momento de soledad sólo puede hacernos bien.

Sus labios, que se me antojan dulces, dibujan una sonrisa y alargándome una mano delicada, de dedos largos, estrecha la mía, grande y torpe, mientras me dice su nombre, María José. Los dos bebemos un sorbo de nuestro café y acto seguido mientras yo intento atesorar el calor de la taza entre mis manos, ella empieza a contarme el motivo por el que está aquí precisamente hoy. Ella vive en mi misma ciudad, pero en un barrio muy alejado del mío y como suele pasar en las grandes ciudades nunca nos habíamos cruzado y si lo hemos hecho ninguno de los dos ha reparado en el otro porque el ritmo diario impide prestar atención a lo que ocurre a tu alrededor. Ha venido a pasar esta noche en esta misma ciudad porque tiene el firme propósito de acabar cada año en una ciudad diferente y así darle una personalidad diferente a cada nuevo comienzo. Mientras su historia se aloja en mi mente, acompañando a las imágenes de esta ciudad y dándoles otro sentido, mis ojos no pueden dejar de mirarla y memorizar cada rasgo de su rostro y cada curva de su cuerpo. Un momento de silencio me saca de mi ensimismamiento y sus ojos adoptan una expresión inquisitiva, increíblemente le explico, sin ningún pudor, porqué me encuentro aquí y todos los hechos de mi vida que me han llevado a querer escaparme de mi entorno. En tan poco tiempo nuestras almas han conectado y siento como si algo muy íntimo me uniese a ella, algo que hace que el oírla o hablarle le dé un nuevo sentido a todo.

El tiempo pasa desapercibido y la misma sensación que tenía al pasear por la ciudad y cruzarme con los viandantes, la siento cuando consigo despegar la mirada de su rostro y veo fugazmente a los esporádicos que entran un salen fugazmente de la cafetería no se el tiempo que llevamos hablando sobre nuestras vidas y nuestros deseos o si sólo he hablado yo, con mi acostumbrada verborrea. Los dos emitimos un bostezo que entendemos rápidamente y acto seguido estamos pagando los cafés y saliendo por la puerta en busca de algún sitio en el que comer. La calle está completamente iluminada con las típicas decoraciones Navideñas. Figuras inmensas hechas de bombillas iluminan la noche marcando el camino de las calles comerciales. Ha empezado a nevar y el aire parece detenerse debido al frío. Debido a mi acostumbrada parsimonia al caminar por las calles, María toma la determinación de arrastrarme tras ella cogida de mi mano, me siento transportado y ligero al seguir sus pasos y así puedo dedicarme a observar las calles nocturnas sin preocuparme por mirar a donde me dirijo.

Entramos en un restaurante con un aire hogareño, parece un antiguo horno de pan y está decorado con útiles del campo y elementos de cobre que se utilizaban en las cocinas antiguamente. Hay pocas personas sentadas en las mesas, tres o cuatro parejas que no paran de mirarse e ignoran lo que sucede a su alrededor. El camarero nos dirige a una mesa para cuatro personas, pero preparada para dos comensales así que aprovechamos las dos sillas restantes para colocar nuestros abrigos, gorros, guantes y bufandas. Unas velas iluminan las mesas y al sentarme observo como la luz danzarina dibuja atractivas sombras en el rostro de mi acompañante. Mientras leo los platos de la carta voy lanzando furtivas miradas a sus ojos por encima de las hojas, observo como va recorriendo la carta con avidez sorprendiéndose con cada nuevo plato que lee, como si fuese la primera vez que descubre esas palabras, su alegría por las pequeñas cosas me transmite una tranquilidad y una paz hace tiempo olvidada. Después de un rato nos decidimos, pedimos una ensalada para compartir, de segundo yo escojo un magro de pato con frutas del bosque y ella un plato de cigalas a la plancha, todo ello acompañado de un vino blanco Ribeiro.

