miércoles, 23 de abril de 2008

Sueños compartidos IV


Una tarde, ya habiendo oscurecido, paseaba por Barcelona compartiendo risas, abrazos, sueños, palabras, mordiscos y caricias. Iba parando en cada uno de los escaparates y mirando cada uno de los artículos expuestos, comentándolos con Deliciosa devoción. Unas ideas curiosas acudieron a mi cabeza al ver maniquíes en tiendas de ropa con corsés tejanos, con corpiños ajustados a la cintura y con tirantes y cintas de cuero adornando la ropa más fashion de la temporada. Empecé a pensar que la parafernalia del BDSM se iba colando poco a poco en nuestras sociedad y que sin que los profanos se dieran cuenta sólo por ir a la moda, se encontrarían abocados a un mundo de placeres que hasta ahora les parecían depravaciones.
La culminación de todos estos pensamientos fue al ver un traje de novia en una tienda muy famosa. Sólo era una foto, pero consistía en un vestido ceñido al cuerpo desde debajo de los brazos hasta las rodillas y ajustado con un encordado cruzado en la espalda de la misma manera que un corsé, Las piernas se tapaban con una falda de gasa que también formaba la cola.
Esta imagen nos hizo pensar en una impensable posibilidad, ¿cómo sería una boda BDSM? No un acuerdo privado, entre dos amantes, no un pacto entre am@ y esclav@, sino una boda pública con invitados, música, toda la familia y amigos....

La Boda


Toda la catedral está esperando. De pie, junto al altar se encuentra el novio, nervioso, deseoso de cumplir su sueño desde hace mucho tiempo. Tiene tantas ganas de hacer oficial su unión que apenas siente lo que pasa a su alrededor. Las palabras de los invitados que cuchichean curiosos y expectantes, la música de órgano que suena suavemente amenizando la espera y el olor de los cientos de rosas negras que llenan la catedral, una petición expresa de la novia.

Escucha como un susurro las palabras tranquilizadoras de su padrino, su gran amigo que siempre ha estado a su lado para llevar los momentos difíciles y que hoy le hace el honor de acompañarlo en la mayor decisión de su vida.

A pesar de sentirse ausente del entorno, se da cuenta de que la música ha parado. Su amigo coloca su mano tiernamente en su hombro, apretando ligeramente para transmitirle su fuerza y su apoyo. Él no puede apartar la vista de la puerta y eso le hace no ver nada más, ni los cientos de ojos que lo observan ni las cabezas que se van girando hacia atrás para no perderse la entrada triunfal de la novia.

Empieza a sonar el Canticorum de Haendel tocado en un órgano de tubos, principal razón de la elección de esa catedral gótica como lugar para su boda. Las notas se enlazan llenado todo el ambiente y rebotando por las diferentes bóvedas del techo arropando a todos los invitados y llenándolos de emoción. Después de eternos minutos (o eso le parecieron a él) la puerta de dos hojas se abrió poco a poco, dejando ver un cortinaje rubí de pesado terciopelo.

Una pequeña ranura se abrió y por ella pasaron dos niñas vestidas de negro con dos cestas llenas de pétalos de rosa también negros, que fueron tirando por el pasillo salpicando la alfombra roja con la negrura que desplegaban con sus manos. Detrás de estas damiselas aparecieron dos chicos, adolescentes, vestidos con librea como los sirvientes de los palacetes del s.XVIII. Descorrieron las cortinas y se quedaron a ambos lados de la puerta apartándolas para franquear el paso de la novia y anunciando así el inicio de la ceremonia.

Él no sabía nada de lo iba a ocurrir, todo lo había organizado ella como un regalo disciplinado y delicado para demostrar su amor y su devoción, así que cada nuevo paso era una sorpresa muy agradable que lo iba preparando para recibir a su esposa.

Los chicos que sujetaban las cortinas inclinaron la cabeza en señal de sumisión y acto seguido de la negrura apareció su suegro con un traje negro, de corte inglés, chaleco negro alto y camisa blanca. Llevaba unas botas negras de caña alta sobre los pantalones, como las de montar, brillantes y potentes que le conferían un aire marcial e imponente. Entro tranquilamente, erguido, con la barbilla levantada sin mirar a nadie, como si el resto de personas que no podía apartar la vista de él no le importasen lo más mínimo. Cuando hubo avanzado un metro se dio cuenta de que en la mano derecha llevaba una especie de correa de piel, enganchada a una cadena fina y brillante. Un paso más y un tirón de la cadena y apareció ella entre las cortinas.

La cadena que sujetaba su padre iba atada a un collar de piel que llevaba alrededor del cuello. Iba vestida completamente de blanco, en contraste con la decoración de toda la catedral, roja y negra. Un corsé apretaba su torso y elevaba sus pechos entre los que pasaban los eslabones plateados y un velo opaco tapaba su cara, sujeto con una diadema plateada también. Del corsé nacía una falda de raso blanca hasta los pies, que dibujaba el contorno de sus caderas y sus piernas al andar. Los antebrazos atados con una cuerda negra y gruesa como las de escalada le hacían llevar las manos muy juntas sosteniendo un ramo también de rosas negras destacado delante de su vestido

Su padre se dirigía diligente hacia el altar tirando de ella que caminaba sumisa con la cabeza agachada impulsada por los tirones que la cadena transmitía al collar de piel que llevaba al cuello. Todos los invitados estaban absortos observando la escena y el no podía evitar sonreír emocionado y contento de ese regalo que pocos entendían y a muchos escandalizaba.

