martes, 22 de abril de 2008

Sueños compartidos III

Hay veces en que los sueños nos lleva lejos, nos transportan a lugares desconocidos y deliciosos que nos seducen nos atrapan y nos hacen sufrir al no poder conservarlos al despertar. Así en muchas de esas ocasiones vagamos por el mundo como almas en pena, despistados, perdidos y sin rumbo buscando esa conexión, ese lugar perdido entre los dedos al abrir los ojos una mañana.

Un final con principios.

31 de diciembre. Me he alejado de todo lo conocido para poder estar los primeros minutos del próximo año aislado de todo lo que ha ensuciado mi vida durante los últimos meses. No me puedo quejar de la vida que llevo, trabajo en una fábrica y con el sueldo que cobro, además de poder vivir, me puedo permitir los caprichos simples que me alegran el tiempo libre y tiempo libre tengo bastante. Una amiga suele decir que cuando uno no tiene problemas que le provoquen dolores de cabeza y distracciones en su vida diaria o bien se los busca o estropea algo de su vida para que se convierta en un problema, creo que mi caso es ese precisamente y ahora mismo estoy intentando poner en orden mi cabeza para analizar fríamente la situación que me ha llevado a caer en picado moralmente.

Se suele decir que una tercera persona imparcial siempre tiene un mejor ángulo de vista periférico, así que me he escapado a una ciudad desconocida y en la que creo que nadie me conoce, para vaciar mi mente y convertirme yo mismo en esa tercera persona.

Me encanta pasear por las ciudades. Muchas personas prefieren la montaña o la playa, pero a mí lo que me atrae principalmente son las ciudades, los matices de luz y sombras de los callejones, las diferentes formas de vida que se entremezclan en un espacio reducido. Sólo en una ciudad puedes pasar del griterío de la calle o el mercado, a la tranquilidad y el trino de los pájaros en un parque oscuro abarrotado de arboles, mientras unos metros mas allá el tráfico intenta apoderarse de las calles y de la tranquilidad. Precisamente durante estas fechas las ciudades se transforman en un hervidero de personas que caminan frenéticamente de arriba abajo acarreando bolsas con colores navideños (rojos y verdes) o con grandes bolsas de comida para preparar esa cena tan especial para todos los familiares. Paseando me siento a contracorriente y como si funcionase a un ritmo totalmente distinto al del mundo que me rodea, creo que en un anuncio, un video-clip o una película salía algo parecido; la imagen del protagonista se veía nítida mientras paseaba y el resto de personas que caminaban a su alrededor se convertían en líneas de color al ir a una velocidad muy superior. No encajo en ese ritmo y por ello me transformo en un mero observador solamente preocupado en mis pensamientos mientras me abro paso en la marea.

Esta noche es una noche “especial”, según la sociedad al acabar un año y empezar otro nuevo hay que hacer una gran celebración, una gran comilona con los familiares y después salir a alguna fiesta a emborracharse y bailar hasta la madrugada. En esta ciudad no conozco a nadie, mis familiares están lejos y no tengo nada que celebrar, así que pasaré esta noche intentando reconstruir mis ideas y reorganizarlas para afrontar el nuevo año con otro punto de vista. Que el resto del mundo celebre el fin de año por mí, seguro que más de uno beberá el doble de lo que debe y así cumplirá con mi cupo.

Mientras paseo, la tarde va cayendo y de vez en cuando voy haciendo paradas, en escaparates que me llaman la atención, en calles que me resultan curiosas y voy capturando esas imágenes, con mi obturador mental, para formar un album que me ligue visualmente a esta ciudad. Es genial poder recorrer después las mismas calles en mi mente y repasar esos pequeños detalles que en un primer momento me han pasado desapercibidos. Entro en una cafetería a tomarme un capuccino caliente y a repasar mis paseos y mis pensamientos mientras me inundo del calor y el aroma del café. Cerrando los ojos voy desglosando las imágenes que mi retina ha guardado y ordenándolas para formar un cuadro de la ciudad que me acompañará esta noche. En medio de algunas de ellas se repite un elemento común, me alegra descubrir que el repaso mental me ha descubierto a una chica que también ha estado paseando y que parece coincidir en el sentimiento de exclusión, ya que en todas las imágenes en las que la recuerdo se la ve también fuera de lugar y a un ritmo diferente, como me siento yo. Abro los ojos para llevarme la taza a los labios y beber un poco de café y para mi sorpresa, a un par de mesas de distancia, mis ojos se encuentran con los de la chica de mis recuerdos. Estamos prácticamente solos en la cafetería, excepto un cliente que parece fijo y bebe en la barra una copa de licor, por lo que, al cruzarme con su mirada, me veo obligado a hacer un gesto de saludo con la taza. De todas maneras después de haber estado recorriendo la ciudad juntos, en el repaso de mis imágenes, siento que hay algo que me une a ella.