Mientras devora las cigalas me quedo embelesado con cómo disfruta sorbiendo los caparazones, de vez en cuando deja de comer y me sonríe, porque como es mi costumbre yo aún no he dejado de hablar, incluso entre bocado y bocado voy contándole los recuerdos de mi vida que ella absorbe y devora casi como las cigalas.

Una sobremesa larga, larga nos hace olvidar la fecha en la que nos encontramos, seguimos hablando. Esta vez es ella la que me cuenta sus viajes, que a mí, que soy una persona altamente sedentaria me transportan a lugares desconocidos y casi los puedo imaginar gracias a la pasión con que cuenta sus vivencias en las diferentes noches de fin de año. De repente un griterío nos saca de la conversación, desde la cocina llegan gritos de “Feliz año nuevo”, ruido de botellas de cava que se descorchan y alegría compartida. Los dos nos levantamos para girarnos y felicitar el año alzando nuestras copas al resto de personas que están en el restaurante y una vez vaciadas del espumoso, que siempre hace que me pique la nariz, nuestros ojos se detienen como atrapados en un campo magnético frente a frente. Sin saber cómo, sus manos agarran mi cara y sus labios besan los míos con el beso más dulce que jamás he sentido. La paz que me transmite al besarme hace que el resto de recuerdos de besos dejen de tener importancia, sus labios absorben y anulan cualquier recuerdo de dulzura anterior, son los más dulces y siento como si mis labios sólo hubiesen sido besados por ella.

Cuando nos separamos me encuentro aturdido, ella sonríe y me coge una mano acariciándola con sus largos dedos.

- No te habré incomodado al besarte así de repente???

Sólo puedo mover la cabeza en señal de negación y devolverle la sonrisa sin dejar de sentir su sabor aún en mi boca. Ese beso ha encendido mis pensamientos y sólo puedo pensar en pasar la noche entera abrazado a ella, compartir la primera madrugada del nuevo año e inaugurar la primera noche con nuestros cuerpos desnudos entrelazados.

Cuando consigo salir de mi ensoñación le propongo salir del restaurante, ya que la celebración ha llenado el ambiente y amenaza con romper el embrujo de su beso. Salimos a encontrarnos con la ciudad que en estos momentos está desbordada de alegría, una situación que me hace recordar lo anodina que me parecía por la tarde y cómo una simple celebración puede hacer que esos seres grises, que suelen circular por todas las ciudades día tras día, se iluminen y pasen a ser personas llenas de vida y alegría.

Caminando en medio del frío, abrazados para compartir nuestro calor, ella dirige mis pasos. No tengo ni idea de adonde vamos, posiblemente a compartir la alegría general como se suele hacer en estas fechas. Yo me había propuesto todo lo contrario, pero hoy no quiero perder de vista sus ojos ni dejar de compartir mi tiempo con ella. Avanzamos y de repente me doy cuenta de que nos hemos alejado del bullicio, hacia donde nos dirigimos no hay ningún sonido que indique grandes celebraciones, de vez en cuando de alguna puerta o ventana se escuchan familias celebrando el nuevo año, pero nada más. Nos detenemos ante un portal y al ver mi cara de sorpresa me explica.

- ¿Crees que vamos a compartir este día tan especial con un montón de personas que ni nos conocen? Este día no es sólo especial porque empiece un año nuevo, sino porque nos hemos conocido y me encantaría pasar este primer día entero sólo contigo.

Subimos por las escaleras de un viejo edificio del barrio antiguo. Por lo visto siempre suele alquilar un piso para pasar una semana entera en la ciudad en la que empezará el año. El piso está muy bien, todo parece colocado especialmente en su lugar adecuado. No tiene ningún toque personal, lo que denota su calidad de piso de paso pero aún así es acogedor. Nos sentamos en un gran sofá de esos que se convierten en cama, el uno enfrente del otro sin hablar y mirándonos a los ojos. Como me siento incómodo con el silencio, empiezo a contarle alguna de esas raras teorías que suelo pensar a solas para intentar explicar cosas naturales de la vida cotidiana a las que no prestamos atención. Ella me escucha atentamente y de vez en cuando suelta una risita, cuando lo absurdo de mi explicación alcanza niveles máximos. Empezamos una conversación apasionada sobre el reciclaje de los frascos de tomate frito (la tapa va en el amarillo, el frasco en el verde, pero la etiqueta? Tienes que quitarla y echarla en el azul? Porque la etiqueta está hecha de papel).