Al llegar al altar, su suegro se detuvo de espaldas a él y fue recogiendo la cadena para acercar a la novia hasta el final de su recorrido. Una vez estuvo al pie del altar, su padre la atrajo hacia sí y apartó el velo para mostrar su cara. Sus ojos cerrados, el blanco de su piel y los labios pintados con ese rojo intenso que tanto le gustaba le daban un aire angelical y dulce.

Su padre levantó su barbilla con el dedo índice y sujetando sus mejillas con ambas manos le besó los labios intensamente. Ella permanecía con los ojos cerrados, sumisa en todo momento. Cuando despegó los labios la abofeteó haciendo que se tambalease inmediatamente le dio la espalda con desprecio y mirando al novio a los ojos le entregó la correa de la cadena diciéndole:

- Te la entrego con tristeza. Desde hoy es tuya, te pertenece totalmente para cumplir tus deseos y tus órdenes. Si en algún momento no fuese así tienes todos los derechos para castigarla como se merece. Ya no es nadie para mí.

Después de decir estas palabras se dio media vuelta y se marchó por el pasillo caminando de la misma forma que había entrado, sin mirar a nadie y con paso firme. Cuando abandonó la estancia, los mozos cerraron las puertas tras el.

El padrino se acercó a la novia. Colocó sus manos en los carrillos de ella y alzó su cara para mirarla directamente a los ojos. La besó en la boca de la misma manera que momentos anteriores la había besado su padre. Después sin dejar de mirarla a lo ojos le dijo:

- Bienvenida.

Pasó detrás de ella y desabrochó la falda de raso que le llegaba a los pies que se abrió completamente y la apartó tirándola a un lado. Debajo de esta falda ella llevaba una minifalda de lycra blanca muy ceñida y muy corta que dejaba ver por debajo las medias sujetas a sus piernas por un liguero también blanco. Cogiéndola de los hombros la giró hasta situarla frente al novio y le hizo arrodillarse en el escalón. El frío del mármol le produjo un respingo, que aceptó gustosa.

- Ahora estás verdaderamente preparada para entregarte a tu esposo y Amo.

Así dio comienzo a la ceremonia donde el sacerdote empezó a enumerar los deberes, obligaciones y compromisos que a partir de ese día adquiría como propiedad de su esposo y también los deberes, obligaciones y derechos que adquiría él al tomarla como esposa. Cuando el sacerdote hubo terminado, llegó el momento de los botos. Ella de rodillas y mirando al suelo recitó sus botos con voz alta y clara reafirmando su entrega a su Amo y esposo.

- Yo, sumisa de mi Amo, perra de mi Dueño, suplicante, me ofrezco a ti, Señor de mis delirios, de mis sueños, de todos y cada uno de mis deseos, para el resto de mis días. Acéptame y no habrá faltas en mi conducta. Recibe mi cuerpo, te lo ruego, y tómalo sin dudas, Tuyo es desde el primer día. Así me entrego a ti, aunque no te merezco, anhelando complacerte en todo momento, llenarte de orgullo y placer de ahora en adelante. Renuncio a todo lo que no consientas - no lo necesito -, y te suplico, de rodillas, que me permitas ser siempre tuya. Yo siempre, siempre, te obedeceré y te respetaré, mi Amo, porque eres todo cuanto amo, cuanto adoro, con todas las fuerzas de mi cuerpo y de mi alma.

El padrino se acercó al novio con un cuchillo en las manos entregándoselo como una ofrenda dando su consentimiento.

- Ahora puedes cortar la cuerda que ata sus brazos. Ahora te pertenece para siempre y puedes disponer de ella como desees. Ahora es parte de ti, una parte muy importante de tu vida y los deberes que habéis adquirido hoy nada ni nadie tiene derecho a revocarlos.

Así, él cortó la cuerda, cogió a su esposa de las manos entumecidas y después de besarlas la ayudó a levantarse. Ella siguió sumisa, con la mirada al suelo y temblando de emoción hasta que el sacerdote dijo para terminar la ceremonia.

- Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Puedes azotar a la novia.

Acto seguido, el padrino cogió la cadena plateada y tiró de ella hasta acercarla a una de las columnas detrás del altar. Pasó los brazos de la novia alrededor de ella y los sujetó por detrás con dos muñequeras de piel agarradas a una argolla enclavada en la columna. Subió la falda de lycra y desató el corsé desnudando su espalda y se dirigió al novio con una fusta en la mano.

- Tienes que darle 13 azotes como los novios se entregan las arras para sellar vuestra unión.

Así el novio empezó a azotarla, a marcar cada uno de los azotes como una firma encarnada en su piel. Ella aguantó, sumisa, sin gritar, cada uno de los golpes. Sus puños se cerraban de la tensión y le dolían los brazos que apretaba contra la columna con cada uno de los regalos de su Amo. Sólo gritó después del séptimo azote cuando su carne se abrió a causa de la acumulación de los golpes. Tras el último azote, el padrino la recogió, la liberó de las muñecas, limpió la sangre de sus heridas y la volvió a vestir para devolverla a su Amo y así salir al mundo como la pareja que habían escogido formar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Recuerdo ese paseo como si me encontrara ahora mismo en él. Cada día me sorprende más tu imaginación, la manera como se crean las ideas, primero tímidamente, luego a borbotones, en tu mente con cada detalle que observas a tu alrededor. Fue todo un placer compartir ese instante de creación contigo. Tan placentero como leer tus palabras dando vida a ese sueño. Espero que, a partir de ahora, des vida a muchísimos más y los compartas con el resto del mundo. Me alegra ver que tu madriguera se va llenando poco a poco.

Negociando con la espera...

Arkana

Anónimo dijo...

Una boda digna de Mi Mansión, luzbel.
Permíteme que reitere Mis felicitaciones respecto a tu estilo narrativo, realmente cautivador, y la excelente elección de la escena.

Con Mis respetos para Ella...