Para mi sorpresa ella me devuelve el saludo, se levanta y con su taza en la mano se dirige hacia mi mesa. No puedo dejar de mirarla sorprendido hasta que después de sentarse su voz me saca de mi asombro con un tono cálido y sorprendentemente familiar.

- Hola!! Ya que no hay nadie más y los dos estamos solos, he pensado que podríamos compartir mesa y si te apetece, conversación.

Sus ojos marrones mantienen mi mirada expectante y de repente de mi boca salen unas palabras que creo que mi cerebro no les ha ordenado pronunciar.

- Bien. Me llamo Marc y supongo que compartir este momento de soledad sólo puede hacernos bien.

Sus labios, que se me antojan dulces, dibujan una sonrisa y alargándome una mano delicada, de dedos largos, estrecha la mía, grande y torpe, mientras me dice su nombre, María José. Los dos bebemos un sorbo de nuestro café y acto seguido mientras yo intento atesorar el calor de la taza entre mis manos, ella empieza a contarme el motivo por el que está aquí precisamente hoy. Ella vive en mi misma ciudad, pero en un barrio muy alejado del mío y como suele pasar en las grandes ciudades nunca nos habíamos cruzado y si lo hemos hecho ninguno de los dos ha reparado en el otro porque el ritmo diario impide prestar atención a lo que ocurre a tu alrededor. Ha venido a pasar esta noche en esta misma ciudad porque tiene el firme propósito de acabar cada año en una ciudad diferente y así darle una personalidad diferente a cada nuevo comienzo. Mientras su historia se aloja en mi mente, acompañando a las imágenes de esta ciudad y dándoles otro sentido, mis ojos no pueden dejar de mirarla y memorizar cada rasgo de su rostro y cada curva de su cuerpo. Un momento de silencio me saca de mi ensimismamiento y sus ojos adoptan una expresión inquisitiva, increíblemente le explico, sin ningún pudor, porqué me encuentro aquí y todos los hechos de mi vida que me han llevado a querer escaparme de mi entorno. En tan poco tiempo nuestras almas han conectado y siento como si algo muy íntimo me uniese a ella, algo que hace que el oírla o hablarle le dé un nuevo sentido a todo.

El tiempo pasa desapercibido y la misma sensación que tenía al pasear por la ciudad y cruzarme con los viandantes, la siento cuando consigo despegar la mirada de su rostro y veo fugazmente a los esporádicos que entran un salen fugazmente de la cafetería no se el tiempo que llevamos hablando sobre nuestras vidas y nuestros deseos o si sólo he hablado yo, con mi acostumbrada verborrea. Los dos emitimos un bostezo que entendemos rápidamente y acto seguido estamos pagando los cafés y saliendo por la puerta en busca de algún sitio en el que comer. La calle está completamente iluminada con las típicas decoraciones Navideñas. Figuras inmensas hechas de bombillas iluminan la noche marcando el camino de las calles comerciales. Ha empezado a nevar y el aire parece detenerse debido al frío. Debido a mi acostumbrada parsimonia al caminar por las calles, María toma la determinación de arrastrarme tras ella cogida de mi mano, me siento transportado y ligero al seguir sus pasos y así puedo dedicarme a observar las calles nocturnas sin preocuparme por mirar a donde me dirijo.

Entramos en un restaurante con un aire hogareño, parece un antiguo horno de pan y está decorado con útiles del campo y elementos de cobre que se utilizaban en las cocinas antiguamente. Hay pocas personas sentadas en las mesas, tres o cuatro parejas que no paran de mirarse e ignoran lo que sucede a su alrededor. El camarero nos dirige a una mesa para cuatro personas, pero preparada para dos comensales así que aprovechamos las dos sillas restantes para colocar nuestros abrigos, gorros, guantes y bufandas. Unas velas iluminan las mesas y al sentarme observo como la luz danzarina dibuja atractivas sombras en el rostro de mi acompañante. Mientras leo los platos de la carta voy lanzando furtivas miradas a sus ojos por encima de las hojas, observo como va recorriendo la carta con avidez sorprendiéndose con cada nuevo plato que lee, como si fuese la primera vez que descubre esas palabras, su alegría por las pequeñas cosas me transmite una tranquilidad y una paz hace tiempo olvidada. Después de un rato nos decidimos, pedimos una ensalada para compartir, de segundo yo escojo un magro de pato con frutas del bosque y ella un plato de cigalas a la plancha, todo ello acompañado de un vino blanco Ribeiro.