Me siento comodísimo hablando con ella, es tan parecida a mi y sin embargo tiene algo que la hace lo suficientemente diferente para que me vuelva loco. Sin dejar de hablar nos vamos acercando más y más hasta que acabo rodeándola con mis brazos entre un estremecimiento y así unidos en un casi perfecto 44 miramos por la ventana, sin dejar de hablar, cómo la ultima noche del año va dejando paso al primer alba del siguiente.

Cuando los primeros rayos de sol empiezan a entrar por la ventana, un silencio expectante se apodera de la habitación, es como si esperásemos a que la energía del sol nos pusiese de nuevo en marcha. Entonces, ella se incorpora saliéndose de mi abrazo y mirándome fijamente me dice:

- Tenemos que irnos. Nos esperan y no podemos retrasarnos más.

Al principio no comprendo lo que me dice y mi cerebro tarda unos momentos en asimilar sus palabras así que cuando lo consigue, con los ojos muy abiertos, me levanto del sofá y le pregunto:

- ¿Donde debemos ir? ¿Quién nos espera? ¿Qué quieres decir?

- Tranquilo, creo que ha llegado el momento de explicarte quien soy y el porque de esta noche. A pesar de que nunca me hayas imaginado así, soy lo que vosotros conocéis como La Muerte. El último día de cada año me presento a una persona especial que ha de morir y comparto ese último día con ella. Cada año escojo una ciudad diferente y por supuesto a una persona diferente. Es la única alma que recojo en ese año personalmente y este año eres tu.

No puedo creer lo que estoy escuchando, pensaba que había encontrado ese trocito de vida que necesitaba para borrar el silencio que me ensordece y sin embargo ahora ni siquiera tengo vida para estar en silencio.

- ¿Pero cómo es posible? Si no me ha pasado nada, no he tenido ningún accidente ni ninguna enfermedad, es más, hoy he pasado uno de los mejores días de los últimos años.

- ¿Acaso no te has sentido diferente al resto de las personas que se cruzaban contigo? ¿No has sentido que el resto del mundo pasaba a tu lado sin prestarte atención? Muchas almas abandonan el cuerpo y un emisario les ayuda a pasar. Sin embargo yo puedo alargar ese tiempo y permitir que el alma me acompañe para que se despida de su vida. Sobre todo personas que han sufrido y que han gritado en silencio y así ayudarlas a abandonar este mundo en paz.

Ella coge mi mano y tira de mi acercándome a ella. Mis ojos se cruzan con los suyos y el resto del mundo desaparece. Al momento, me encuentro rodeado de miles de personas. Al principio sólo veo sus figuras, borrosos contornos indefinidos, pero poco a poco empiezo a distinguir sus rasgos. Entonces me doy cuenta de que conozco a esas personas, mis padres, mis abuelos y todas las personas que han sido importantes en mi vida y que partieron hace tiempo aumentando ese silencio eterno, me rodean y se funden en un abrazo eterno con mi alma...

domingo, 20 de abril de 2008

Sueños compartidos II

He empezado y he pensado en hacer un recuento de mis sueños y compendio de mis fantasías acumuladas durante años en un mismo lugar en una misma madriguera (no sólo esa donde me escondo dentro de mi cabeza ni la concha de caracol en la que vivo, que he conseguido hacer mía y que llevo siempre conmigo.

BREATH

La boca entreabierta, los labios carnosos y brillantes de carmín. Es su primer gesto, una bocanada de aire entra en sus pulmones artificiales y después de ser procesada sale impulsada en forma de vapor condensado, eliminando parte de los residuos de su mecanismo.