Mientras devora las cigalas me quedo embelesado con cómo disfruta sorbiendo los caparazones, de vez en cuando deja de comer y me sonríe, porque como es mi costumbre yo aún no he dejado de hablar, incluso entre bocado y bocado voy contándole los recuerdos de mi vida que ella absorbe y devora casi como las cigalas.

Una sobremesa larga, larga nos hace olvidar la fecha en la que nos encontramos, seguimos hablando. Esta vez es ella la que me cuenta sus viajes, que a mí, que soy una persona altamente sedentaria me transportan a lugares desconocidos y casi los puedo imaginar gracias a la pasión con que cuenta sus vivencias en las diferentes noches de fin de año. De repente un griterío nos saca de la conversación, desde la cocina llegan gritos de “Feliz año nuevo”, ruido de botellas de cava que se descorchan y alegría compartida. Los dos nos levantamos para girarnos y felicitar el año alzando nuestras copas al resto de personas que están en el restaurante y una vez vaciadas del espumoso, que siempre hace que me pique la nariz, nuestros ojos se detienen como atrapados en un campo magnético frente a frente. Sin saber cómo, sus manos agarran mi cara y sus labios besan los míos con el beso más dulce que jamás he sentido. La paz que me transmite al besarme hace que el resto de recuerdos de besos dejen de tener importancia, sus labios absorben y anulan cualquier recuerdo de dulzura anterior, son los más dulces y siento como si mis labios sólo hubiesen sido besados por ella.

Cuando nos separamos me encuentro aturdido, ella sonríe y me coge una mano acariciándola con sus largos dedos.

- No te habré incomodado al besarte así de repente???

Sólo puedo mover la cabeza en señal de negación y devolverle la sonrisa sin dejar de sentir su sabor aún en mi boca. Ese beso ha encendido mis pensamientos y sólo puedo pensar en pasar la noche entera abrazado a ella, compartir la primera madrugada del nuevo año e inaugurar la primera noche con nuestros cuerpos desnudos entrelazados.

Cuando consigo salir de mi ensoñación le propongo salir del restaurante, ya que la celebración ha llenado el ambiente y amenaza con romper el embrujo de su beso. Salimos a encontrarnos con la ciudad que en estos momentos está desbordada de alegría, una situación que me hace recordar lo anodina que me parecía por la tarde y cómo una simple celebración puede hacer que esos seres grises, que suelen circular por todas las ciudades día tras día, se iluminen y pasen a ser personas llenas de vida y alegría.

Caminando en medio del frío, abrazados para compartir nuestro calor, ella dirige mis pasos. No tengo ni idea de adonde vamos, posiblemente a compartir la alegría general como se suele hacer en estas fechas. Yo me había propuesto todo lo contrario, pero hoy no quiero perder de vista sus ojos ni dejar de compartir mi tiempo con ella. Avanzamos y de repente me doy cuenta de que nos hemos alejado del bullicio, hacia donde nos dirigimos no hay ningún sonido que indique grandes celebraciones, de vez en cuando de alguna puerta o ventana se escuchan familias celebrando el nuevo año, pero nada más. Nos detenemos ante un portal y al ver mi cara de sorpresa me explica.

- ¿Crees que vamos a compartir este día tan especial con un montón de personas que ni nos conocen? Este día no es sólo especial porque empiece un año nuevo, sino porque nos hemos conocido y me encantaría pasar este primer día entero sólo contigo.

Subimos por las escaleras de un viejo edificio del barrio antiguo. Por lo visto siempre suele alquilar un piso para pasar una semana entera en la ciudad en la que empezará el año. El piso está muy bien, todo parece colocado especialmente en su lugar adecuado. No tiene ningún toque personal, lo que denota su calidad de piso de paso pero aún así es acogedor. Nos sentamos en un gran sofá de esos que se convierten en cama, el uno enfrente del otro sin hablar y mirándonos a los ojos. Como me siento incómodo con el silencio, empiezo a contarle alguna de esas raras teorías que suelo pensar a solas para intentar explicar cosas naturales de la vida cotidiana a las que no prestamos atención. Ella me escucha atentamente y de vez en cuando suelta una risita, cuando lo absurdo de mi explicación alcanza niveles máximos. Empezamos una conversación apasionada sobre el reciclaje de los frascos de tomate frito (la tapa va en el amarillo, el frasco en el verde, pero la etiqueta? Tienes que quitarla y echarla en el azul? Porque la etiqueta está hecha de papel).