Es la primera vez que su chip neuronal experimenta la sensación de “respirar” en teoría su generación no tendría que poseer esa tecnología, pero Andrew se había enamorado de ella y quería estar a su lado para siempre. Era su quinto aniversario y después de una excelente cena en el mejor restaurante de la ciudad “Chef’s Luzbel”, debidamente procesada por el estómago artificial que le regaló en su cuarto aniversario, fueron con el coche a CibHumans a que le instalasen los pulmones artificiales.

Andrew nunca la acompañaba al quirófano, siempre esperaba en el coche y cuando salía actuaba como si sólo hubiera pasado un segundo desde que se habían separado. Pero a ella no le importaba, quería ser perfecta para él y poder hacerle feliz era su mayor deseo.

Ahora ya respiraba, podría susurrarle al oído y hacerle cosquillas en las orejas y en el cuello con su aliento, por fin podría apagar velas soplando, sin utilizar el mini extintor de su mano. Ella no entendía la importancia de esos actos tan simples y tan poco prácticos, pero a Andrew le parecían importantes.

Tardó 10,986” en controlar el ritmo de su respiración y acompasarla con los latidos de su impulsor central. Sellaron la cicatriz con tejido artificial en pulverizador hasta hacerla imperceptible y salió a la calle con un paso lento y sensual, sintiendo la entrada del aire en su boca y su garganta, disfrutando de la nueva sensación.

Andrew la esperaba como siempre en el coche unos metros más allá distraído escuchando su música preferida, una música de hacía siglos y que se empeñaba en escuchar con los altavoces externos en vez de aprovechar la ampliación de oído que tenía injertada y sólo escucharla él. Tenía un gran amor por lo antiguo, siempre decía que todo le parecía más real si estaba hecho antes de la revolución nanotecnológica. Tenía miles de CD’s que escuchaba cuando se relajaba en casa, una televisión de plasma y hasta a veces cocinaba. Si tenía tiempo se negaba a utilizar los replicadores de comida y recuperaba ese extraño hábito de preparar los alimentos uno mismo.

Pero cuando ella estaba a su lado, su rechazo hacia la tecnología desaparecía de su rostro y sus ojos brillaban intensamente al abrazarle y hoy por fin, al susurrarle en el oído y lanzar su nuevo aliento en su cuello ella podría volver a hacerlo feliz a su lado, siendo un poco más humana.


Sueños compartidos...

Es mi primera entrada en este mundo, y quiero que sea eterno. Siempre me ha gustado compartir mis sueños con miles de personas y puede que con suerte vivir en ellos eternamente. Así que os entregaré mis sueños los desnudaré y los vestiré de colores para vivirlos de nuevo.


ESTUDIANTE.

Sin ganas, pero concienciada, inca los codos fuertemente en la mesa, por enésima vez. Ante un tomo inmenso. Un compendio de palabras, datos e ideas de toda la historia humana (algo que le atraía en un principio y que años después ha acabado haciendo de forma automática). Una fuerza irrefrenable la obliga a pegar sus sienes a sus puños cerrados y centrar la vista en las páginas amarillentas. Por unos momentos su vista se nubla ante la presencia de tantas palabras, así que cierra un momento los ojos para relajarlos antes de comenzar a absorber todos esos datos.

Tenía un gran plan trazado. Debía leerse ese gran compendio de ideas en un par de días así que decidió emplear las técnicas de lectura rápida aprendidas durante años y años de estudio. Así que como la que mejor le funcionaba era la lectura en diagonal pensó que con ella solucionaría su problema de tiempo y conseguiría si meta y, quien sabe. Puede que le sobrase tiempo para salir un poco con sus amigos y relajar su mente para el día siguiente.