Me siento comodísimo hablando con ella, es tan parecida a mi y sin embargo tiene algo que la hace lo suficientemente diferente para que me vuelva loco. Sin dejar de hablar nos vamos acercando más y más hasta que acabo rodeándola con mis brazos entre un estremecimiento y así unidos en un casi perfecto 44 miramos por la ventana, sin dejar de hablar, cómo la ultima noche del año va dejando paso al primer alba del siguiente.

Cuando los primeros rayos de sol empiezan a entrar por la ventana, un silencio expectante se apodera de la habitación, es como si esperásemos a que la energía del sol nos pusiese de nuevo en marcha. Entonces, ella se incorpora saliéndose de mi abrazo y mirándome fijamente me dice:

- Tenemos que irnos. Nos esperan y no podemos retrasarnos más.

Al principio no comprendo lo que me dice y mi cerebro tarda unos momentos en asimilar sus palabras así que cuando lo consigue, con los ojos muy abiertos, me levanto del sofá y le pregunto:

- ¿Donde debemos ir? ¿Quién nos espera? ¿Qué quieres decir?

- Tranquilo, creo que ha llegado el momento de explicarte quien soy y el porque de esta noche. A pesar de que nunca me hayas imaginado así, soy lo que vosotros conocéis como La Muerte. El último día de cada año me presento a una persona especial que ha de morir y comparto ese último día con ella. Cada año escojo una ciudad diferente y por supuesto a una persona diferente. Es la única alma que recojo en ese año personalmente y este año eres tu.

No puedo creer lo que estoy escuchando, pensaba que había encontrado ese trocito de vida que necesitaba para borrar el silencio que me ensordece y sin embargo ahora ni siquiera tengo vida para estar en silencio.

- ¿Pero cómo es posible? Si no me ha pasado nada, no he tenido ningún accidente ni ninguna enfermedad, es más, hoy he pasado uno de los mejores días de los últimos años.

- ¿Acaso no te has sentido diferente al resto de las personas que se cruzaban contigo? ¿No has sentido que el resto del mundo pasaba a tu lado sin prestarte atención? Muchas almas abandonan el cuerpo y un emisario les ayuda a pasar. Sin embargo yo puedo alargar ese tiempo y permitir que el alma me acompañe para que se despida de su vida. Sobre todo personas que han sufrido y que han gritado en silencio y así ayudarlas a abandonar este mundo en paz.

Ella coge mi mano y tira de mi acercándome a ella. Mis ojos se cruzan con los suyos y el resto del mundo desaparece. Al momento, me encuentro rodeado de miles de personas. Al principio sólo veo sus figuras, borrosos contornos indefinidos, pero poco a poco empiezo a distinguir sus rasgos. Entonces me doy cuenta de que conozco a esas personas, mis padres, mis abuelos y todas las personas que han sido importantes en mi vida y que partieron hace tiempo aumentando ese silencio eterno, me rodean y se funden en un abrazo eterno con mi alma...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuanto agradezco que hayas puesto un link a mi blog!
Muchísmas gracias, tambíen por deleitarnos con tus historias.

Un beso enorme.

Luzbel dijo...

Me ha encantado tu forma de escribir y que mejor forma de no perderme nada que teniéndote a mi lado en la Madriguera.

Encantado de leerte.

Jade dijo...

Hola de nuevo luzbel :) gracias por linkearme antes de nada aunque me hace gracia que me hayas puesto en Sueños en lugar de en BDSM, aunque tambien es cierto que mi blog publico es mucho mas "light" que otro que tengo mas privado >:P

Por cierto, queria pedirte algo, si puedes hazle llegar a tu Ama mi agradecimiento por sus palabras hacia mi persona en el blog de Mi Señor (Las Veladas de La Mansión)

Un beso y prometo pasarme a menudo por aquí ;)

Luzbel dijo...

Sin duda tus agradecimiento le será entregado con la mayor devoción, como la ocasión se merece.

Encantado de leerte.