Abrió los ojos, dispuesta a enfrentarse a esa ardua tarea y decidida a recoger sólo los nombres, las fechas y los hechos relevantes recogidos en ese gran tomo. Dirigió su vista a la primara palabra, de la primera línea, de la primera hoja, y viendo que no correspondía con las pautas de análisis del método de la lectura en diagonal, pasó a la segunda palabra de la siguiente línea. De repente, desobedeciendo a su intención, su vista se negó a saltar de línea y continuó leyendo la segunda, la tercera y la cuarta palabra… ¿Qué estaba pasando? Asustada quiso alejarse y apartar la vista del libro, pero una fuerza invisible le sujetaba la cabeza, pegando sus sienes a sus puños cerrados, ni siquiera podía abrir las manos y liberarlas de esa presión. No pudo cerrar los ojos y tampoco dejar de leer. Sus ojos recorrían el texto extraño sin poder evitarlo y ese montón de datos se grababan en su memoria como nunca antes le había pasado. Las páginas pasaban velozmente sin que ella las tocase, nada más leer la última palabra, de forma automática, un extraño viento pasaba a la siguiente.

Sus ojos se veían obligados a recorrer las páginas desde principio a fin y una de las veces que llegó al borde de una de las páginas observó, por el rabillo del ojo, cómo de entre las páginas salían unos hilos de tinta. Al principio no pudo distinguir de qué se trataba, pero en sucesivas pasadas, descubrió que las palabras del libro se habían unido formando finas cadenas y que reptaban poco a poco hacia sus brazos enredándose en ellos y ligándola más aún a esa obligada y frenética lectura.

Un acceso de pánico la invadió, cómo era posible todo aquello? Quien la había mandado la lectura de ese libro? Acaso quien se lo mandó lo sabía y quería castigarla?? Estaba aterrada pero aún así no podía parar de leer, Notó que todo a su alrededor se volvía amarillento, envejecido y ceniciento, como las páginas del tomo que la tenía atada a su lectura. Cada vez se encontraba más cansada, los ojos le escocían y notaba la sequedad causada por no poder parpadear. La piel de sus brazos empezó a escocerle. Las cadenas de palabras se estrechaban cada vez más alrededor de sus brazos y además del entumecimiento notaba la sangre palpitando en sus brazos y transmitiendo ese continuo bombeo a sus sienes, presionadas por sus puños.

Una intensa rabia empezó a crecer en su interior. No podía dejarse dominar por esas ideas, no quería ser dominada. No por un simple libro. Así que haciendo un tremendo esfuerzo, empezó a negarse a asimilar las nuevas ideas. Su mente empezó a recurrir a los recuerdos dulces para sustituir todo lo aprendido, todo lo que ese maldito tomo le había obligado a memorizar.

Poco a poco sintió que el abrazo de las cadenas formadas por las palabras iba disminuyendo, los brazos dejaron de dolerle y sintió cómo la sangre volvía a circular con normalidad. En un acceso de furia, tiró fuertemente de su brazo derecho. Cientos de palabras salieron disparadas en todas direcciones al romperse las cadenas y un montón de manchurrones de tinta salpicaron los sitios donde se estrellaron las palabras rotas.

Un esfuerzo más, un golpe de rabia más y consiguió liberar el brazo izquierdo con idéntico resultado, y así poco a poco, de forma costosa, como luchando contra el viento se fue liberando de la prisión de palabras que la había tenido absorta durante no sabía cuanto tiempo.

Al conseguir levantarse de la silla de la biblioteca, el libro dio un pequeño salto en la mesa y emitiendo un terrible y lastimero quejido se cerró. Ella se apartó, sin apartar la mirada de el y no era una mirada de miedo, su mirada reflejaba la rabia y el desprecio. Había aprendido mucho, no las cosas que había escritas en ese viejo y asqueroso tomo, había aprendido la importancia de sus recuerdos, de los momentos vividos y de las experiencias compartidas durante todo su vida.

Con una mirada y un gesto de desprecio se dio media vuelta y salió caminando, sin miedo, sin prisas, con una renovada seguridad de la sala, dejando en soledad, la eterna soledad que siempre acompañaría a ese viejo libro.